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Sabiduría y esperanza

Gisela Colombo *

Un nuevo libro de Ana María Lassalle vio la luz en estos últimos meses. Se trata de “Lápices
rojos” y es un conjunto de poemas testimonial de un momento histórico cercano, que supone algunos efectos de la pandemia, y otras circunstancias recientes. El trabajo de compilar y seleccionar los poemas lo debemos a Anamaría Mayol, poeta e hija de la autora. Y la ilustración de cada carátula que precede un texto es producto de las imágenes creadas por Paula Lassalle.
En la misma tónica en que ya se anunciaba por medio de algunos poemas del libro “Galo y
Stalingrado”, de 2020, el tema de la finitud parece ser un motor de escritura fundamental aquí.
No se oye angustiada la voz poética. Por el contrario, lo que transmite su discurso es una
aceptación dócil al ciclo de la vida. Una actitud de sabiduría que, de por sí, suscita esperanza.
Desde los primeros poemas del libro vemos la presencia en este universo de trazos rojos, de dos amigos que han muerto recientemente. No es un dato menor. Muruma Lucero y Edgar Morisoli fallecieron en medio de la pandemia. Y ambos fueron seres queridos por Ana María con quienes compartió, además de la poesía, cierta visión de mundo y hasta una inclinación ideológica. Ni el discurso plañidero ni la tristeza de la pérdida, no obstante, se dieron cita aquí.
Por el contrario, la sola mención de ellos en la otra orilla, haciendo planes tan revolucionarios como los que forjaron en vida, es motivo de alegría.
Ya en este estadio de la difusión científica, nadie ignora que la energía no se muere, sólo se
transforma; el hombre ya no duda sobre la supervivencia en alguna de las transformaciones posibles. Pero sí se pregunta si esa supervivencia de la energía será un simple tornarse alimento del hábitat, sin conciencia, sin memoria, sin anhelos, o, en cambio, será una metamorfosis que le ocurre a la conciencia sin perder su identidad, sus gustos, sus amores, sus convicciones. En esta última consiste la verdadera supervivencia a la que todos aspiramos.
Ana María Lassalle da por sentada la perspectiva más feliz: sobreviven Edgar y Muruma con
sus aficiones, sus rebeldías y también conservan de ellos mismos el afán de lucha, la certeza de que se puede transformar la realidad uniendo muchas manos y, quizá detrás de todo eso, la vocación profunda. “…poesía y militancia/ patria o muerte// esta organización se opondrá a todo olvido”.

Don Julio.
Pero un tercer personaje, cuya muerte es más lejana y sin embargo es una presencia también, es su esposo, Julio Colombato. A él se dedica un texto que lo iguala con la música, “sólo a veces se sentaba en el piano/y ella surgía/como el genio que vivía en la botella/traslúcida y extraña”. Pero entonces es la poeta misma quien conserva esas armonías en lo más oscuro y esencial de su ser, como si hubiera sido inseminada de esa belleza misteriosa.
“No dejó partitura/la escribió dentro mío/en lo profundo”.
Quizá estas tres figuras de artistas que se fueron se conviertan en metáforas en el texto más aéreo que consigna el poemario: “el jardín vuela/se ríe a carcajadas/ con los brazos abiertos/ y hay tres caldenes que lo imitan.//si cuentan sus anillos/verán que aún son niños/llegarán como mucho al centenario”.
Jóvenes en la vida posterior a la muerte, son los encargados de revelarle, como luciérnagas, una mirada del más allá. La perspectiva es una promesa de libertad “con los brazos abiertos”, de alegría. Pero a su vez despunta, como una débil resistencia, el temor a lo desconocido del sujeto poético, cuando dice: “permanezco al cobijo de la casa/ para que la innombrable olvide mi presencia”.
El sueño se presenta como un interregno entre esta realidad material y la evanescencia del
trasmundo. Y la poeta sueña que llama por teléfono a Edgar y a Muruma y el sonido “retumbará en sus casas”, porque ya no están ellos para atender. “Temblarán las paredes/y los libros/será como una estrella/lanzando un alarido”.

