miércoles, 28 octubre 2020
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“Un mundo para Julius”

LITERATURA – A 50 AÑOS DE LA PRIMERA NOVELA DE BRYCE ECHENIQUE

En 1970 el escritor peruano publicó su primera novela y el suceso fue instantáneo. El periodismo cultural comenzó a hablar de la literatura del “posboom”, la joven generación que venía a tomar la posta de la expansión consagratoria que las letras latinoamericanas.

Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

Alfredo Marcelo Bryce Echenique nació en Lima en 1939. Se crió en una familia de muy buen pasar y de gran renombre en la sociedad de Perú: José Rufino Echenique, su tatarabuelo, fue presidente de esa nación a mediados del siglo diecinueve; su genealogía parental, por otra parte, lo relaciona con la pensadora socialista y feminista francesa Flora Tristán.

Su formación terciaria sumó títulos en Derecho y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. A mediados de los sesenta se trasladó a Francia, donde perfeccionó sus estudios formales sobre literatura mientras se dedicaba a vagabundear por toda Europa, mientras se desempeñaba también como docente y periodista.

Hace medio siglo, en 1970, publicó su primera novela, Un mundo para Julius. El texto fue concebido mayormente durante su estadía en París, se publicó originalmente en el país natal de su autor y el suceso fue instantáneo. Para ello fue decisivo que obtuviera el Premio Biblioteca Breve de Novela, concedido anualmente por la editorial Seix Barral a una novela inédita en lengua castellana.

Rápidamente la crítica y el periodismo cultural comenzó a hablar de la literatura del “posboom”, es decir, la joven generación que venía a tomar la posta de la expansión consagratoria que las letras latinoamericanas han conocido la década anterior, fogoneda por los todavía bien activos y ya consagrados mundialmente Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar. La vara se ubicaba bien alta, y Bryce Echenique trató de estar a la altura mediante la estrategia sencilla de escapar a la comparación y mostrar lo suyo.

Un mundo familiar.

Julius es el personaje exclusivo de ese texto inicial: un chico rico limeño, que tempranamente sufre la muerte de su padre Santiago; su concurrencia a dos importantes institutos educativos peruanos; las relaciones familiares (hay una fuerte presencia femenina a través de su hermana fallecida Cinthia y su madre Susan) y de amistad que, como es de esperar, se irán oscureciendo y complejizando a medida que se acerque la adolescencia. Un mundo familiar y “de iguales” que, a poco andar, entrará en contrapunto con otro, el de los empleados de la casa, el Perú andino, el que habitan Nilda y Vilma, la niñera chola.

El mundo de Julius sigue, a trazo grueso, el modelo de la novela de formación (uno de los epígrafes que abre la narración es la traducción de un significativo refrán alemán: “Lo que Juanito no aprende, no lo sabrá nunca Juan”), con tintes autobiográficos y un cuidadoso realismo social. De acuerdo con un comentario de García Márquez “la ciencia de su lenguaje, la mezcla sutil de ironía, nostalgia y humor, y la aguda visión de lo real” conforman su esencia de gran relato.

En la representación de Bryce Echenique lo real está partido en dos, son dos mitades que se complementan aunque no se tocan pese a que la nada que los separa es causa de constante exasperación: (…) ahora toda la servidumbre venía a acompañar a Julius; venía hasta Nilda, la Selvática, la cocinera, la del olor a ajos, la que aterraba en su zona, despensa y cocina, con el cuchillo de la carne; venía pero no se atrevía a tocarlo. Era él quien hubiera querido tocarla, pero entonces más podían las frases de su madre contra el olor a ajos: para Julius todo lo que olía mal olía a ajos, a Nilda, y como no sabía muy bien qué eran los ajos, una noche le preguntó, Nilda se puso a llorar, y Julius recuerda que ése fue el primer día más triste de su vida.

Son dos lenguas, dos tradiciones; así la “historia otra” es fuente permanente de deseo, de encantamiento y, por eso, alimento y motor de la escritura: Hacía tiempo que Nilda lo venía fascinando con sus historias de la selva y la palabra tambopata; eso de que quedara en Madre de Dios, especialmente, era algo que lo sacaba de quicio y él le pedía más y más historias sobre las tribus calatas, todo lo cual dio lugar a una serie de intrigas y odios secretos que Julius descubrió hacia los cuatro años: Vilma, así se llamaba la chola hermosa de Puquio, atraía la atención de Julius mientras lo bañaba, pero en el comedor, era Nilda con sus historias plagadas de pumas y chunchos pintarrajeados la que captaba toda su atención.

A partir de ese promisorio comienzo Bryce Echenique desarrolló una importante obra literaria, que suma una docena de novelas, un número apenas menor de volúmenes de cuentos, varios tomos de ensayos y textos autobiográficos o “antimemorias”. Sin embargo, en los últimos años su apellido ocupó un lugar destacado en la prensa pero no por cuestiones estéticas. Primero debió soportar una acusación y juicio por plagio, después el asedio de los paparazzi a partir de su breve matrimonio con una afamada y hermosa modelo mucho años menor que su marido.

El culo del mundo

En 1977 la editorial Anagrama publicó el volumen titulado A vuelo de buen cubero y otras crónicas. La selección incluye “El mercado del lugar común”, escrito en el que Alfredo Bryce Echenique comenta las evidencias que permiten conjeturar que América latina, y en particular el Perú, está de moda en Francia. El breve ensayo es una buena muestra de su estilo irónico: “Y resulta que el Perú está ganando esta carrera de caballos del descubra usted el culo del mundo, en la que los que vienen de allá y los que incitan a los de aquí a ir para allá alimentan el mito del buen salvaje, creando la ignorante confusión que alcanza hasta a los niveles universitarios. Hoy Neruda se vende al contado. Se lo llora con charangos en restaurantes y boites del Barrio Latino en los que cantan o cenan estudiantes que años atrás lo insultaron en La Sorbona. Hoy el Che está en baja, sus hazañas se lloran comercialmente menos, olvidando que tanto el uno como el otro cantaron, con sus propias armas, virtudes o errores de seres humanos, el canto profundo de un continente cuyo desgarramiento y tragedia utilizan unos para ganarse unas moneditas, y otros para ganarse unos billetotes. Decía que el Perú está ganando la carrera. Aparentemente ya la ganó y hasta subió de categoría, pues la elegante revista Elle acaba de consagrar el mito, consagrándole al Perú veinticinco páginas a todo meter, a todo color y a todo vender (…).

Según Elle para visitar el Perú se necesita un mes. Me pregunto por qué no dos, o mil. Yo he vivido allí veinticinco años y me apeno de no conocerlo como desearía. Mi ingratitud con la revista Elle no tiene nombre. Cuántas veces me he entretenido contemplando sus maravillosas fotos, hasta sus increíbles textos, relajantes, equivocados. Una vez incluso hablaron de mí en su selección semanal de libros. Acababa de aparecer mi primera novela en francés y la saludaban como “una revelación poética”. En cuanto a mi persona decían que era chileno. No me ofendí. Todo lo contrario: eran los años de Allende. Hoy tampoco me ofendería, porque pienso en el pueblo chileno. Nunca me ofendería. Constato sólo el error del texto. En esa época Chile ganaba la verdadera carrera, y tal vez sí, subconscientemente, quisieron ayudarme a vender un poquito más. Hoy, el Perú gana la carrera turística. El Perú va ganando la carrera. Vístanse todos de pastores mientras dure la moda pastor. Y ríase la gente. El mercado (del lugar) común latinoamericano ya es una realidad: en el mercado”.

* Colaboradores