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Trabajador de la palabra

A más de un mes de su muerte, Edgar Morisoli continúa inspirando homenajes, recuerdos y agradecimientos de diferentes personajes del arte, la música o la escritura. En este artículo, las palabras de Rubén Evangelista, su editor.
Rubén R. L. Evangelista *
Edgar Morisoli fue un intelectual en cuyo interior habitaba también el hombre común, aquel que le dictaba la realidad y visión del mundo del sometido, del que sufre, el postergado, olvidado e ignorado, y del que el poeta asumía su rol mediante la palabra para protagonizar su representación. La voz de sus quejas y justos reclamos por igualdad y ecuanimidad en el rol que la sociedad le había asignado a su transitar por la vida. Alguien lo calificó de «inmenso», un adjetivo que refleja fielmente la verdad, porque fue un ser de una dimensión tan grande como indefinidos son los contornos que pudieran fijar límites a su abarcadora e inconmensurable presencia humana. Tuve la fortuna y privilegio de haber sido el editor del poeta durante el último cuarto de siglo, a través de mi sello Pitanguá, que fundé junto con la edición del volumen de seis libros de poesías titulado «Obra Callada», en 1994, con que el poeta volvió a publicar luego de un largo silencio, atravesado por la oscura etapa del gobierno de facto instaurado en 1976. Fueron muchos años de aprendizaje junto a él, en lo humano y en lo creativo-literario, porque fue maestro de vida que con generosidad nos transfería a todos su extendido saber, su inmensa sabiduría que esparcía con modestia y la mayor humildad imaginable.

Su hogar, la familia.
Presencié en su hogar no pocas veces momentos de elocuente felicidad familiar de Edgar, su esposa Margarita Monges y sus hijos Moira (Marcela) y Juan Pablo, un ámbito de puertas y corazones abiertos, de intenso calor humano que se palpaba en la conversación habitual, casi siempre en torno al mate, infaltable protagonista de la vida en común, que se hacía generosamente extensible a quienes los visitábamos. Era allí donde deliberábamos sobre cada nueva publicación de Edgar en ciernes, en medio un intenso bullir de ideas y pensamientos, y siempre con la presencia de artistas de la literatura, la plástica o la música y el canto, expresiones que rodeaban y se sumaban sistemáticamente a sus producciones literarias.
Sereno, de hablar claro y austero pero de voz intensa y sonora, Edgar estaba abierto a toda idea y sugerencia en las definiciones en torno a compaginación y diseño. Y era amigo, además, de los consensos en lo estético no sólo con la editorial sino con los miembros de la propia familia, con quienes compartía cada momento del recorrido gráfico emprendido hacia la publicación, recabando en ella opiniones que confluían en las mejores decisiones finales. No concebía un libro suyo que no fuera encuadernado con cosido a mano, un sistema artesanal que nunca lo defraudó. Se aferraba a la idea de libro de gran tamaño, que permitiera espacios generosos y sectores blancos recurrentes en las páginas y en general en todo el cuerpo del volumen, una prolongación en lo gráfico, probablemente, de la amplitud de su mirada del hombre, el mundo y el universo.

Trabajador de la palabra.
En nuestros encuentros de trabajo ante cada nuevo libro, se ponía de manifiesto el cuidadoso orden que regía su forma de organizarse, y la previsión minuciosa de la labor que emprendíamos en común, para llevar adelante una nueva publicación, al menos una vez al año o a veces más. Edgar Morisoli, poeta, era un verdadero trabajador, un orfebre de la palabra. Mientras se desarrollaban los pasos gráficos para la edición del libro, revisaba, buscaba, cotejaba y decidía el vocablo adecuado, el más preciso que correspondería a alguna palabra que no le satisfacía completamente. Trabajaba arduamente para encontrar el término justo y exacto en todos sus poemas, y cuando el elegido no alcanzaba para nombrar lo imaginado o lo necesario, seguía laborando en torno a él sin descanso, insistente y tozudamente hasta hallarlo. A veces, estando con un pie en la imprenta llegaba al diseñador la palabra esquiva que había desvelado al vate.

Análisis crítico de su obra.
Entre diversos materiales que la CPE produjo a través de su Editorial «Voces» sobre el poeta, figura la publicación de «Edgar Morisoli, poeta del Sur» (2010) de la pampeana Ana Silvia Galán, única escritora y docente que produjo un libro de tal naturaleza, con una lectura crítica sobre la obra del poeta, difícil labor que al cabo de unos siete años le permitió hallar los caminos de análisis y comprensión de la poesía estudiada. Galán, para quien Morisoli era un escritor ejemplar y un gran poeta, se sentía fascinada por su obra, en la que pudo hallar «líneas de sentido que le permitieron comprenderlo a interpretarlo mejor». Y el poeta, a su vez, dijo que «la escritora había acertado el concepto abarcativo del sur pampeano, que no tiene fronteras, que había funcionado en su vida y su obra».

