Sobre zombis y vampiros

Mauro Greco *
Una metáfora a la que solemos acudir para simbolizar el renacer o resucitar es el ave fénix: el pájaro griego que, desplumado y quemado hasta sus cenizas, renace de ellas, de sus rescoldos. La cultura de masas, un oxímoron ampliado según Hanna Arendt, se ha encargado de brindar sus ejemplos de ave fénix por fuera de las metáforas griegas conocidas.
En Terminator 2: Judgment day (James Cameron, 1991), en la que “Terminator T-800” pronuncia su “hasta la vista, babe”, otro terminator, el 1000 (Robert Patrick), es un robot-policía líquido que, así como puede convertirse en cualquier materia, es indestructible. Mejor dicho, es destruible pero (auto) reconstruible. Las balas lo atraviesan y el fuego lo quema, pero los agujeros se llenan y lo incinerado se reconstruye, como el ave fénix o Chaves contra Martínez. Es difícil no ver en estas producciones (Terminator I a la V, Rocky’s mismas, antes Blade Runner, la filmografía de Cronenberg, la reciente Game of Thrones) la fragilidad del medio humano, su carne expuesta a las incandescencias del mundo, su absurda finitud. Es como si se contemplara la posibilidad de otra clase de infinitud, ya no gobernada por lo humano y sus debilidades (culto a la personalidad, intrigas palaciegas, egos) sino por la frialdad sin fin maquínica, el metal a quien se le fija un objetivo y lo cumple. No porque no se haga preguntas, porque no haya salido de las playas autocomplacientes de su infancia, sino porque es de una fidelidad infinita.

Metáforas.
Debería repensarse, a la sombra de lo anterior, las metáforas climatológicas de lo frío y caliente asociadas al metal o a la carne, así como la misma palabra humano para simbolizar lo dulce y tierno, luego de un siglo XX donde las masacres planificadas y sistemáticas fueron realizadas por humanos de sangre caliente, no por frías máquinas desalmadas. Lo cual debería llevar también a una reconsideración de planes y sistematicidades. Por supuesto, siempre se puede apelar al devenir máquina del humano para salvar lo humano. Humanos dicen que humanos que mataron otros humanos fueron inhumanos. Cuando el sujeto de la enunciación no es “humanos” sino “capitalistas”, “stalinistas”, “nazis” o “dictatoriales”, ese tipo de clausura autojustificativa no suele ser de sumo agrado.

Desfondamiento.
Los últimos sesenta años han visto proliferar bibliografía sobre el desfondamiento de los Estados-Nación, la era de la liquidez, el desvanecimiento de lo sólido. No soy un especialista pero ensayaría la siguiente genealogía: de los situacionistas cincuentones franceses a los filósofos de la posmodernidad, pasando por los respectivos puntos intermedios. Esta bibliografía tiene sus epígonos locales, que deben multiplicarse en países vecinos y lejanos. El citado desfondamiento es lo que no tiene fondo, el agujerito sin fin. En lugar de los huecos en el cuerpo de Terminator 1000 que vuelven a llenarse ante un disparo, lo cual sería propio de los estados-nación bienesterosos que podrían ofrendarle un hospital donde curar sus heridas, la intemperie sin fin del daño, el cuerpo atravesado por hendiduras que permiten ver lo que se encuentra detrás. El cuerpo humano ya no es un medio, o es un medio frágilmente penetrable. El desfondamiento, como si un vecino nos hubiera usurpado el patio o jardín trasero de nuestra casa, es como si ya no contáramos con la reposera donde descansar los fines de semana: hay que estar alertas, emprendiéndose, diseñándose. Este diseño empresarial de sí, sin embargo, no le llega a los talones a los Terminator, Drago ruso o scanners cronenberianos.
Pocas producciones reflejan mejor este estado de la cuestión -liquidación, desfondamiento, empresariado de sí que la literatura sobre zombis. Para volver a tomar un ejemplo de lo que llegó a la cultura masiva pero primero fue un género menor -como el jazz, el policial, el ensayo, la ciencia ficción o la literatura fantástica-, The Walking Dead (Frank Darabont, comic de Robert Kirkman, 2010 a la fecha) refleja esta combinación de finalización del fin, o postapocalípsis, y los autodiseños que trae aparejado. Cuando parecía que todo había acabado, un virus disparado por motivo desconocido y una invasión zombi sobre la ciudad, hay que seguir viviendo. Mejor dicho, se puede vivir después del fin. Es la generalización de la condición sobreviviente, sí, pero también la posibilidad de superar una suerte de límite bactereológico. En lugar de preguntarse por qué ser y no más bien nada, por qué fin y no siempre. ¡¿Para qué la infinitud?! Porque se puede, diría el complejo técnico. Yo, para sobrevivir. Quizá sea propio de nuestra época que el seguir viviendo se plantee en términos de infinitud: son tan precarias las pseudoestructuras -laborales, amistosas, familiares, sentimentales, cognitivas- que nos sostienen, que el sobrevivir todo esto ya implicaría un gesto eterno, o la creencia en cierta infinitud terrenal para, a pesar de todas aquellas imprevisibilidades, seguir proyectando en la niebla.

