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Rodó en la vida de Edgar Morisoli

Uno de los proyectos en los que trabajaba el poeta Edgar Morisoli se titulaba «Día a día, sueño a sueño». A lo largo de la investigación, dirigió su atención hacia el escritor, periodista y político uruguayo José Enrique Rodó.

* Gisela Colombo

El poeta Edgar Morisoli, durante los últimos meses previos a su partida, trabajaba en varios proyectos. Uno de ellos, del que hemos hablado ya a propósito de su interés por la obra de José Mariátegui, fue el ensayo que había titulado «Día a día, sueño a sueño» donde reflexionaba sobre el ethos de la América hispana. A lo largo de la investigación que emprendía, también dirigió su atención hacia la figura del uruguayo José Enrique Rodó, escritor, político y figura central en el ámbito cultural de la República Oriental.
José Enrique Rodó nació el 15 de julio de 1871 en la ciudad de Montevideo y murió el 1 de mayo de 1917, en Italia. Su participación en política lo situó en las antípodas de la ideología con la que años después simpatizaría Morisoli. Contrapunto asimismo de la postura que sostuvo Mariátegui, contemporáneo de Rodó.
A pesar de esas diferencias, muchos méritos suscitarían el respeto de Edgar: Rodó fue escritor, profesor, periodista, ensayista, crítico literario y filósofo, además de político. Todo ello en apenas 45 años.
Pero aquello que más lo distinguiría entre los altos intelectuales del periodo sería la corriente que nació a partir de un texto suyo publicado en 1900 y titulado «Ariel».

Ariel.
En sus ensayos, Rodó analizaba algunos de los aspectos a los que atribuía el sentimiento de malestar de su época. Y también él, como Mariátegui, responsabilizaba al escepticismo, consecuencia del extremo racionalismo que dominó esas décadas. Mucho mayor énfasis, no obstante, pondría Rodó en la polaridad entre la cultura materialista, cuyo emblema era la sociedad estadounidense, por un lado. Y la visión espiritual que anima tanto los mitos antiguos, como la cultura oficial posterior de la Europa previa a la Ilustración, por el otro. También éste es un rasgo modernista, porque el modernismo se propone recuperar en el pasado el misterio de una existencia que no se reduce a nada que pueda procesarse en un laboratorio. Como alternativa infalible contra aquel mal mercantilista que ganaba cada vez más latitudes, el escritor uruguayo sostenía que era posible establecer una nueva vida de las sociedades, basada en el amor, la armonía y la paz. Que sólo ocurriría por medio de las creencias religiosas. Y su mejor realización sucedería, sin dudas, en América, que conservaba intacto el pensamiento mítico-religioso.
«Ariel», la obra en que postula toda esta visión, es un intertexto de La Tempestad, de Shakespeare y origen de una corriente llamada «arielismo». Se trata de un ensayo en el cual se plantea la oposición a través de personajes simbólicos: Próspero, que representa la sabiduría; Ariel, símbolo del idealismo y la espiritualidad; y Calibán, que manifiesta el materialismo.
La inspiración de Rodó pudo haber despertado leyendo a su maestro, el filósofo francés Ernest Renan, quien publicó en 1878 un «drama filosófico» titulado Calibán, con los mismos personajes extraídos de la obra de Shakespeare. Aunque, a diferencia de Rodó, Renan había usado a Calibán como símbolo de la democracia, en virtud de que el personaje supo oponerse a su condición de esclavo.

Arielismo.
El «arielismo» es más amplio que una simple crítica social, porque se ordena también a la resolución del problema. Por tanto, es la corriente ideológica basada en un aprecio de la tradición grecolatina, y su derivación occidental y cristiana.
Rodó expresó el malestar finisecular hispanoamericano con un estilo refinado y poético, típico del Modernismo, pero también manifestó el propósito fundamental de tal movimiento literario.
A pesar de su pesimismo, Rodó desplegó un tono optimista en los ensayos que fueron publicados bajo el título de «Motivos de Proteo». Y también atendió a las posibles medicinas para combatir el estado de crisis moderna. Una de ellas, aparece referida como la «regeneración», según la cual cada individuo habrá de tender a ideales desinteresados y aspirar a la perfección; y desarrollar más que poder económico, un balance armónico, y respetuoso de la naturaleza humana, en todas sus dimensiones (cuerpo, alma y espíritu), porque un ser humano no es reductible a un par de manos que repiten sin cesar tareas en serie.
El pensamiento rodoniano se dirige en especial a los jóvenes, en quienes el escritor tiene depositada la esperanza.
Hacia el final de su vida, como Morisoli, Rodó se dedicó a estudiar autores que admiraba: Rubén Darío, Simón Bolívar, entre otros.
Cuando su salud se resintió, se embarcó hacia Europa, para cumplir un sueño que duraría hasta el día de su muerte. Y lo haría por medio de una designación como corresponsal de la revista argentina Caras y Caretas: entre 1916-1917. Fue por medio de esa publicación que la posteridad conocería las impresiones que despertaron los países que visitara: España, Francia e Italia.
La obra y su figura estaban destinadas a influir sobre los contemporáneos aunque, como Rubén Darío, haya sido combatido en vida. Como si ambos fueran una matriz con la que tuviera que medirse cualquier otra pieza, se tornaron cuadros centrales de la Literatura latinoamericana. Rodó logró erigirse en el gran autor uruguayo, quien insertó la tradición de su patria en el cauce universal.
A Edgar Morisoli, nuestro poeta querido, le interesó incluso el influjo que ejerció sobre el Movimiento de la Reforma Universitaria de 1918, como otra prueba de la gravitación cultural que ejerció José Enrique Rodó en todo el continente. Especialmente en la gestación de un concepto del ser americano y su connatural resistencia a la modernidad desalmada que cundió en el resto del planeta y halló los mayores escollos aquí, en el Nuevo Mundo. Una vez más, el poeta presidiendo la promesa de un sitio gobernado por el Bien…
No en vano Don Edgar Morisoli es, para nosotros, el poeta de la Esperanza.

* Docente y escritora

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«Su participación en política lo situó en las antípodas de la ideología con la que años después simpatizaría Morisoli.»