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Recuerdos de la tragedia

OPINION – A 45 AÑOS DEL ULTIMO GOLPE DE ESTADO

Desde un lugar totalmente personal y apelando sólo a la memoria, el escritor recorre los hechos que llevaron al golpe de Estado el 24 de marzo de 1976, y los años terroríficos que le siguieron.

Francisco J. Babinec *

Hace 45 años los argentinos nos despertamos con la noticia de un golpe por demás anunciado. Una vez más las Fuerzas Armadas tomaban el poder, en lo que parecía un nuevo episodio de la serie de golpes de Estado que impedían la consolidación de la democracia en Argentina desde el fatídico 6 de septiembre de 1930. El propósito siempre fue el retorno al orden conservador previo, una etapa dorada pero para pocos. Nadie imaginaba que sería el último golpe, porque terminaría destruyendo a las propias Fuerzas Armadas, desterrándolas del tablero político, además de afectar radicalmente el tejido social y la economía del país. A eso se sumó el oprobio de haber incorporado al léxico universal el vocablo “desaparecido”.
Más de uno se sintió (¿nos sentimos?) aliviados, alguno incluso abrazó a los soldados. Era un golpe anunciado porque el poder del gobierno de Isabel Perón se deshacía sin freno, no solo por la asonada previa del brigadier Jesús Orlando Cappellini, a fines de 1975. Juan Domingo Perón había elegido a su tercera esposa como compañera de fórmula para las elecciones de 1973, con las que accedió por tercera vez a la Presidencia por el voto popular. Era un hombre de 78 años consciente de su finitud, y sin embargo eligió como eventual sucesora a quien estaba escasamente preparada para el cargo. Perón conocía como nadie los entretelones del poder, y sabía que la frase “mi único heredero es el pueblo” era sólo una expresión de deseos. A su muerte el 1° de julio de 1973 los conflictos entre las corrientes del Peronismo, que ya se habían manifestado a su regreso el 20 de junio, se hicieron cada vez más violentos. La izquierda peronista, que tanto había contribuido a su regreso al país y a la Presidencia, había pasado sin etapas de “juventud maravillosa” a “estúpidos imberbes”, al pretender compartir el poder. La vieja guardia partidaria y el gremialismo, siempre recelosos de la izquierda, se habían encolumnado detrás del Líder, y, con honrosas excepciones, miraban para otro lado ante las acciones de la Triple A. Esta banda paramilitar, que asesinaba figuras como el abogado Rodolfo Ortega Peña y el profesor Silvio Frondizi, estaba organizada desde el Ministerio de Bienestar Social, encabezado por el secretario mismo de Perón, el cabo de policía devenido comisario José López Rega, y contaba con la anuencia por no decir colaboración de la Policía Federal y de las Fuerzas Armadas. El Pacto Social del ministro de Economía, José Ber Gelbard, sería boicoteado desde adentro y afuera, y después de su renuncia y de la de su sucesor Alfredo Gómez Morales, el nuevo ministro Celestino Rodrigo destruiría no sólo el Pacto sino la economía del país, iniciando una crisis que llega hasta hoy, guionado por Mansueto Ricardo Zinn, una figura que reaparecería en el gobierno de facto. La izquierda armada, corporizada en el ERP, no había depuesto las armas, pero quedó reducida a su mínima expresión después del fracaso de la experiencia de guerrilla rural en Tucumán y del fallido asalto al cuartel Domingo Viejobueno en enero de 1976. La guerrilla peronista Montoneros había pasado de colaborar con el Ejército en zonas inundadas de Buenos Aires en el Operativo Dorrego, al asesinato (nunca asumido oficialmente pero a todas luces de su autoría) del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci, y el “pase a la clandestinidad” de sus principales cuadros, dejando expuestos a muchos militantes rasos. Los partidos opositores se debatían entre el respeto a las formas del radicalismo balbinista hasta la ilusión de “generales democráticos” del viejo PC prosoviético, sin olvidar a vertientes maoístas que apoyaban a López Rega.

