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Un cielo abierto

RELATOS – VIVIR EN CHINO

Paseos por nombres y caminos, nos llevan a donde todo conduce de acá a la China… abrazar fuerte a mamá.

Lucía Argenchina *

Pasear por China es una historia siendo contada que los perezosos bilingües no siempre nos animamos a traducir. Se puede, por ejemplo, bajar en el aeropuerto “Puente de arcoiris”, llegar en metro hasta la estación del “bosque de laureles” y dormir en el “hotel de comerciantes” de la calle “Nuevas fábricas” al mil quinientos. La señorita o el muchacho que ofrecen mostrar la ciudad pueden llevar por nombre “Valiente y encantador, Crisantemo perfumado, Brisa de Primavera, Heroico y diligente” y tal. En chino, el arándano es una frutilla azul, los caramelos frutas de azúcar, la heladera una caja de hielo, pero mamá se dice mamá. Aunque todo suena mejor en el idioma original, porque a veces traducido es torpe, como algunas bandas de rock: puré de zapallos, pimientos rojos y picantes, armas y rosas, u dos, piedras rodantes…

Seguido sueño en chino, cruzo en los sueños personas que en la realidad no podrían juntarse, nos encontramos, por ejemplo, en la estación del “Dragón rojo”, bajamos por el callejón hasta el barrio de los “Siete tesoros” y colgamos con la vista en la nariz dos o tres mil años de historia como un cuadro en la pared (que cuando está torcido enderezamos). Luego comemos “pez ardilla” con arroz en la ciudad “Al norte del río” y conversamos largo como la muralla con brillo de charol en la mirada.

Viajando supe que el tiempo es otra cosa, y de ningún modo una verdad, una certeza, sino más bien cierta convención que ordena. Todas las noches, buscando apagar las luces, las máquinas, los ruidos de la metrópolis mental, leo hasta quedarme dormida con el libro en el pecho. Hace poco volví al I Ching, antiguo libro chino de la vida, ¿o libro vivo? Acaso lo más parecido al borgeano libro de arena del que alguna vez supe. Se lo conoce también como el libro de los cambios o las mutaciones, y sugiere mediante relaciones complejamente simples, estados de las cosas del mundo. En el prólogo de la traducción de Richard Wilhelm, Karl Jung delinea prolijamente la asertividad del pensamiento oriental antiguo orientada por la casualidad, la sincronicidad; separándola de nuestro modo causal de abordar la realidad, entendiéndola como una sucesión o secuencia de hechos. Ese ángulo, abre la posibilidad de mirar discursos, personas, gente, como encuentros potentes, apoyados sobre sí mismos, vivos, latiendo ahí; y no siempre como una articulación mental traída para llevar.

Ayer llovía sobre la capital mientras cruzaba por la panza del parque Las Heras, que inspiró las robustas crónicas “Fantasmas del parque” de María Elena Walsh. Las cortinas de lluvia atravesaban los faroles, que separaban del paisaje por contraste cada gota como si fuera una aguja… Los viejos palos borrachos, empapados, rugosos, parecían elefantes… Embarazados aún posparto, como siguen las madres, repletas, anteriores, aunque los hijos hayamos salido ya al mundo a intentar trotecitos, bajo su mirada atenta, oracular.

* Traductora