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Sobre los mitos

Es esta la nota inaugural de una columna quincenal pensada para «desmitificar» lo que se pueda sobre los mitos. ¿Son los mitos respuestas torpes de pueblos ignorantes? ¿Son conocimientos sabios de tiempos remotos que registran hechos de la Historia? La autora estima que el mejor acercamiento es al significado fundamental de algunos de ellos.
Gisela Colombo *
«¿De dónde vino Mateo, abuelo?», preguntó Manuel. El hombre tragó saliva y miró a su esposa. Un segundo después comenzó a hablar de una semillita que trajo el papá y se la dio a su esposa. Ella se la tragó y la semilla fue a parar a su panza. Con el calorcito del lugar comenzó a germinar. Le empezaron a crecer ramas que fueron brazos y un tronco con dos raíces que se hicieron piernas. Después, un corazón que latió con ritmo obstinado y una cabecita que se llenó de ideas. Cuando la semilla se sintió un poco apretada, decidió salir y escuchó tu voz de hermano mayor diciendo: ¡Llegó el bebé, abu!
La abuela se preguntó por qué le había mentido. ¿No habría sido mejor que explicara bien: que el óvulo recibía a los espermatozoides, que la fecundación y la implantación bla-bla-bla, etc. etc.? En seguida pensó que Manu no conocía todos esos términos, no parecía tener interés por comprender qué órganos componían la anatomía, como no lo tenía tampoco su primo de dieciocho años. Manu debía desconocer incluso que había diferencias anatómicas entre varón y mujer, sospechó Carmen.
El abuelo había considerado lo mismo: si el nene no preguntaba, no debía él abundar en detalles técnicos. Por eso contestó así. Lo que hizo fue hablar de lo que esencialmente había ocurrido. Aunque la semilla no se pareciera del todo a las que Manu había visto en el galponcito, funcionaba como si lo fuera. Mientras viajaba hacia su destino final, el terreno aguardaba con su propia potencia germinativa, para que ambos se fundieran y fraguaran en nueva vida. Después, sólo sería desarrollarse y crecer.
«No mintió», concluyó la abuela. «Sin embargo, no lo explicó como lo hubiera hecho el libro de biología.»
Como muchas veces en los años que llevaban juntos, Carmen admiró el ingenio de su esposo. Lo había explicado en un lenguaje diferente, sin torcer la verdadera naturaleza de las cosas.
«Mentira habría sido responder que los bebés eran originarios de París y los traía una cigüeña; que en este caso había atravesado el Océano para depositar a Mateo en la cuna que le habían preparado», se dijo.
Carmen no lo supo, pero su esposo acababa de calcar el mecanismo que utilizan los mitos. Sin faltar a la verdad, dramatizó, puso en imagen a través de un relato aquello que deseaba enseñar. Inventó una historia que, en su estructura fundamental, reproduce la realidad, aunque parezca muy diferente.
La versión de la cigüeña no podría aspirar a la categoría de mito, en cambio. En tal caso, será similar a una leyenda. El motivo es que no hay mito donde no hay verdad, por más que los argumentos sean, en apariencia, extremadamente fantasiosos.

Descrédito.
Durante el Siglo XVIII se produjo en Europa, un proceso llamado «Enciclopedismo» que intentó compilar todos los saberes en un único libro. Para ello, los creadores debieron fragmentar en áreas (y en tomos) el material. De tal modo, se montaron los cimientos para un concepto diferente del conocimiento. La reunión de todos los saberes dividiéndolos por disciplinas produjo alguna pérdida. Si bien la nueva modalidad llevó a la especialización y su consiguiente profundización, los sabios antiguos que se movían con idéntica pericia en las matemáticas, la medicina, la escultura, la herboristería, la pintura, la música, la astronomía, la gramática, etc, desaparecieron. Quienes integraban todo en una mirada unívoca respecto al hombre y al Cosmos tenían la clave para conservar la coherencia y la unidad de la cultura. De pronto, se extinguieron para siempre y fueron reemplazados por expertos, conocedores profundos de un área pero indiferentes a los logros de otras. Cada ciencia y cada arte se constituyó en un idioma diferente, como en una académica Torre de Babel.
El empirismo, el método experiencial por el que se comprueba sensorialmente la veracidad de una afirmación, ganó terreno al punto de segregar otros métodos gnoseológicos. Aquello que no permitía una comprobación de laboratorio, pasó a ser una superstición.
Las ciencias empíricas prevalecieron y el resto se esfumó del horizonte digno de ser estudiado. A superstición o folclorismo antiguo descendió el mito. Si se conservó fue porque las historias ya se habían tornado motivos literarios profusamente integrados a la tradición.
El crimen neoclásico fue despojarlos de su condición de rico reservorio de sabiduría y leerlos literalmente, como cuentos infantiles.
Así se explica un concepto del mito que todavía se enseña. Para los neoclásicos, los relatos míticos son respuestas torpes de pueblos sin ciencia. La definición fue elaborada por quienes no gozaron de la apertura de miras necesaria y se vieron tentados especialmente por el etnocentrismo y positivismo vigentes. Ningún pueblo no europeo podía decir nada inteligente, ningún pasado podía estar más cerca de la verdad que el presente, porque la humanidad inevitablemente avanzaba.

