Razonando la intuición

UMBRAL

Desde el umbral de la almohada, nuevo libro de poemas de Clementina Rossini (7Sellos Editorial Cooperativa) es un transitar de lo intuitivo y emocional a lo filosófico. Asimismo, se va de la pérdida, a la esperanza y de ellas, a la comprensión.
Gisela Colombo *
Los poemas revelan tres actitudes bien diferenciadas en relación con los enigmas de la vida. Diríase que tres estados alternan cíclicamente: La pérdida, la esperanza y la comprensión integradora de toda experiencia. No corresponde cada uno a un periodo diferente, en cambio, se da un retorno permanente a esas secuencias como si fueran los temas vitales de la autora.
El título “Desde el umbral de la almohada” refiere hasta qué punto se aventura la conciencia. El sueño es el arcón de donde surge la inspiración. Un pozo misterioso que trae imágenes. Contrariamente a lo que sucede a muchos poetas, no aparece una fascinación frente al enigma del sueño. “Abismo” podría servir para observar que es el temor quien domina inicialmente, el temor a ese universo abismal. Desde las primeras producciones aparece el vértigo -la atracción y el temor- que suscita el universo onírico. Ese mundo misterioso de donde provienen las intuiciones en estado puro, se identifica con la oscuridad. Observarlo es despertar a una realidad intrigante. La apertura hacia el misterio que paraliza, también despabila y hace penar las pérdidas.
“Pérdidas”, nombre con que identificaremos el primer grupo de poemas, congrega los quebrantos que ha traído el tiempo, los que se llevaron un orden.
Es un producto de madurez donde el dolor proviene de la fuga temporal de la vida. “Quién iba a pensar hasta no hace mucho tiempo/ que en el hueco de la mano, fuerte entonces/ quedarían manojos amarillos de pretérito.” La angustia mayor de la humanidad, tantas veces vestida del tópico “tempus fugit”.
Incluso el ángel protector que velaba por la poeta, de pronto, se esfuma. Se prefigura la necesidad de dejar ir un periodo y aventurarse en un nuevo tiempo.
Incluso a propósito de un encuentro que la sorprenderá, de un nuevo amor, los versos registran la pérdida de un pasado distante, entre los amantes.

Esperanza.
En el segundo conjunto, prevalece la esperanza. Es el momento de la irrupción de la luz de la razón, cuando comienzan a prevalecer las imágenes solares y lumínicas. El trasmundo va perdiendo su carácter oscuro, en la medida en que la poesía le impone un ordenamiento racional cercano a lo filosófico. Las sombras se iluminan para virar hacia realidades menos temibles. Borges ha dicho que la esperanza y el miedo son dos caras de la misma moneda, dos formas alternativas de ver el futuro. “Conocí la esperanza y el temor/ esos dos rostros del incierto futuro.”
Así se transmuta el temor en esperanza. La poeta se aventura a pensar en todo aquello con seguridad de no caer en el “Abismo”, si se aferra al mástil de la razón.
El apartado que llamaremos “Esperanza” se abre con una especie de invocación a la musa. Esa tradición muy típica de la poesía épica inaugura la mayoría de los textos clásicos. “Canta, oh musa, la cólera del pelida Aquiles…” reza La Ilíada en sus primeras líneas. Y no es más que una indagación sobre el proceso interior del artista que crea. Tanto Homero como poetas de cualquier época y geografía, reconocen en el ejercicio escritural una intervención inexplicable de algo que no puede decirse más que en imagen. “Musas” les llamaban los griegos. Detrás de ello está la idea de que “algo” o “alguien” dicta al poeta lo que éste escribe. Su tarea será apuntar y traducir ese mensaje a un lenguaje limitado, incapaz de abarcar lo infinito que caracteriza la inspiración y sus productos.

