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Todos los fuegos, un fuego

En los mitos, las letras, las artes visuales, el cine y la música, este elemento transformador nos hace sentir su presencia.

María Evangelina Vázquez *

Es conocido el mito griego que nos habla de Prometeo, quien les roba el fuego a los dioses para llevarlo a los mortales. En castigo, Zeus lo encadena a una piedra y envía un águila a comer de su hígado, que se regenera constantemente. Otro mito que alude al fuego es el de Icaro, a quien su padre Dédalo le había pegado unas alas con cera en los hombros, advirtiéndole que no volara ni muy bajo ni muy alto. Pero Icaro desoye su consejo y se acerca tanto al sol que la cera se derrite y él cae al mar. Estos mitos clásicos nos hablan de la desmesura o exceso, la soberbia y la transgresión de los límites humanos. Cuando se transgrede el orden, cuando el humano o mortal va más allá de sus posibilidades, sobreviene un castigo.
En la filosofía, contamos con la célebre alegoría de la caverna, dentro de República de Platón. Se describe una caverna donde los hombres están encadenados y sólo pueden ver las sombras de los objetos que se proyectan en la pared gracias a un pequeño fuego encendido, en el interior de ese espacio. La luz del gran fuego que es el sol se halla, evidentemente, fuera de la caverna. Esta alegoría nos habla acerca de la educación del filósofo gobernante, el mundo de las ideas (o inteligible) y el mundo sensible, y el conocimiento de la verdad. Por su parte, Heráclito sostenía que el fuego era el fundamento de todas las cosas y que el alma se componía de fuego y agua.
En la Antigua Roma, existían las vestales, sacerdotisas que debían custodiar el fuego sagrado de la diosa Vesta, ya que este simbolizaba el hogar de todos los romanos (la ciudad y el Estado). Ellos creían que, si se apagaba, podía acontecer una desgracia.
«Ruinas circulares», de Jorge Luis Borges nos relata una cautivante historia, donde un hombre no puede quemarse porque forma parte de un sueño: «le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma». Mientras que en «Todos los fuegos, el fuego», el cuento de Julio Cortázar que pertenece a su libro homónimo, podemos leer el entrecruzamiento de dos historias en distintas épocas, ambas signadas por la presencia de este elemento, donde el desenlace se va asomando de manera sutil hasta llegar al estallido final.
En su artículo «Un libro quemado», La Nota, 27 de junio de 1919, la poeta Alfonsina Storni narra la historia de un libro escrito por Teresa de Jesús, donde comentaba el Cantar de los Cantares. Alfonsina nos cuenta que el confesor de su autora le hizo quemar este libro porque le parecía peligroso que una mujer pudiera escribir sobre ese texto, movido por lo que dice San Pablo: «callen las mujeres en la Iglesia de Dios». Alfonsina nos dice que las Sagradas Escrituras son anti-feministas y que toda mujer que piense o escriba sobre ellas está realizando una acción feminista: pensar con su cabeza, obrar con su voluntad. Este hecho nos remite directamente al libro Fahrenheit 451 del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury. Esta novela describe un mundo donde los libros están prohibidos y deben quemarse. El fuego asociado con la censura es otro elemento que debemos considerar.
El fuego destruye, aunque también renueva, transmuta, purifica y señala un comienzo o un final. La llama ardiente es una imagen fuertemente poética en las películas Sacrificio y Nostalghia del cineasta ruso Andrei Tarkovski. En el teatro contemporáneo argentino, vemos que en la obra Angel de Patricia Suárez, el fuego ha marcado la historia del protagonista y la de su familia de modo trágico. En la literatura argentina contemporánea, los cuentos de Mariana Enriquez presentan el terror introducido dentro de lo cotidiano. Sus libros Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama nos sumergen en un universo inquietante.