Hombre de consulta.
Edgar Morisoli fue un hombre de consulta permanente por las más variadas figuras profesionales, científicas, y técnicas que llegaron a nuestra provincia para desarrollar sus respectivos proyectos, y suscitó encuentros con personalidades de la cultura nacional y latinoamericana como los escritores Ernesto Sábato, Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer, entre otros, cuando estos visitaron La Pampa. En el ámbito de la cultura no pocos de los visitantes en diversas épocas abrevaron en su saber y conocimiento de La Pampa profunda. Su generosidad y predisposición para prodigar esos atributos, y además su cordialidad y bonhomía para con los recién llegados, eran un sello que excedía su condición de poeta, lo cual también ejercía una particular seducción en los visitantes, complacidos por la calidad y calidez de un anfitrión excepcional, carismático, modesto y de inusitada talla moral e intelectual. Para los habitantes de la provincia toda, era un ser que dignificaba a la sociedad pampeana.
En los años 70, por ejemplo, tuvo contactos y encuentros de trabajo con la mayoría de los investigadores que vinieron a realizar relevamientos o traer conocimientos en sus especialidades, como Mabel Ladaga de San Cristóbal y María del Carmen Salgado (artesanías folklóricas); Carlos Gradín (arte rupestre); Ercilia Moreno Chá (folklore musical); Antonio Austral (arqueología); Rodolfo Casamiquela (culturas indígenas); María Teresa Melfi (difusión de la ciencia del folklore); y Jorge Prelorán (documentales en cine). Mucho más acá en el tiempo, a mitad de la década del 2000, fue visitado y requerido por dos investigadoras provenientes de Buenos Aires, ambas nacidas en La Pampa -como lo era también Mabel Ladaga-: Ana María Romaniuk, castense, y Blanca Elena Hermo, realiquense, entonces licenciadas y actualmente doctoras en musicología.

Jorge Prelorán.
Prueba de la consideración y valoración que hacía Jorge Prelorán de la obra de Morisoli, que apreciaba y leía con sumo interés, fue la inclusión de poemas y otros textos de su autoría, en el libro llamado «Cochengo Miranda – Introducciones, ensayos, cuentos y glosario» (2002, inédito), de la Serie Multimedia «Testimonios Americanos». Prelorán eligió e incluyó en él, los poemas de Morisoli «Dedicatoria y viento», «La sombra de un río», y «Agua de todos», y también dos párrafos breves sueltos a lo largo de las 194 páginas del volumen, que incluye diversos textos y ensayos escritos por Hugo Chumbita, Angel C. Aimetta, Raúl Miranda, Aníbal Ford, Rubén Evangelista, Ercilia Moreno Chá, Walter Cazenave y Julio Domínguez.
Ercilia Moreno Chá. Edgar Morisoli y Ercilia Moreno Chá tuvieron recíprocamente una muy alta estima profesional y personal, gestada en el mismo momento en que la investigadora llegó a la provincia para realizar el relevamiento de nuestras expresiones musicales folklóricas: transcurría el mes de septiembre de 1973. De todos los visitantes, Ercilia fue con quien Morisoli experimentó la amistad más profunda, que cultivaron a través de los años, fortalecida por sucesivas colaboraciones y aportes que se prodigaron mutuamente, en orden a sus respectivas actividades y experiencias profesionales. «Tengo la certeza, dice ella de él, de que a partir de nuestro primer encuentro, se constituyó en el árbol a cuya sombra debía sentarme a descansar antes o después de cada viaje a La Pampa. Era algo obligado; a veces iba sola, otras con Alicia Vidondo y Muruma Lucero. También recuerdo que siempre hice mi esfuerzo para conectarlo con la gente que yo conocía y llegaba por primera vez a Santa Rosa. Era como un símbolo de pampeanidad: verlo a él resumía todo. Así lo hice con el payador Víctor Di Santo y con Pablo Díaz, a quien le recomendé verlo ¡y quedó encantado!».
«Pude hacerle devoluciones a lo largo de los años, como la lectura y sugerencias y aportes a su notable obra ‘El mito en armas o anunciación de Castelli Inca’ (2014); o como la obtención de materiales de muy difícil localización de algunas escalas y esquemas melódicos de música totémica ranquel/tehuelche, para ser interpretada por el conjunto vocal de cámara «Las Machis», con arreglos y dirección del maestro Mario Figueroa, durante la lectura escénica del poema «La canción que venció a los vencedores» -publicado en 2016 en el libro «Para los días que vendrán»-, en una puesta realizada en setiembre de 2015 en Santa Rosa.»
«Siempre quise hacerle un regalo importante, y el día que realmente acerté con la elección fue cuando le llevé una acuarela del pintor bonaerense Rodolfo Ramos hecha sobre la figura de un cacique pampeano; es una lámina hermosa que apreció mucho y también lo emocionó fuerte.» Morisoli, por su parte, le dedicó el poema «Tierra para pensarla» en el libro «Tabla del náufrago», 2008, con una dedicatoria que dice «a Ercilia Moreno Chá, que rescató el sonido de La Pampa más honda».