Símbolos.
Los mitos griegos, a los que tomaremos por ejemplo ya que son los que han resonado más en la tradición literaria, no tenían dioses en el sentido en que los conciben las tres religiones monoteístas más extendidas. En el judaísmo, el islamismo y el cristianismo Dios es un principio primero de vida único que permanece fuera de la Creación. Es el creador de todo y la Creación no lo contiene. Es eterno, infinito, perfecto. La analogía que podría acercarnos este concepto es la de un dibujo respecto al niño que lo creó. El dibujo de su bicicleta es una emanación creativa de él, la pintaron sus manos, le dieron entidad y existencia sus habilidades. Pero el universo del dibujo no incluye al niño. Lo único que hace es contener en su existencia los principios que la inteligencia y ductilidad del niño pudo darles.
Los dioses griegos, en cambio, son seres con tendencias idénticas a las humanas, sólo que ilimitadas temporalmente. Eso significa que no son verdaderos creadores, perfectos de toda perfección. Si bien los sectores no instruidos profesaron por un periodo una fe genuina en ellos, la irrupción de la filosofía fue desacralizándolos y revelando lo que eran en realidad: la representación de tendencias humanas. Figuras simbólicas que viven historias simbólicas.
Afrodita será la diosa del amor sensual, la pasión, y el deseo egoísta de poseer al amado. Su hijo Eros (o Cupido para los romanos) flechador mágico, es imagen de los caprichos de la atracción y del rechazo, que en nada responden a merecimientos, ni pueden torcerse con esfuerzos.
En estos principios simbólicos se monta incluso la disciplina de la astrología que hoy ha alcanzado una popularidad inédita. Pero los intelectuales de la Ilustración y los periodos que le siguieron ignoraron este valor. Mircea Eliade propuso, en cambio, un concepto diferente. Los mitos son «historias verdaderas contadas en lenguaje metafórico».
Productos de un pensamiento no racional, sino analógico, que se sustenta en las capacidades de leer la realidad a partir de analogías o similitudes. En rigor, un pensamiento que utilizamos para aprender muchísimas cosas, aunque su desarrollo no aparezca entre los objetivos de ningún colegio.
Reflexionemos: ¿Cómo hemos conocido el concepto de madre? Seguramente debimos relacionar la palabra con la señora a la que llamábamos así, y luego observamos a otras mujeres a las que se nombraba igual, para comprender mediante la extracción de un común denominador, qué era exactamente una madre. Ninguno de nosotros lo aprendió de la definición: «Dícese de mujer o animal hembra que ha parido a otro ser de su misma especie».

Historias verdaderas.
¿Por qué Eliade califica a los mitos de «historias verdaderas»? En su perspectiva, lo son en esencia, aunque los detalles circunstanciales no resulten verosímiles.
Nadie se atrevería a cuestionar la veracidad de esta aseveración: «la civilización griega nació en la Isla de Creta y luego se trasladó al continente.»
Pero quizá muchos desconfíen del mito de Europa.
Un grupo de ninfas se encuentra con un toro blanco de enormes dimensiones en una playa. Todas, excepto una, huyen aterradas por el tamaño y la bravura del animal. Europa, la más intrépida, la que posee la confianza y la pericia necesaria, decide quedarse y adorna la cerviz del toro con una guirnalda de flores. En el acto de mayor arrojo, comete la osadía de montarlo. El toro, que es Zeus metamorfoseado, alza vuelo y atraviesa el mar para desembarcar en el continente.
Intentemos la abstracción: «Dios hizo que Europa, nacida en Creta, se trasladara al Continente.»
¿Dice o no dice lo mismo?
La posibilidad de descubrirlo se relaciona con el «habitus» de leer analógicamente. Un ejercicio que se entrena, como tantos otros. El desafío es trascender la superficie y descubrir el esquema esencial que anima a cada mito.
Es propio de la naturaleza del símbolo suscitar varias significaciones. Multiplicadas estarán las posibilidades de interpretación del mito, si se trata de un conjunto de símbolos y acciones simbólicas. Lo narrado es siempre polisémico. La historia de Europa tampoco limita sus acepciones a la cuestión histórica.
«Sólo los más valientes, los que confían en los dioses y pueden aventurarse sin certezas, logran transformar su mundo.» Una verdad que atañe al comportamiento humano y es, en algún punto, universal. Ésta es la enseñanza que puede trasponerse por medio de la analogía.
Nuestra propuesta desde «Desmitificar», la nueva columna de Caldenia, será ir desentrañando, en una entrega quincenal, los significados fundamentales de algunos mitos. Y descubrir no sólo la curiosidad de una cosmogonía particular o el registro de hechos históricos, sino también la profunda sabiduría de milenios que actualizan los mitos.
En suma, habiendo reflexionado el funcionamiento de estos textos arcaicos, volvamos a la pregunta original: ¿Son los mitos respuestas torpes de pueblos ignorantes?

* Escritora