Inicio Caldenia "Sostenido", una historia de envidia

«Sostenido», una historia de envidia

Fiore no sabía que había comenzado su fin. No tenía cómo saberlo. Llevaba varios años en la banda. Pero con Maresco apenas se conocían.

Gisela Colombo *

El violinista de ese momento había invitado a Juan a probarse cuando el polaco renunció. Tocó dos temas en el ensayo, y todos quedaron convencidos de que era la persona que estaban buscando. Era genial. Lo notaron desde el primer momento. Fiore entre ellos, que, por un lado se alegró de que pudieran subir la puntería con un piano mejor. Pero, por el otro, se sintió amenazado. El también había tenido en ese instrumento su primer amor. Ahora tocaba el bandoneón. Pero lo hacía sólo porque juzgaba la carrera del pianista un desafío demasiado grande para lograr el brillo que deseaba. Ahora este tipo llegaba y desviaba todas las miradas -especialmente las femeninas- hacia sus dedos prodigiosos.
Maresco era, para peor, uno de esos caralisa que ni siquiera se saben facha. Una humildad que sacaba de sus casillas a Fiore y le terminaba de dar la pinta de desterrado que las minas aman. Ese aspecto de víctima de la vida, de perdido que desea ser rescatado de la tristeza y los vicios por una mujer…
Habría deseado trompearlo desde que vio lo que en ellas generaba. Pero no lograba una sola respuesta prepotente, un desaire o cualquier maltrato que pudiera justificar un boyo. Cada minuto que pasaba cerca del nuevo pianista enardecía más su deseo de liquidarlo.
Le habría borrado la cara para silenciar, en cambio, el verdadero encanto del quía. Su talento. La capacidad de bajar un cacho de cielo a la tierra en esos minutos que duraba la milonga, el valsecito o el tango. Eso era lo que las apasionaba.
Pero Fiore no quería ni pensarlo. Prefería atribuir todo a su aspecto de nene de patronato, de huerfanito crecido. Y por eso estaba al acecho de la primera oportunidad que le diera Maresco para cobrarle todas.
Varias veces los habían contratado para fiestas de casamiento y noches de fin de año. Ahí el éxito del pianista se leía en la dirección que llevaban las miradas femeninas. Las abuelas, las que tenían a un lado sus esposos, las jovencitas que se sentaban en el piso cerca del escenario… todas lo descubrían aunque guardaran silencio. Y Fiore se indignaba. Iba cambiando el gesto sonriente por una tensa mueca que lo hacía ver malvado.
Ese día, cuando la ráfaga azul más graciosa de toda la celebración atravesó el salón y le habló al oído al pianista, todavía en su taburete, Fiore estalló. Vio con furia cómo terminado el show, Maresco se dejaba conducir por la chica hacia un balcón terraza. No necesitó seguirlo para saber qué ocurriría.
Sólo se enfocó en llegar a la caja de propinas sin que los plomos que levantaban los instrumentos lo vieran. Tomó el dinero y salió de entre los cables.
Después, pondría en marcha la matufia. Encontraría el modo de hablarle a cada compañero por separado. Les contaría que alguien del barrio se había acercado a él para advertirle sobre Maresco. Que era un tipo turbio, que lo habían echado de dos orquestas porque había metido la mano en la lata. Que le gustaba tanto la guita que había sacrificado incluso a sus amigos de Rosario por birlársela. Todo había ocurrido allá… Que por eso se había venido a Buenos Aires. A él, a Fiore, se lo había confirmado Chiquito, un amigo rosarino que lo conocía.
La segunda vez que le hizo el entre, faltó plata en la fiesta de fin de año. Maresco se había ido antes que nadie. Con su tristeza a cuestas caminó por Gaona bajo la lluvia, sin siquiera haberse despedido.
Después de esta segunda embatida de Fiore, nadie más lo dudó. Lo llamaron un martes al ensayo del club y le pidieron que se fuera. Ya no lo necesitaban como pianista. «Que se la gaste en remedios» dijo José Roland. La guita no la recuperaron. Habría sido imposible que la devolviera porque él no la tenía. Jamás en su vida se había robado un peso, aunque viviera pobremente. Y Fiore, las astucias de su lado, no reconocería nunca que se la había gastado en putas las dos noches en que le tendió la cama.
