Ser y poetizar

El libro de poesía Volumen, de Mariano Alende (Editorial 7Sellos), resignifica la tradición gauchesca en clave contemporánea, bajo los avatares y proyecciones simbólicas del siglo XXI.
Sergio De Matteo *
El acto de lectura de la obra de un autor predispone al despliegue de la imaginación y el asombro de los símbolos que se van descubriendo en el texto. A modo de plan estético, escritores y poetas exponen en la página su propia cosmovisión del mundo, nutrida de la inmensa biblioteca universal. Quien escribe vuelca su mirada y su experiencia vital, anota en clave poética cada una de las exploraciones de su devenir cotidiano: el hogar, los libros, la infancia, los amores, los hijos, la ideología y el paisaje (Toay, río Atuel), entre otras posibilidades.
Mariano Alende nos sorprende ya con el libro cerrado: Volumen. La elección del título aporta a la ambigüedad y polifonía que poseen las palabras, a su sustancia poética y multiplicidad de sentidos. Volúmen, así identifica y titula a su ópera prima. Volumen podría referirse al ejemplar mismo, al libro ocupando un lugar en el espacio, situándose como bien simbólico en el campo cultural y, a su vez, remite al ruido, al cual interpretaríamos como una nueva voz que se suma al coro de las voces legitimadas, aportando sus propias búsquedas y propuestas literarias.
Recurrir al origen de los vocablos, a sus etimologías, es bucear en la historia de los significados. La escritura de poesía implica un proceso similar, se sopesa cada letra, cada sonido. Enrollarse en la cadena de significantes. El acto de enrollar se expresa en latín mediante el verbo uoluere, que dio lugar al nombre común “volumen”, el cual se aplicaba a cualquier objeto enrollado o también a un montón de objetos planos apilados.
Ahí tenemos entonces a este Volumen, de Mariano Alende, una pila de hojas que componen un libro, pero también, aceptando el juego de lenguajes del que dispone cada criatura humana, ese uoluere sería, metafóricamente, enrollar el volumen, subirlo para que oiga quien quiera oír. Y “nace el poema”: “La palabra que me cifra/ Mi escrita voz/ Mi escrito yo/ Mi clave// que hoy escribo”.

Precursores.
En toda historia literaria de una región existen epígonos que, de alguna manera, marcan la línea de producción de ese determinado momento, es decir, se destacan los autores que con el ‘estilo’ de sus obras imponen cierta dominante que, sociabilizadas y puestas en circulación, los reúne y, también, diferencia sobre el programa escriturario de otros creadores que no están inscriptos en la ‘escuela’.
En La Pampa esta condición ha primado durante bastante tiempo, donde hubo -y hay- escritores centrales y escritores que se hallan obligados a moverse a su alrededor (de ellos o de sus obras) como satélites -a veces contraponiéndose a las directrices escriturarias impuestas por los primeros-, y dicha posición de poder usufructuada estratégicamente ha incidido de forma notable en la predilección de los géneros y temáticas de las obras que conforman (nuestro) apretado corpus.
Aún así, esa fuerte tradición, enraizada en el decir de la tierra, es un humus fértil que ha construido una biblioteca que traduce el sentir del hombre y la mujer del territorio desde las pinturas rupestres hasta hoy. De esa forma funciona el campo intelectual, es el ordenamiento de la historia literaria, donde la tradición disputa espacios y temáticas con las producciones emergentes.
Los precursores están ahí, han donado sus poéticas prístinas, las que fundaron nuestra habla y escritura, desde Pampas del Sud a Juan Ricardo Nervi, Olga Orozco, Horacio Armani, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Ana María Lassalle, Edgar Morisoli, Teresa Pérez, Dora Battiston, Juan José Sena, entre otrxs, y que en la sumatoria fue ampliándose hasta desplegar vertientes novedosas: Miguel de la Cruz, Mario Lóriga, Alberto J. Acosta (aunque es narrador, su novela El monstruo en la laguna, de 1992, incorpora una estética netamente urbana), Charlie Byrne, Águeda Franco, Eduardo Senac, Carola Di Nardo o Claudia Togachinsky (añaden el relato virtual a la pampeanidad), Sergio Mirabelli, Danilo Incerti, Soledad Castresana, Silvio Tejada, Josefina Bravo y Gisela Colombo (nos regresa al saber enciclopédico, cuasi borgeano).

