Inicio Caldenia Rayuela y la metamórfosis

Rayuela y la metamórfosis

LITERATURA – LA RELECTURA DE LOS TEXTOS

El reencuentro con un libro luego de muchos años. La metamórfosis que sufre ese texto y el sentido que el lector o lectora le da al analizarlo de otra manera. ¿Qué sucede con Cortázar y Rayuela? Pasen y lean.

Gisela Colombo *

Los libros conservan mucho más que la evolución de sus creadores. Aquellos que se detienen en la relectura de un texto hallan en la experiencia un modo de alzar el espejo frente a la evolución de su propio rostro. No del creador, no del personaje, sino de sí mismos.
Algunos llenamos de inscripciones los márgenes de las páginas que leemos. Ese registro de ideas, asociaciones libres, reflexiones estéticas, argumentos por escribir, etc. guardan las reacciones que la lectura primera nos había generado.
Si entre una primera y una segunda lectura media cierto periodo, el libro se habrá metamorfoseado silenciosamente en uno de los anaqueles de la biblioteca. Se habrá transformado en otro libro, apenas parecido al que un día conocimos.
Tal fenómeno sufrió mi “Rayuela” de Cortázar. Lo había transitado a los dieciséis o diecisiete años. Y al menos hasta los treinta y tantos estuve convencida de que era un texto revolucionario que exhibía una mirada anticonvencional, donde los hábitos habían escapado al modo tradicional de los vínculos y anticipaban el estado actual de las relaciones románticas. Si me apuraban para arrojar una sentencia sobre el tema que trata, sin dudas habría dicho: “es la historia de amor de La Maga y Oliveira”. Que haya ocurrido en París y la acción continúe cuando la Maga ya no está, que siga cuando Oliveira dio por terminada su bohemia francesa, no habrían bastado para torcer mi impresión de que las setecientas y pico de páginas del relato eran una misteriosa y desgarradora historia de amor.

El llamado.
El de la relectura es un hábito para mí. Y finalmente llegó el tiempo de “Rayuela” y su chistido desde la biblioteca. Entonces leí un libro completamente nuevo.
Rayuela era una historia de amor. Sí. Pero era otras tantas cosas también…
Su relectura me llevó a pensar que es mucho más una tesis artística, una disquisición estética, que cualquier otra cosa.
Pongamos un ejemplo para que se entienda: en la obra varias veces se plantea la oposición de un arte que no exige más que una mirada inocente. Esta modalidad artística es identificada con Piet Mondrian, un pintor neerlandés a quien interesaron las formas simples y la pintura que se basta a sí misma, que no necesita contexto ni explicación. Es. Gusta o se repele sin intervención de ninguna otra potencia que la percepción estética. La opción a esa visión del ejercicio artístico es la que Cortázar presenta a través de Paul Klee.
“Según vos una tela de Mondrian se basta a sí misma. Ergo, necesita de tu inocencia más que de tu experiencia. […] Paradójicamente Klee es mucho más modesto porque exige la múltiple complicidad del espectador, no se basta a sí mismo. En el fondo Klee es historia y Mondrian atemporalidad”.
Detrás de este contrapunto pictórico se plantea un tema central para quien escribe narrativa. ¿A qué debe apuntar la obra literaria? ¿Qué debe ocurrir en el encuentro del receptor con la creación? En suma, ¿a qué tipo de lector debe destinarse?
A propósito de ello, Cortázar reveló en diversas entrevistas que a él interesaba especialmente el “lector macho” (más allá de toda suspicacia respecto al machismo de la denominación) porque era un receptor activo. Un receptor a quien el autor delegaba la tarea de terminar la obra literaria por medio de su hermenéutica. Eso significa que cuanta más tradición literaria, artística, filosófica conociera el receptor, mejor apreciación del objeto artístico tendría. A ello se refiere cuando afirma: “Quiere decir que en el fondo una pintura como la de Klee te reclama un diploma ès lettres, o por lo menos ès poésie, en tanto que Mondrian se conforma con que uno se mondrianice y se acabó”.
No obstante, el concepto de arte que propone Cortázar es la disciplina que revela la mitad oscurecida, el otro lado de las cosas. Y si un texto logra conducir a esa visión, se estará ante un escenario nunca antes visto. Los ojos del espectador se habrán transformado en los de Adán.