«Putas» es una forma de decir. Se la había gastado en una pibita nueva que lo volvía loco. Ya su mujer sospechaba de esas salidas. Ella estaba habituada a que se fuera al quilombo. Pero ahora no sólo se iba más seguido, volvía más tarde… Y, sobre todo, estaba abombado como nunca. Distraído y confuso. Debió imaginar que era otra cosa… Quizá, si lo hubiera intentado, habría descubierto que esa «cosa» sí era diferente, y se llamaba Magdalena.
Lo cierto es que el desahuciado de Juan Maresco se vio obligado a buscar lo que fuera para pagar la pensión y silenciar el bagre. Así es como cayó en el tugurio de Gravier.
Había entrado a muy pocos sitios antes de dar con este bar oscuro más habitado por coperas que por clientes. Sólo a veces, cuando sonaba bien la voz de la cantante o cuando el piano desprendía cierta magia, se juntaba un público aceptable. El resto del tiempo, la música era como los adornos de las paredes. Estaban ahí, pero nadie les prestaba atención. Los hombres veían ir y venir a esas mozas con trajes viejos de cigarreras. Las piernas al aire, unas medias de red y sus tacones de aguja bien altos. Las que llenaban las tasas del corpiño o incluso las rebalsaban dejando el surco a la vista, tenían atención especial de los clientes. Más de uno se tentaba y había que llamar al Gordo y a Barrios para que le dieran un correctivo. Las chicas se sentían protegidas con ese solo gesto de embocar a un desacatado que se había atrevido a meter mano.
Gravier sabía muy bien el negocio. No se dejaba conducir por ningún afán justiciero, ni nada parecido. Era el dueño y cuidaba su quintita. Si se corría la bola entre las minas de que pasaba cualquier cosa en el bar y nadie te defendía, cada vez pedían mayor porcentaje por cliente.
Atrás del salón donde tocaba Maresco se abría el pasillo oscuro, de paredes roñosas que desembocaba en un gran tinglado. El sitio estaba dividido en muchos compartimentos cuyas paredes no eran sino cortinados pesados. Dentro, sólo tenían una cama. Ahí trabajaban las chicas. Ahí se ganaban lo que se comían, lo que sus hijos necesitaban para el colegio e, incluso, tenían la posibilidad de invertir en algún que otro lujito para verse más lindas, para volver a trabajar y volver a ganarse lo que se comían, lo que sus hijos necesitaban…
Todo marchaba bien siempre que sintieran que estaban ejerciendo su libertad de decidir. Ellas tenían que dar el consentimiento. Tenían que elegir con qué cliente atravesaban el pasillo. Si uno de esos babas quería tocar antes, Barrios y el Gordo se ocupaban. Pero aquella noche el Gordo no estaba y Barrios, que a Magdalena le tenía bronca porque varias veces la había encarado y ella lo sacó corto, no reaccionó. No la defendió. El tipo la manoteó de un brazo y la dejó toda marcada.
La milonga que sonaba se interrumpió de golpe y Maresco de un salto llegó adonde forcejeaban la chica y el sujeto. Le pegó un trompazo demoledor. El tipo se fue. Ella se cayó con el cuerpo mientras su corazón se balanceaba sobre el abismo. El pianista no necesitó más que ayudarla a incorporarse para levantársela definitivamente.
Esa misma madrugada, Fiore volvía bien tarde de una fiesta en la que había tocado la banda. Iba esperanzado en poder gastarse lo ganado con la delicia de Magdalena. Pero, en cambio, llegó a la puerta y se llevó la sorpresa de su vida. La vio partir con el imbécil de Maresco. Salían al frío y él la abrazaba contra su pecho.
Todo el triunfo que había sentido cuando logró que lo echaran de la orquesta, de pronto, pareció moco de pavo. Ni lo pensó. Se vengaría. Volvería tantas veces como fuera necesario para darle una lección a ese cagón.
A la noche siguiente se peleó con su mujer para poder escaparse. Hizo un escandalete por el plato de guiso que estaba rancio y se fue ofendido.
Maresco tocaba el piano ajeno a la cincha entre las calenturas de dos clientes y las fantasías de independencia de una de las chicas. En el medio, Gravier oía el piano y agradecía que éste no le errara a las notas. Habían pasado varios diletantes que al dueño, que tenía cierto sentido estético al menos para la música, le hacían insoportable el tiempo en el negocio. Cuando se acercaban las dos de la mañana, Gravier levantaba la caja y dejaba a cargo al Gordo.