Gauchesca.
En este primer libro de poemas de Mariano Alende hay una resignificación de la canonizada poesía gauchesca (aquella fundada por el oriental Bartolomé Hidalgo) con un formato contemporáneo: “Le he chumbado un desafío/ le he invitado una tenida/ y me ha dicho que ya no/ Que no quiere guitarrear/ Que en el arte de payar/ Ya se sabe inderrotable…”.
El subgénero gauchesco es un tipo de literatura de carácter popular surgida en el Río de la Plata a comienzos del siglo XIX (Hidalgo, Ascasubi, Del Campo, Lussich y Hernández), donde se refractan las costumbres del hombre de campo, su tradición y vocabulario, el culto a las armas o la habilidad del jinete y, por sobre todo, el sentimiento que otorga la libertad del paisaje: “Apenas tengo una melancolía/ somera como laguna campera/ de donde abreva/ a veces/ un verso.// Existe el yuyal que crece a la vera del maizal/ y en su verdor agresivo gana el surco,/ una horda barbárica/ voluntariosa de llenar el orbe con su simiente…”.
Aquel cantar de los criollos que deambularon y divagaron más allá de la frontera de la época, de pulpería en pulpería, arrimándose a los almacenes de ramos generales, para compartir con la peonada sus decires, hoy regresa en una lengua actual, en registro paródico, cuasi carnaval; aludiendo al planteo bajtiniano, en la voz de Alende.
Puede leerse: “Cualquier taita de la birome/ se le anima facilongo/ al verso que en sus decires/ menta la pampa inmensa…”, y refuerza la idea: “Antes de que la guitarra/ hermanara su eco con la llanura/ y le regalara su hondura/ vital como un tajamar./ Antes del sueño hecho loncomeo/ y del aire desgarrado en bagualas”.
Alende reconoce el suburbio, sabe su densidad genealógica en la literatura política del país, y lo cita pero también lo violenta, lo invierte, como el subsuelo de la patria sublevado: “Torna inverosímil a esta historia/ el que haya ocurrido en el centro de un boulevard/ de una calle diagonal/ que no nace ni muere en ningún suburbio, ni vía,/ ni orilla…”.

Intertextualidad.
Cuantas veces sucede que cuando fijamos la mirada y el pensamiento en un texto parece que poseemos -aproximadamente- un conocimiento previo sobre algunas de las marcas que componen al mismo; es decir, en el procedimiento de la lectura tenemos o creemos tener la certeza de que existe cierto parentesco, cierto mecanismo de reiteración o recreación de un texto anterior de determinado autor en el texto que se está aprehendiendo. En este Volumen resuenan Robespierre, Hegel, Alejandro, Carlos, Napoléon, Salomón, Quevedo, Saer, Hermes, Heráclito, César o San Anselmo, pero también se filtra la historia y la política latinoamericana con Urquiza, Lavalle, la Revolución Cubana (Fidel Castro: “La historia me absolverá”), Rául Scalabrini Ortiz (El hombre que está solo y espera), y Hebe (Madres de Plaza de Mayo), así como irrumpe la cultura popular con Graciani o Mandinga. Entre las intertextualidades exuda y exhuma un debate con Dios, convirtiéndose en centro y periferia de varios poemas: “Porque el hombre es amor y es todo misericordia,/ Señor,/ y puede perdonarte/ aun a ti,/ después de todo”.

Musas.
Los poetas suelen invocar a las musas para que les inspiren las palabras adecuadas y la distinción entre los hechos verdaderos y los falsos. En la literatura hay varios ejemplos. Podríamos citar la Iliada y la Odisea, poemas griegos atribuidos a Homero en el siglo VIII a. C., que narran la Guerra de Troya y la vuelta de Ulises a su tierra después de esa guerra. Lo hallamos también en la Teogonía de Hesíodo y en la Eneida, obra escrita por el poeta romano Virgilio.
Alende cumple con el ritual, es cruzado por la mitología y la filosofía, es cooptado por la Diosa Blanca, y escribe, nos traduce: “O del fecundo vientre/ de la esquiva y amada musa,/ donde crece la gota dulce/ de néctar de higos concebida,/ nace una rosa espinada y/ aromada de amor-sueños-nostalgia…”.
Pero desde ese anclaje que lo ata a lo arcaico, a lo raigal del hombre, sale en busca de la palabra mesiánica para fundar la casa del ser, su ser en la poesía, su ser en el mundo, por eso puede poetizar: “Escribí desde la tierra que abrigan tus uñas/ y decime algo/ de los que pisaron y murieron/ en el suelo en que hoy me planto”.
Plantado como el propio y autóctono caldén, Mariano Alende desenrolla su Volumen en La Pampa, vocifera en su habla y nombra, canta, guitarrea…

como imaginó el viejo
la desoladora infinitud del mar
es apenas emulación o metáfora de la pampa,
entonces
en La Pampa
el tiempo se comprueba
ya como realidad, ya como saber a priori en la
conciencia del hombre,
en el hecho innegable
de que nadie
se llena la jeta de tierra dos veces con el mismo viento.
Eso lo hubiera entendido Heráclito de Santa Rosa
del Toay.

* Escritor