Iluminación.
“A mi manera” abre este conjunto dedicado a la iluminación. En él confiesa la autora el prodigio que ocurre en el proceso de escritura. Estos versos recuerdan aquellos de Borges que decían: “vuelvo a condescender al lenguaje/ que es tiempo sucesivo y emblema.”
El pasaje de la oscuridad a la luz, de lo lunar a lo solar, es característico de este conjunto:
“De la oscuridad al albor saltaron, y no pretendo saber por qué/ pero se aliaron con las musas preñadas de dilemas/ y entre soles cabriolados sangraron sobre el papel/ la urgencia de ser paridos”. La misma poesía nos devela la vinculación entre el parir versos y el hacerse la luz, el comprender. En este sentido, echa mano la autora de la imagen de “dar a luz” aplicada a describir un nacimiento. Nacer y llevar a la luz sería un mismo hecho. Como el niño, se interna la poeta en el túnel oscuro del canal de parto, ignorante de dónde desembocará pero impulsado por una necesidad. Y luego, repentinamente, se hace la luz. Es preciso atravesar esa angustia para descubrir la iluminación.
La introspección, el deseo de atrapar profundamente las leyes de la existencia, aumenta su intensidad. La luz se ha identificado muchas veces con el carácter penetrante de la inteligencia, que es capaz de ver con claridad lo que se le impone. Con ese sentido, en algunos momentos de la historia se opuso la “luz de la razón” a lo irracional, lo indeterminado. En este sentido curiosamente lo rescata la poeta. Y decimos “curiosamente” porque en general los poetas aspiran a conservar la primitiva forma que procede de la inspiración, a la cual consideran “poesía pura” y procuran no mancillarla con el ejercicio de la razón, netamente humana.
Aquí la razón es, en cambio, el mástil de Ulises, lo que le permite a la autora indagarse, interpelar el más allá. “Alabada sea la razón/ por la que descienden las estrellas sobre las rocas amargas”.

La razón.
Es el carácter ordenador de la mirada racional que comienza a inclinarse hacia un lenguaje como la filosofía. Y esa indagación se aplica a comprender la vida. La poesía será un camino hacia el interior y hacia el cosmos, un descubrirse y descubrir lo que está más allá y solventa el orden natural. Los miedos pierden fuerza en este poemario gracias a que se objetivan, se miran a distancia, se racionalizan.
La preponderancia del elemento aire nos refiere un modo de concebir el mundo desde el raciocinio, desde el análisis de la realidad. “Alabanza a la razón” es ejemplo de ello. Contrariamente a lo que suele suceder con otros poetas, aquí no se pondera la emoción ni la intuición. La razón está vista no como una potencia que limita al hombre a interpretaciones binarias de la realidad y, por tanto, acota su visión. En este caso, es una potencia reguladora de los desbordes emocionales -a los que la voz lírica confiesa sentirse inclinada- y, sin embargo, resiste porque, le resultan faltos de equilibrio y mesura. Cuando en el poema se plantea la victoria de la esperanza como producto de considerar el tema racionalmente lo que sucede es contra tópico, porque la esperanza suele ser la supervivencia de lo irracional frente al pesimismo racional.
Ahora, en “Esperanza”, la oscuridad de ese aljibe no detiene la indagación, porque la razón está al mando. Y a ella se aferra la poeta.
Se revela aquí el interés primordial de la autora al escribir poesía: dar forma racional al universo caótico que le entregan tanto el sueño como la intuición. Dicho ejercicio, llevado a la plenitud, traerá el tercer poemario, en el que se expresan ya los intentos de extender la experiencia individual hacia reflexiones filosóficas que intentan explicar la vida menos subjetivamente.

Comprensión.
En el tercer poemario, que podríamos llamar “Comprensión”, aparece el interés de evolucionar de la experiencia particular a la ley universal. Hay un esfuerzo por reflexionar filosófica y hasta metafísicamente.
La indagación sobre el del origen y el destino del hombre, la naturaleza de la muerte son temas de esta tercera parte. También se manifiesta la reflexión sobre el poder de la palabra, sobre el carácter plutónico que posee la indagación de esos misterios. Se pregunta si es lícita y constructiva la inmersión en regiones como el sueño, o se trata de un impulso tanático. En este aspecto, recuerda el tratamiento que le da José Lezama Lima al eros cognoscente, al que nombra como una necesidad humana de naturaleza plutónica porque, en algún punto, retrata el anhelo de rebasar los límites humanos para conocer más allá de lo que pueden nuestras capacidades.
En estos últimos tramos del libro irrumpen la meditación y el silencio, que comienza a convertirse en un estado necesario. Silencio que es génesis de toda palabra. O como dijera el poeta Hugo Mujica, “El silencio es el paisaje y el clima en los que nace la poesía. Por lo tanto, es fundacional. […] El silencio encarnado es aprender a escuchar.”
Cierra la serie y el libro un poema sugestivo que explicita la naturaleza introspectiva de “Desde el umbral de la almohada”: “¿Quién soy?”
En el proceso de encauzar lo intuido en un producto explicable por la razón y luego el intento de objetivarlo conceptualmente, no extrañaría que la próxima creación de la autora fuera un paso más allá y diera un texto puramente filosófico aunque con innegable vuelo poético.
* Escritora
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