Ana María Romaniuk.
Ante el pedido de que recordara el encuentro inicial que tuvo con el poeta, la investigadora contó lo siguiente: «La primera vez que fui a lo de Morisoli no sabía realmente adónde iba, a quién iba a ver. Era el año 2006 y estaba iniciando mi acercamiento a la música pampeana, buscando elementos para definirla, y Cacho Evangelista me allanó el camino para llamarlo de su parte y conversar sobre la mítica peña Temple del diablo. Yo, pampeana residente en la ciudad de Buenos Aires desde niña, desconocía casi por completo su obra. Ese primer encuentro fue para mi inolvidable. La calidez con que él y Margarita me recibieron fue conmovedora, así como el amor que los iluminaba. Escuchar sus relatos con la tranquilidad exquisita del que sabe me confirmaron -ahora me doy cuenta- que estudiar la música de La Pampa como parte la cultura de mi lugar era lo que definitivamente debía hacer. Gracias querido Edgar». Ana M. Romaniuk iba a entrevistar en adelante sucesivas veces a Edgar Morisoli, en los años 2006, 2008 y 2010.

Blanca Elena Hermo.
Etnomusicóloga y docente nacida en La Pampa en el seno de una arraigada familia realiquense, fundó y dirigió el Instituto de Investigación en Etnomusicología, dependiente del Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires. Al cabo de una primera etapa investigativa en La Pampa, el 22 de junio de 2007 Blanca Hermo dio a conocer en la APE ante escritores, poetas, músicos y cantores, entre quienes estaban Edgar Morisoli y Margarita Monges, un documento titulado «El Estilo en territorio pampeano como factor configurante en la construcción de la pampeanidad». En su lectura se mencionaron sucesivos textos del poeta Morisoli, algunos pertenecientes a los «Documentos de la APE» publicados en 1983-1993 y 1993-2002. Lo leído por la estudiosa era anticipo de lo que luego configuraría el material del proyecto «Actualidad de la Música Criolla en territorio pampeano – Fenómenos musicales y matrices socio culturales», generado por el Instituto de Investigación en Etnomusicología, que a la vez iba a ser parte de la tesis doctoral de Hermo ante la Universidad Nacional de Rosario en 2015/18, titulada «El estilo pampeano bonaerense: Modos de producción, apropiación y pervivencia». Durante las prospecciones en La Pampa, Morisoli fue extensamente entrevistado por Hermo en un reportaje grabado en video, que para la investigadora constituye una fuente invalorable aplicada al trabajo final sobre el estilo bonaerense pampeano promovido en su proyecto musicológico. El reportaje integrará el conjunto de documentos que serán depositados en el Archivo Histórico Provincial, cuando venga a La Pampa a presentar el libro, ya editado, de su tesis.
El fallecimiento del poeta Edgar Morisoli encontró a la investigadora y su esposo Carlos Goldberg -también pampeano-, en aislamiento preventivo por el Covid19 en el pueblo La Paloma, de Uruguay, donde quedaron retenidos al desatarse la pandemia y sin poder regresar a Buenos Aires, donde residen. Ante la infausta noticia, de inmediato ambos se comunicaron telefónicamente con quien esto escribe, para transmitir a los pampeanos su conmoción personal y su profundo pesar y congoja ante la partida del poeta, con quien ambos habían tenido un fraternal acercamiento personal y ella un fructífero trato de trabajo en común.
Con Edgar Morisoli ha partido un gran hombre y un extraordinario poeta, un ser humano único e insustituible, a quien llevaremos en nuestra memoria como permanente y principal guía de nuestros actos y pensamientos. Muchos de nosotros habremos tenido el excepcional privilegio de haber vivido contemporáneamente al poeta.

* Investigador, músico y director de Ediciones Pitanguá