Ilustraciones.
Hemos dicho ya que, entre poesía y poesía median en el libro unas carátulas que llevan el
título de lo siguiente. De tal modo, algunas de ellas ilustran o introducen información del poema que continúa.
“Bajo la tierra azul” es uno de los poemas más logrados del libro y consiste en la meditación poética sobre la propia muerte y lo que desde allí podrá oírse todavía. El poema es tan visual y aéreo que no cuesta desplegar en la imaginación el paisaje onírico que espera más allá de la muerte.
Pero ese paisaje convive, superpuesto, con la tierra de los vivos. Como los muertos de Rulfo, jamás se van del todo los fallecidos. Aquí no se explicita el concepto pero el recorrido poético suscita esta impresión. Quizá sean los árboles los que la revelen.
En “Les dejaré mi sombra” es posible descubrir en dónde la poeta abriga la esperanza de
quedarse entre los vivos, a su muerte. ¿Cómo habrá de permanecer en el paisaje? En los
árboles habitará su espíritu cuando el cuerpo parta: “les hago falta en casa a los dos carolinos/ y a la acacia. / no es demasiado lejos / irán a visitarme diariamente los pájaros. / si se comportan,/ les dejaré mi sombra”.
No sabemos si esa presencia será para siempre o no. Quizá sea simplemente un modo de
esperar a los seres amados hasta que se cumpla su destino de vida.
No extraña el vínculo entre el mundo natural y la eternidad de los hombres. En rigor, el paisaje es aquí un escenario animado, lleno de vida no sólo porque lo habitan los vivos, sino porque lo sostiene la eternidad de los muertos. Quizá por eso tenemos tantas muestras de psiquismo en la naturaleza “la helada cruje todavía/el pasto quiere saber qué pasa/es muy temprano aún/se esfuerza por levantar los párpados/ decide/dormir un rato más”. Tanta proliferación de prosopopeyas lo evidencia: “el jardín tose y por si acaso/le palmeo la espalda/”; “miré por la ventana/ el jardín bostezaba y no me saludó”; “en un momento mágico/los caldenes sonríen/a su paso”.
En un pasaje del poemario, el sentido de esas personificaciones se invierte, dejando la
sensación de que hay una integración en un todo de la criatura con el paisaje: “¿nosotras
atardeceremos? /¿yo atardezco por hora?//acaso/ me hundiré en el crepúsculo/ tan bello y
fulgurante/ con otros/los que ya atardecieron?”.
Aun cuando la omnipresencia de los muertos amados supone la intangibilidad, no se pone en tela de juicio la veracidad. Están allí y es evidente.
“Vuelan los cardos rusos. Vuela todo”. “El jardín vuela/ se ríe a carcajadas/con los brazos
abiertos”.
Esta intromisión de lo aéreo recuerda un poco el giro que sufrió el imaginario del poeta y amigo, Don Edgar Morisoli. Una etapa artística en que él procesaba precisamente el tema de la finitud.
Lo aéreo es, para Ana María Lassalle, el lenguaje del trasmundo. Ya no suenan los cascos
contra la tierra como imagen de libertad –metáfora que apenas menciona aquí y era importante en poemarios anteriores–. Esta libertad no consiste en escapar de los cepos sociales a puro galope. Es la verdadera libertad del ser, la de la bruma que desdibuja los límites de la individualidad de los seres, que borra la tajante división entre el adentro y el afuera. Es la libertad existencial expresada en la intangibilidad y el vuelo.
De la tradición, en “No crean que lo olvido”, emergen distintas leyendas del terruño, asociadas con aparecidos. Pero hay al menos dos clases más de fantasmas. Los antepasados familiares, presencias de los que han partido. Y, como si compartieran con el trasmundo esa visión del todo, los niños también son “fantasmitas”: “En esta casa hay fantasmitas/recorriendo pasillos en penumbras/ tienen miedo pero lo disimulan […] al día siguiente se transforman/vuelven a ser cachorros en pijama”.

Identidad.
Tres hábitos de la autora funcionan como marcas de identidad. Tal vez por eso cierra el
conjunto con el poema “No debería morirme todavía”, donde enumera las aventuras pendientes pero también recuerda los ejes de este poemario: “Fui a las marchas/ con el puño en alto / y con el mismo brazo /acuné a los nietos y escribo mis poemas”.
El compromiso social, por un lado; los nietos y la poesía, por el otro, actúan como los pilares de la identidad. Lassalle propone un balance del pasado, aunque siempre pensando en el futuro.

Y la gravitación de la muerte impacta en cada uno de estos ámbitos: En el aspecto político,
aparece la posibilidad de los reencuentros, la comunión con amigos con quienes compartió una cosmovisión y la ideología (“poesía y militancia/patria o muerte”).
En términos afectivos, los muertos propios, que se han quedado con ella, en el jardín, en los árboles, en la casa.
En la esfera artística, finalmente, serán “Lápices rojos”. Los poemas que habrá de dejar la
poeta e historiadora, como testimonio y legado esencial, para sus nietos, y la posteridad…

  • Escritora y docente

    POEMAS
    Dedicado a Muruma
    Ana María Lassalle
    Muru me espera
    con el pañuelo verde me hace señas
    quiere que me apresure
    En mi sueño
    Atilio me sonríe
    ya sé lo que ella quiere
    piensa fundar un gremio de poetas
    recientemente fallecidos
    pero son subversivos
    no se callan
    discuten
    hablan al mismo tiempo
    al viejo Pedro que es librero
    le ha ordenado
    lápices rojos maldicientes
    cuadernos rojos y estrellas
    de cinco puntas
    en todas las carátulas
    levanta el brazo izquierdo
    cierra el puña
    sonríe a los 30.000
    y escribe en el pizarrón
    tema del día Reglamento
    artículo 1
    poesía y militancia
    patria o muerte
    esta organización
    se opondrá a todo olvido
    Antes que llegue el sueño
    (para Muruma Lucero y Edgar Morisoli)
    Cuando apoyo la cabeza en la almohada
    invoco al sueño
    y ellos vienen
    de lejos veo la melena dorada
    de Muruma
    y el ademán de Edgar
    tocándose la frente
    en las tardes
    busco el viejo aparato
    para telefonearles
    mi llamado
    retumbará en sus casas
    temblarán las paredes
    y los libros
    será como una estrella
    lanzando un alarido?
    Por las noches soñando
    (a Julio Colombato)
    Lo habitaba la música
    por entonces
    sólo a veces se sentaba en la piano
    y ella surgía
    como el genio que vivía en la botella
    traslúcida y extraña
    vibraba
    como los pies de una muchacha
    que ama la lluvia y baila
    entre los charcos
    yo pasaba en puntillas
    desde el vano
    le miraba las manos
    lo escuchaba
    no dejó partitura
    la escribió dentro mío
    en lo profundo
    por las noches
    soñando
    su hija la tararea