viernes, 20 septiembre 2019
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Un legado inmaterial

En la provincia de La Pampa se recuerda el nombre de Jorge Prelorán, asociado principalmente a su película Cochengo Miranda (1975) y en menor medida a los films Los hijos de Zerda (1978) y Héctor Di Mauro, titiritero (1981). El documentalista está en la memoria colectiva.
Rubén R. L. Evangelista *
En Realicó, específicamente, sus habitantes saben de él, además, que antes había filmado la película El grano dorado (1971) en el molino harinero Werner de la localidad. En general, son sólo esos los hechos cinematográficos que están en la memoria del común de las personas en nuestra provincia, y probablemente esté algo fresca aún la noticia de que el artista recibió en 2007 la máxima distinción que otorga la Universidad Nacional de La Pampa. Sin embargo, a su paso por La Pampa, Jorge Prelorán también sembró conocimiento, experiencia y un ideario humanista, no sólo trasuntado en sus películas documentales filmadas en suelo pampeano, sino en las interrelaciones personales e institucionales que mantuvo con funcionarios públicos, con quienes debió acordar los proyectos cinematográficos a realizar; con académicos, historiadores, geógrafos y otros profesionales que por diversos motivos confluyeron en su camino de realizaciones fílmicas en nuestra provincia; con periodistas que lo indagaron con curiosidad y algunos de los cuales hasta polemizaron con él sobre la presunta ideología de sus filmes, que él negaba sistemáticamente. Asimismo, con escritores, músicos y artistas de otras disciplinas, como así también con personas comunes, vecinos y trabajadores con los que debió interactuar en el transcurso de su labor documentalista.

El cineasta.
En su libro: Jorge Prelorán (Centro Editor de América Latina y el Instituto Nacional de Cinematografía, Bs. As., 1994), Graciela Taquini, biógrafa del cineasta, hace una perfecta caracterización del documentalista, cuyos principales tópicos he elegido y editado aquí, para conocer un somero pero completo perfil del artista.
«La obra de Jorge Prelorán es consecuente con el movimiento cultural de la década del 60, surgió paralelamente al boom de la literatura latinoamericana, y también está profundamente ligada a aquella concepción optimista que creía en la existencia del ‘hombre nuevo’, de la ‘Patria Grande’, que el cambio social era posible».
«Prelorán ha sido ampliamente reconocido por parte de especialistas en el campo de la antropología visual. Más que antropológico, él prefiere llamar a su cine ‘documentos humanos’, o ‘la voz de los que no tienen voz’. Su obra trasciende el documentalismo, es un artista, un autor fundador de mundos».
«Nunca permitió que sus documentales se exhibieran pagando entrada. Puso su vida y su energía en empresas difíciles, no redituables (…), siempre en contacto con sus protagonistas o sus familias, ayudándolos, sintiéndose responsable hasta la obsesión».
«Prelorán es personalista, para nada gregario, jamás perteneció a ningún movimiento ni grupo. Si elige filmar marginados es por identificación y porque siente que está del lado de ellos. Su cine no es sobre la gente sino con la gente».
«Todo lo ha consagrado al cine, en forma obsesiva, siempre con proyectos, enseñándolo, promoviendo sus trabajos ya realizados (…)».
Taquini le imprime mayor convicción a su caracterización reproduciendo la propia palabra del filmador: «Trato de no imponer mis ideas. Esto significa que mis films no son políticos ni ideológicos. No tengo intención de usar mi película como vehículo de mis ideas en lugar de las de mis protagonistas. Trato de escuchar a la gente y convertir eso en un film».
«Mis películas (…) sólo describen la forma como la gente vive y sobrevive en un área determinada. Allí está una persona (…) que es el producto de ese paisaje y está influida por su clima, su topografía, su geografía, situación económica, política y social. También es una persona viviendo en un cierto momento, un producto de la tradición y de la historia».