Lo cierto es que ahora las manos de Maresco sobre el piano venían juntando gente hacía rato. En el salón, algunas se molestaban porque los clientes se retrasaban, pero la mayor ganancia estaba en los tragos, así que nadie osaba quejarse.
Las más bichas sabían que no podía haber mejor cosa que un cliente borracho que, antes o después, se quedaba dormido. Cobraban por hora. Que durmieran toda la noche, si querían…
El asunto es que Fiore se sentó entre las mesas endebles del público y aplaudió las piezas de su ex-compañero de orquesta con un poco de fastidio y algo de satisfacción. Disfrutaba de ver el tugurio donde había terminado por más talento que tuviera. Bebía su Hesperidina y vio venir a la muerte. A la mujer que estaba destinada a traérsela. Quedó obnubilado con sus rasgos delicados. Una mirada melancólica y una palidez digna de la tuberculosis. A pesar de eso, le pareció hermosa. Recién varios segundos más tarde, reconocería a Magdalena, apoyada en el marco de la puerta donde se abría el pasillo. Estaba envuelta en una bata de gasa blanca que le daba el aspecto de un hada más que el de un yiro. Con esos ojos tristes miraba fijo al pianista. Estaba conmovida…
La emoción estética de Fiore no le permitió reaccionar al principio. Pero cuando se sobrepuso de ese detenerse el tiempo que sucede cuando la Belleza nos asalta como un rayo que ciega, se detuvo a pensar en ella, en lo que estaría sintiendo, en el imbécil que le suscitaba esas sensaciones… Y se enfureció. Estaba cansado de que Maresco le pasara el trapo. De que se llevara siempre los suspiros de las chicas bien, cuando tocaban en los casamientos. Pero que una mina como ésta también hubiera quedado prendada de él era demasiado.
¿Qué le ven? Con esa facha de ternero recién destetado, de huérfano sin esperanza… ¿Qué les gusta? El lo sabía, por más que prefiriera pensar que nada tenía que ver con la música. Lo único que hizo fue esperar en la penumbra del salón. Y cuando estaba por amanecer, y vio que el pianista se ponía el abrigo y le abría caballerosamente la puerta de salida a Magdalena, los siguió. Bajando por Tres Sargentos empuñó el cuchillo, se acercó y en un instante y con la mayor sorpresa, se desplomó. Lo último que vio fue a la chica, a Magdalena, limpiándole las manos a Maresco, con un pañuelo que se iba tornando bordó. Y sintió cómo caía sobre su cuerpo el cuchillo limpio que comenzó a mancharse otra vez por la hemorragia que manaba, la sangre que su panza despedía sin control.
De haber sobrevivido, habría notado el error que acababa de cometer.
Había malogrado su venganza. No supo leer la personalidad de Maresco. Aunque el pianista no le hubiera arrebatado el cuchillo y enterrado su hoja a la altura del hígado, en franca defensa propia, habría ganado de todos modos la partida.
Porque cuando Fiore lo hiriera, lo empujaría a huir, a sumergirse en los paisajes que creaban sus teclas. Al pulso de su agresión, sonaría muchas horas más el piano, y más raudo se educaría aquel talento que deseaba destruir. Como Apolo al llorar por Dafne, cuanto más intentara detenerlo, más haría crecer sus diferencias…
No fue el cuchillo, el ademán para arrancárselo de la mano, ni la presteza para enterrarlo en su carne lo que le franqueó el triunfo a Juan Maresco. No fue la devoción de Magdalena al verlo sufrir tal injusticia…
La música fue su verdadera resistencia. Después de que lo largaron de la comisaría, persistiría en su don, con más pasión que nunca. Porque ésa era la única respuesta que conocía. Había procesado el dolor siempre de ese modo. Ni los puños ni las palabras eran lo suyo. Simplemente tocaba. Y tocó. Tocó para resistir. Tocó para callar la culpa, con la pasión de quien no tiene otro refugio que el de la música.

* Escritora y docente

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«Habría deseado trompearlo desde que vio lo que en ellas generaba. Pero no lograba una sola respuesta prepotente, un desaire o cualquier maltrato que pudiera justificar un boyo».