Fuegos sagrados.
En la cultura maya, el valor simbólico del fuego podía marcar el ascenso de un gobernante, la inauguración de un espacio sagrado o la fundación de una ciudad. El fuego se asocia con el mito cosmogónico para regenerar al mundo.
En muchas otras culturas, el fuego está presente en sus rituales o ceremonias. Dentro del cristianismo, es conocida la noche de San Juan, en la cual se celebra la natividad de San Juan Bautista (24 de junio). Para dicha celebración se enciende una gran hoguera; su origen puede rastrearse en ritos paganos. Esta fecha se asocia con el solsticio (de verano o invierno, según el hemisferio) aunque no coincide exactamente con él. No se puede omitir tampoco el Sagrado Corazón de Jesús: en su iconografía también hallamos el fuego como el amor de Dios. En la Biblia, encontramos el episodio referido a la zarza ardiente.
En la cultura japonesa, se celebra el Hi Matsuri; su elemento esencial es el fuego ya que transforma lo negativo del pasado en buenos augurios y prosperidad. Este ritual se ha realizado en el Jardín Japonés de Buenos Aires. Cada persona escribe en una tablilla de madera aquello que quiere dejar atrás y luego se forma una pira donde arden todas las tablillas.
Si nos remitimos a la historia del arte, Vulcano, el dios romano del fuego, ha sido representado en La fragua de Vulcano (1630), de Diego Velázquez o en Vulcano forjando los rayos de Júpiter (1636-1638), de Pedro Pablo Rubens. Conocido en la mitología griega como Hefesto, se relaciona también con los herreros, los artesanos, los cocineros y panaderos que trabajan con hornos, los escultores y la metalurgia.
En Buenos Aires, el Museo Benito Quinquela Martín, en La Boca, cuenta con la Sala El fuego. Allí pueden apreciarse las pinturas de Quinquela donde este elemento ocupa un lugar preponderante. Fundición de acero (1944), Fundición de hélices (1938), Incendio de tanques de petróleo (1940) y Noche de invierno (1940) son algunos ejemplos. Por otra parte, el artista también pintó la Fogata de San Juan (1940).
Dentro del surrealismo, resulta de sumo interés la obra Naturaleza Muerta Resucitando, de Remedios Varo, la pintora española radicada en México (por estos días se puede ver este boceto dentro de su muestra en el Malba). En el cuadro, podemos observar una vela encendida en un candelero sobre una mesa con un convulsionado mantel. En torno a su llama, giran las frutas, como planetas alrededor del sol. Puede leerse la metáfora de la llama como alma; ya desde el título la obra alude a la muerte y a la resurrección, con un juego de palabras. Es notable que esta obra haya sido de las pocas que tenía Remedios en sus caballetes al momento de morir.
En 1930, el pintor norteamericano Jackson Pollock viajó a California para apreciar el mural de José Clemente Orozco con la figura de Prometeo. Pollock consideró que el Prometeo de Orozco era la mejor pintura de la época moderna y guardó una fotografía del mural en su estudio. Su cuadro La llama es una adaptación de la pintura de Orozco donde toma el motivo del fuego para llevarlo al expresionismo abstracto.

Fuego y destrucción.
Ya en el arte contemporáneo, Marta Minujín prende fuego a sus obras en su primer happening, La destrucción, de 1963. Ella cuenta que tomó una garrafa con nafta y unas antorchas y roció las obras mientras un verdugo proseguía a los hachazos y sus amigos se alejaban. La artista relata que era fantástico ver los colchones que despedían ese olor a pluma quemada y a pintura chamuscada. «Fue una sucesión de imágenes orgiásticas incontrovertibles. Las sirenas de los bomberos nos alejaron rápidamente del lugar y fue así que en medio de la excitación más total finalicé mi primer happening».
En 1970, el artista John Baldessari, en un crematorio de California, también quemó sus obras (aquellas producidas entre 1953 y 1966) para su Proyecto de cremación. Una parte de las cenizas resultantes fueron colocadas en una urna con forma de libro, con su nombre grabado y otra parte la utilizó para hornear galletitas, que luego fueron exhibidas en el MOMA de Nueva York.
Por estos tiempos de pandemia, también estuvo circulando por las redes un video muy breve que habla sobre la importancia del distanciamiento social, donde se muestra cómo los fósforos se van «contagiando» su fuego. Este video, creado por el artista visual español Juan Delcan y su mujer Valentina Izaguirre se volvió viral y sirvió para sembrar conciencia.
En la música clásica, contamos con el célebre ballet El pájaro de fuego, del ruso Igor Stravinski, inspirado en leyendas rusas. La canción Il mio bel foco (Quella fiamma) que ha sido magistralmente interpretada por la cantante lírica italiana Cecilia Bartoli, nos dice: «Mi hermoso fuego / Ya sea lejos o cerca de lo que puedo estar / Sin cambiar de temperamento / Para ustedes, queridos alumnos, siempre arderá / Esa llama que me enciende / A mi alma le gusta tanto / Que nunca morirá».
En la música popular de nuestro país, el fuego también está presente, muchas veces como metáfora del amor y la pasión: «Me arde, ¡me está quemando! estoy disimulando. Como el fuego sobre la superficie del mar, como el viento caliente del desierto, me quema, me quema, saber, que no vas a volver», dice la canción «Me arde», de Andrés Calamaro. En el videoclip de Tabú de Gustavo Cerati se lo ve al cantante encendiendo un fósforo e incendiando todo el espacio: «tabú, fuego y dolor», nos canta.
En los años ochenta, uno de los temas más populares de la banda The Bangles era «Eternal flame» (o «La llama eterna»): «Cierra tus ojos, dame tu mano, querida. ¿Sientes latir mi corazón? ¿Entiendes? ¿Sientes tú lo mismo? ¿O sólo estoy soñando? ¿Es este fuego una llama eterna?».

Fuego y pasión.
En la poesía, el fuego es una imagen recurrente. William Blake, el romántico inglés, escritor y grabador, la utiliza como emblema del tigre, en sus Canciones de experiencia (en oposición a sus Canciones de Inocencia donde figura su poema «El cordero»). San Juan de la Cruz, poeta y místico, también se vale de la metáfora del fuego: ¡Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!»
En la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, la llama es símbolo del amor eterno: Podrá nublarse el sol eternamente; / Podrá secarse en un instante el mar (…) Podrá romperse el eje de la tierra / Pero jamás en mí podrá apagarse / La llama de tu amor». Amor divino, amor carnal, amor romántico todos parecen recurrir a la imagen del fuego como ese alimento esencial sin el cual no es posible la vida.

* Periodista cultural y escritora

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«Amor divino, amor carnal, amor romántico todos parecen recurrir a la imagen del fuego como ese alimento esencial sin el cual no es posible la vida.»