Cine con sentido.
En su cuaderno inédito «Etnobiografías, una forma de entender la Humanidad», s/f, Prelorán reflexiona: «(…) El cine etnobiográfico es el que más me interesa porque lo encuentro enriquecedor, no sólo para la educación del país, sino para el propio cineasta que lo realiza. (…) Las etnobiografías se centran en la historia de vida de un individuo a través del cual se intenta conocer tanto su realidad personal como la cultura en la que está enraizada (…). Veo en la creación de etnobiografías la posibilidad de hacer un cine con sentido. Un cine sencillo pero importante, que usa los instrumentos de nuestra época -ya sea el celuloide o el video- para documentar formas de vida que amplían nuestro conocimiento de la humanidad».
Me unió con Jorge Prelorán una intensa amistad que trasponía lo laboral y se internaba en lo humano, en lo afectivo, que había comenzado cuando acepté el ofrecimiento de ser su asistente durante filmaciones que realizaba en nuestra provincia en la primera mitad de los años ’70. Fue una relación personal de muy alta calidad la que me dispensaría con el transcurrir del tiempo, que hizo posible su decisión de transferirme saberes y experiencias de vida y profesionales, en afán de hacerme ganar tiempo para aprovecharlo mejor y así poder hacer más y mejores cosas. Sin notarlo y sin que fuera un propósito prefijado, esos conocimientos fueron transformándome en un aprendiz de discípulo suyo, no de su condición de director de cine propiamente, sino de los métodos de trabajo. La investigadora Ercilia Moreno Chá le había sugerido mi nombre a Prelorán para que fuera su colaborador. Con ella había tenido, el año anterior a la llegada del cineasta a La Pampa, mi primer acercamiento a lo que en investigación se denomina «trabajo de campo», y había hecho pequeñas colaboraciones para la musicóloga, quien ya realizaba prospecciones, desde septiembre de 1973, en el primer tramo del relevamiento del folklore tradicional de La Pampa encargado por el gobierno provincial.
Además de los conocimientos que Prelorán me transmitió en forma oral durante largas charlas en viajes de trabajo por La Pampa o en mi casa familiar en Santa Rosa, donde se alojó y fijó su lugar de trabajo en sucesivas ocasiones -algunas veces en compañía de su esposa Mabel-, sus consejos y convicciones en torno a la naturaleza del cine documental que practicaba y cómo debía realizarse, quedaron registrados en la correspondencia que intercambiamos con mucha frecuencia desde el año 1974 en adelante.

Fin educativo.
En una carta fechada el 19 de diciembre de 1973 -una de sus primeras misivas desde Buenos Aires-, Prelorán explicaba el motivo y los fines del apoyo que había decidido brindarme, haciendo eje en la educación como fin último y especial. Decía: «(…) La idea del trabajo de la Universidad de La Pampa (se refería a la recolección de testimonios orales y fotográficos en las dos terceras partes de las poblaciones pampeanas), que realicé a partir de 1975 para el Instituto de Estudios Regionales, I.E.R., de esa casa de estudios-) la empujé tanto porque creo que sería algo trascendente, por lo tanto mucho más importante para vos, si lograras hacer algo (…) que tenga un valor residual de muchos años (…). Es el entusiasmo en que trato de inspirar obras que no sean lo común, especialmente para educar».
Fue por ello que en el prólogo del libro Folklore y Música Popular en La Pampa (1987), escrito sobre la base del material que había recolectado, dejé constancia de que ese primer trabajo de investigación sobre la música de La Pampa era producto directo de las enseñanzas de Prelorán, su influencia, y el impulso que él me infundió para que lo llevara adelante, e incluí en el texto la carta y su mensaje respectivo.

En carta del 4 de septiembre de 1975, dice Prelorán: «(…) Todas las películas me han dado algo, pero muy especialmente las últimas, donde he tratado de ahondar y entender a fondo las vivencias de gente que necesita ayuda. Luego hay que canalizar todo eso en algo productivo, en algo que sea ‘educativo’, es decir que no puede quedar simplemente en uno (…). Tiene que ser devuelto a tu civilización, como un aporte de uno de los pocos elegidos, de los privilegiados que avanzan la humanidad (…)».
Otra del 4 de octubre de 1975, reza: «(…) El hombre no es una isla, tiene que formar parte de la sociedad en que vive, y ayudar a que sea mejor. Y no ser un parásito simplemente, que saca y no pone nada (…)».