La llegada de las FFAA.
Visto de este modo, puede decirse que el país marchaba alegremente a un abismo, sólo que nadie imaginaba su profundidad. Al tomar el poder las FFAA, la represión se tornó más salvaje y directa, sin intermediación de bandas paramilitares, con grupos de tareas que operaban en zonas liberadas por las fuerzas de seguridad. Si el crimen político es condenable, el perpetrado desde el Estado es indefendible, y peor aún cuando se realiza con saña y despojando a las víctimas de sus bienes. Como dijera un ex comandante en jefe del Ejército, “qué puede esperarse de quienes toman el té en tazas robadas”. La represión no se limitó a guerrilleros, sindicalistas y militantes, sino que alcanzó a sus familias y llegó al extremo de la apropiación de bebés, a los que se sustrajo su identidad. Un jefe militar lo sintetizó así: “primero mataremos a los subversivos, luego a los simpatizantes y después a los indecisos”. Entre las víctimas se contaron incluso funcionarios como los diplomáticos Elena Homberg y Edgardo Sajón, y un hijo del Teniente General Julio Alsogaray, quien fuera responsable del golpe de junio de 1966 que derrocó al presidente radical Arturo Illia.
Tras el golpe, la economía fue puesta en manos de José Martínez de Hoz, nieto de uno de los fundadores de la Sociedad Rural y expresión clara de un pensamiento antiindustrialista. Se abrió la economía con el pretexto de incrementar la competencia, lo que aceleró el cierre de fábricas y talleres, se reprimarizó la economía y se aumentó la deuda externa a niveles insostenibles. Esto, sumado a las rencillas internas dentro de las Fuerzas Armadas, produjo el rápido desgaste del gobierno de facto, tal como había sucedido en la década del 60 con la Revolución Argentina encabezada por Juan Carlos Onganía. Si en ese momento fue el estallido obrero estudiantil conocido como el Cordobazo el que señaló el principio del fin, en el Proceso fueron las huelgas de la CGT las que encendieron las alarmas en el régimen.

La guerra de Malvinas.
Eso impulsó a las Fuerzas Armadas a usufructuar el viejo anhelo de recuperar las Islas Malvinas, ocupadas por Gran Bretaña desde 1833. Así, un gobierno que había apoyado acciones contrainsurgentes de Estados Unidos en América Latina, pasó a enfrentarse con su principal aliado a nivel global, en un conflicto en el que nadie en su sano juicio podía dudar de cual sería la actitud de ambas potencias. Por si fuera poco, le permitió a la Primer Ministro Margaret Thatcher salir de una situación compleja y fortalecer su gobierno. La guerra puso de manifiesto además los problemas de coordinación entre las fuerzas argentinas y la superioridad del equipamiento británico, que no pudo ser compensada por la habilidad de los pilotos argentinos. Algún día se conocerá hasta dónde podría haber llegado el esfuerzo bélico británico si las alternativas le eran desfavorables.
La Argentina comprobó así su pertenencia a Latinoamérica, que con la excepción del Chile pinochetista apoyó el reclamo y pidió una salida pacífica al conflicto. La diplomacia tuvo que dar un giro de 180 grados y el canciller Nicanor Costa Méndez debió peregrinar a La Habana para buscar el apoyo del denostado régimen castrista. La derrota produjo el colapso del gobierno militar, y esta vez la vuelta a los cuarteles fue mucho más desordenada que la dirigida por Alejandro Agustín Lanusse diez años antes. Si bien las Fuerzas Armadas conservaron parte de su poder para intimidar a los gobiernos democráticos, obligando a Raúl Alfonsín a impulsar las leyes de obediencia debida y punto final, ante el avance del Juicio a los militares responsables de delitos atroces y crímenes de lesa humanidad, el daño estaba hecho. Le cupo a Carlos Menem terminar con el partido militar, al reprimir el alzamiento de Mohammend Aí Seineldín en diciembre de 1990 y luego eliminar el Servicio Militar Obligatorio tras la muerte del soldado Omar Carrasco en un cuartel de Neuquén en 1994. Ni siquiera los desaciertos de Ministros de Defensa cuyos nombres es mejor olvidar pudieron devolver poder político a las Fuerzas Armadas, y hoy ignoramos quienes son sus jefes. También influye que desde Malvinas los militares argentinos parecen haber perdido la confianza de Estados Unidos.
Este resumen, totalmente personal y sin pretensiones de exhaustivo, intenta entender y ayudar a entender el suceso más trágico de nuestra historia. Lo escribí apelando a mi memoria, y solo verifique tres o cuatro nombres y fechas. Puedo haberme equivocado.

  • Colaborador