Problemática.
Visión de paralaje (2006) Slavoj Zizek retoma “el problema zombi” para pensar la problemática de la emergencia de la conciencia. Se pregunta sobre la diferencia entre “un zombi que actúa como un humano de un humano ‘real’ con vida interior”. No es poco afirmar que “un humano ‘real’ con vida interior” no es fácilmente discernible de un zombi, quien murió y renació pero cuyo rostro se encuentra desfigurado. ¿Qué nos está devolviendo esto de la imagen humana? Zizek agrega que “no existen criterios ‘objetivos’ que nos permitan diferenciar a un zombi de un humano ‘real’, es decir, esta diferencia sólo puede percibirse desde adentro, desde el punto de vista de un sujeto consciente”. En la hipótesis zizekiana, la diferencia entre alguien muerto pero vivo y otro vivo aún no muerto no puede ser vista desde fuera, sino que habría que entrar en la consciencia -y sin embargo, ¿cómo surge?- para determinarlo. La distinción entre quien murió pero sigue caminando, y el que camina porque todavía no murió, no podría ser dicha desde un punto de miras externo. El que camina, vivo-muerto o muerto-vivo, es quien podría decir: he muerto, o sigo vivo. Y sin embargo, abunda el filósofo esloveno, “lo que hace incorrecta a la hipótesis-zombi es que, si todos los demás son zombis (más precisamente, si los percibo como zombis), no puedo percibirme como alguien con plena conciencia”. Si la mirada que me construye es la de quien ha visto desfallecer una región de su cerebro para conducirse como un autómata sin embargo caminante, ¿de qué modo voy a resultar un sujeto soberano dueño de mi y consciente? Este quizá sea el principal inconveniente de caminar vaticinando apocalipsis y para más asociándolo a la astuta tarea de la crítica: si los cuatro jinetes galopan, ¿no van a hacerlo también sobre la propia cabeza?

Inmortalidad.
Boris Groys, filósofo, artista y comisario de exposiciones ruso, en Política de la inmortalidad (2005), responde sobre las relaciones que encuentra entre escritura, muerte y autodiseño. Dice, como otros suelen decir por estas tierras, que escribimos para los muertos, para cotejarnos con ellos, y no hacia los vivos, un público finito que morirá en cincuenta años. Escribir, dice Groys, no es como vender tomates o pepinos, donde el juicio de un público perecedero como los productos resulta imprescindible –te lo llevo, no lo compro–, sino algo un poco más perenne. A esto se debe “la deficiencia de la mayoría de las teorías sociológicas, que plantean sus argumentos en nombre de la sociedad, y en realidad se refiere sólo a la sociedad de los vivos”. Groys no es precisamente elogioso del postestructuralismo francés pero no pareciera estar dejando de afirmar que la sociedad –como la mujer, el sexo, etc.– no existe, sólo que entendiendo por esta, no la ausencia de fracturas, gritas y antagonismos, sino la misma posibilidad de que seres finitos constituyan algo así como una sociedad. Por esto, “la cultura de masas (…) entiende esa relación mucho mejor que las teorías actuales de la crítica cultural: en las películas de Hollywood los hombres verdaderamente cultivados son sólo los vampiros, es decir, los muertos no muertos”. Es el fallecimiento de ciertos prejuicios hiper criticistas y pruritos heredados, automáticamente asociativos de lo hollywoodense con el descarte y de lo europeo u oriental -cuanto más exótico mejor- con lo elogiable, lo que pareciera estar puntuando aquella afirmación groyseana: Hollywood entiende mejor que cierta crítica cultural. Son los muertos vivos el súper yo o daimon que debemos imaginar detrás de nuestras cabezas a la hora de escribir, no el finito juicio de nuestro vecino, pareciera decirnos Groys. (Versión resumida de la nota que aparecerá en el N° 3 de Humo. Revista de ensayo y crónica, a publicarse en diciembre de 2016 y disponibles en Libros Pampa)
* Doctor en Ciencias Sociales, docente de la UNLPam.

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