Alternancia.
La discusión se debate también ante la pregunta de qué estética habría que asumir de acuerdo con el lector al que se apunta y el fenómeno que se espera producir en él. ¿La simpleza, el lenguaje coloquial, la sintaxis llana, el estilo pleno de oralidad deben prevalecer en un texto? ¿O el relato debe reflejar la complejidad que vive en el autor formado, que maneja un gran acervo cultural, y se siente un vehículo de la tradición además de un sujeto urgido por expresarse?
La interrogante no recibe una respuesta taxativa. Sin embargo, la novela de Cortázar practica ambas. Esa alternancia permanente se deja ver en muchos detalles del relato. Es posible descubrirla incluso en la “historia de amor” si somos capaces de leer otros planos que conviven con el literal. Tracemos una analogía: la Maga es el único personaje del entorno parisino de Oliveira que desconoce todo. Vive. Experimenta, se aventura. No reflexiona, no alimenta temores, no pretende programar. Mientras él nunca escapa al pensamiento, se preocupa por las definiciones, intenta atrapar con la razón lo más misterioso de la experiencia humana, ella simplemente está entregada a la experimentación. Oliveira reflexiona por demás, sin que eso le genere una vida menos insatisfactoria.
La Maga vive en el más absoluto presente. Él no. Experimenta la vida como una diacronía colectiva en la que está él pero también todos los que antes y después tendrán sus intereses. Se adelanta al futuro o regresa al pasado. Como si se tratara de un espectador fuera del tiempo.
En la fragmentada descripción de la heroína, resalta una imagen. Mientras Oliveira observa desde el puente el discurso del río, La Maga va sumergida en sus aguas. Las vive, las siente, está dentro del curso de la vida.
Si quisiéramos pensar a ambas figuras en ocasión de un concierto, La Maga se entregaría al flujo de la música y dejaría que esa dinámica condujera su emoción. Oliveira, en cambio, vería su movimiento interior limitado por la necesidad de comprender desde la razón lo que está ocurriendo en el instante. Iría a revisar los elementos que guardó su memoria, compararía con lo ya conocido, andaría analizando si la armonía que escucha se logra con una técnica u otra. Si ignora o sigue las notas que el músico tiene apuntadas en su pentagrama. Y cosas por el estilo.

La razón y la intuición.
Oliveira y La Maga son expresiones, a nivel alegórico, de dos tendencias que deben aparearse para que exista el verdadero arte. El es la razón, el estudio de los anteriores, la búsqueda por medio del discurrir de un concepto a otro. Es la técnica, toda reflexión sobre el asunto artístico, la duda, la vacilación racional, la planificación… Un buscador incansable que no logra nunca el hallazgo que espera. Ella, por lo contrario, es la intuición, la magia de la inspiración que no se pregunta si algo es correcto o no, simplemente lo experimenta. No puede explicar la lógica de lo que hace, porque su conexión con la vida es a medias consciente. Es la magia del acto creativo que suscita una serie de sucesos inexplicables lógicamente, cuyo origen ni el artista puede saber. Por ello, Oliveira se refiere a la Maga de este modo: “Sos nuestra ninfa Egeria, nuestro puente mediúmnico. Ahora que lo pienso, cuando vos estás presente Manú y yo caemos en una especie de trance”.
Es el costado misterioso del ejercicio poético… Esto explica el apodo de ella y su ausencia de nombre. Pero también refleja su inconstancia, su condición de inatrapable.
Esta es sólo una de las tantísimas vías que propone el texto para su propia interpretación. Podría ser cualquier otra nuestra senda. La crítica todavía no agotó, por ejemplo, el camino esotérico que transita Rayuela, mediante referencias permanentes a la astrología, el tarot, la numerología y otras disciplinas nigromantes. La indagación de lo espacial mediante figuras geométricas también invita a un acceso a partir del juego infantil de la Rayuela, la geometría simbólica, los sólidos platónicos, etc. Otro libro se nos entregaría si descubriéramos la línea mística que contiene. Las referencias a San Juan de la Cruz son una simple señal que seguramente abrirá otra línea de interpretación. El juego con los errores ortográficos, quizá otra punta. Lo mismo seguramente cabe para el viaje que en la novela narra la música.
Lo que es seguro es que releer esta novela fundamental del boom latinoamericano es una aventura que nos ofrece una visión totalmente inexplorada, como si nunca antes hubiéramos tenido entre manos esta maravilla.

  • Docente y escritora