Intención o egoísmo.
«(…). Si no hay una buena intencionalidad hacia la sociedad en que vivimos, todo lo que uno hace es egoísta, y no sirve para nada (…). Pero si sentimos la necesidad de comunicar cosas importantes (…) entonces todo es para los demás, y nosotros somos una especie de transmisores sensibles, que sabemos darle más énfasis a lo importante, y despejar lo que oscurece la visión clara de la realidad», dice Jorge en otra de sus misivas. Y sigue: «Estoy convencido de que las películas como Cochengo Miranda o Los hijos de Zerda son ejercicios de humildad, y que no hago más que tratar de ser una especie de amplificador (…) de lo que ellos quieren decir, y que yo con el oficio y la sensibilidad adquirida durante años, lo pueda llevar a la pantalla para que Cochengo y Zerda te hablen a vos personalmente, sin que notes que yo he estado allí. Ése es mi aporte a mi sociedad».
En carta de octubre de 1975 habla de sí mismo: «Tengo 42 años. A los 30 comencé a hacer cine profesionalmente, y lo he hecho con tanta energía y entusiasmo, que apenas 12 años después, ya tengo en mi haber 40 películas, de las cuales 6 son largos, y ya tengo 4 más que están por salir! Y en estos cortos años he recibido satisfacciones que no pueden ser explicadas ni comprendidas, a menos que uno las haya vivido. Soy considerado por los mejores del mundo, como uno de ellos, pero elegí volver a mi país (después de estudiar cine en UCLA) para hacer un cine para mi gente, y en el anonimato, sin buscar ni la fama ni el dinero». «La fama es algo exclusivamente creada por otros, y no me presto a ese juego (…)».

Estado de obsesión.
Prelorán tenía un enorme poder de concentración durante sus labores, que realizaba en solitario, y una férrea disciplina para trabajar, actitud rayana en la obsesión al punto del fanatismo, que quedó patentizado en estos pasajes de tres de sus cartas: «(…) Creo que soy un enloquecido por hacer cosas o ayudar a los otros a pensar en hacerlas (…). Todo lo hago o vivo de una forma bastante especial (…), producto de haber vivido solo más de 20 años y de tener una vida interior bastante hermética; también puede que esta fiebre que tengo por el cine me haga un obsesivo o un fanático, no sé» (5 de diciembre de 1975). «(…) Estoy trabajando bajo enorme presión y no duermo bien. Eso llegó a una crisis ayer (…) por este fanático impulso de trabajo que tengo, que no entiendo bien, pero quizás sea una insana responsabilidad, y la impotencia de no poder terminar las cosas a su tiempo» (1 de septiembre de 1976). «(…) Estoy metido en la película ‘Castelao’ totalmente, y al borde del surmenage. Realmente me tiene obsesionado, pero también me gusta mucho» (4 de septiembre de 1975).

Mensaje.
En sus últimas visitas a Santa Rosa, una de ellas para recibir la distinción de Profesor Honorario otorgada por Resolución Nº 030/2007 del Consejo Superior de la Universidad Nacional de La Pampa en marzo de ese año, en conversaciones informales Prelorán seguía mirándonos a los pampeanos con ojos de realizador documentalista, y decía con énfasis que lo desesperaba que hubiera tanto para hacer aquí, para la sociedad y que no se tuviera la iniciativa de realizarlo. Él lo imaginaba y nos proponía que lo hiciéramos nosotros mismos en nuestra provincia y con nuestra gente, en contraposición con la solicitud de profesionales como él desde Buenos Aires; nos incitaba a salir cámara en mano a documentar la vida de tantos seres que estarían esperando ser indagados y filmados cinematográficamente, para que sus historias trascendieran y esas experiencias pudieran ser capitalizadas en favor del avance de la humanidad, la idea rectora de su pensamiento y accionar de toda la vida.
Lo cierto es que Jorge Prelorán un día irrumpió en mi vida y le cambió el rumbo hacia un destino mejor y apasionante -así lo considero-, el de la investigación y la escritura, y me dio las herramientas para entregarme a ello con pasión. En estas líneas anida mi demorado deseo de decirle gracias, y honrar su preciada memoria.
* Investigador