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Un nuevo canto Quetral

Acaba de editarse el tercer tomo de la nominada obra completa de Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929-2010), a través de la Secretaría de Cultura de La Pampa. Son seis poemarios de la década del sesenta.
Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

Los primeros ejemplares habían viajado a la Capital Federal para su presentación oficial en la 44º feria internacional del libro, tal como aconteciera en el año 2017 con el tomo segundo de la obra, también editado por el gobierno de La Pampa.
El nuevo Canto Quetral, en sus 322 páginas, despliega los poemas de seis libros (escritos y datados por el autor entre los años 1967 y 1969) titulados «Quetrales-Canto del añorante», «Estilos salidos de madre», «Estilos de Juan Salado, con un poema de piedra negra», «Papeles de Piedra Azul», «Cantos Nerecos» y «Agua enjuta, guitarra». Este es el último de la serie, fechado en 1969; sin embargo es el primero que se lee en la organización del libro así dispuesta por el mismo poeta; lo mismo ocurre con los otros dos volúmenes ya editados.
Se han dado explicaciones sobre esta disposición del material. Entre las más apropiadas se emplea una analogía con las capas geológicas que se van acumulando y amasando de tal forma que con la lectura del último poemario (el primero escrito cronológicamente) se pueda reflexionar sobre la génesis y evolución de la tarea artística.
Una vez más el trato con la heredera de la obra del poeta, su viuda Lidia Hernández, parece decidir ciertos rasgos de la edición, como haber pedido la inclusión de un prólogo de Cristian Aliaga (escritor, periodista, editor) y una serie de fotografías en color en uno de cuyos epígrafes los editores indican que a pedido de Hernández «recogimos estos testimonios de la salidas del poeta. Aquí el registro de una reunión en casa de Teresita [Poussif]», con lo que se le da al libro una aire de familiaridad en su hechura y de reconocimiento hacia ciertas personas que han ayudado, colaborado o cuidado al poeta durante su vida.
Este volumen III ha mejorado la calidad de la tapa que muestra una fotografía retrato del poeta pensativo, de mirada hacia abajo, lúcida, con cabello y barba canosos, prolijos, frescos, que componen una imagen serena y de meditación, obra del fotógrafo Rodrigo Pérez Bongiovanni. Si alguien se toma el trabajo de comparar esta tapa con la del volumen II en la que aparece Bustriazo en una imagen color algo borrosa, de medio cuerpo, con flores rojas (¿flores de madreselva?) saliendo del bolsillo de una camisa blanca, notará la diferencia de composición. De todos modos la edición tiene algunos descuidos como cierta tipografía comprimida, o que las notas del prólogo recién se incluyan al final del libro.
En el prólogo, especialmente escrito para la ocasión, Aliaga se ocupa en remarcar las idas y venidas con la edición de la obra y cómo su poesía fue revelándose a un círculo más amplio de lectores a partir de los ’90 con la difusión de su nombre a través de medios de comunicación extra provinciales.

«Elegías de la piedra…».
Lo interesante de este volumen III es que se puede seguir la ilación que lleva a uno de los libros que ha sido considerado como sobresaliente por quienes mejor conocen la obra inédita de Bustriazo. Se trata de Elegías de la piedra que canta, publicado en 1969 por un grupo conocido como «Alpataco» (una carpeta que contenía sueltos los diez poemas de la obra) sin que el propio autor lo supiera. Se lo considera el libro inicial de una nueva etapa en la producción de Bustriazo quien se aleja de un período rítmico y temático adherido al folclorismo de autor para ingresar -por así decirlo- a un ciclo de renovación en el que se emplea un acendrado uso de metáforas, de versos libres y de decidido abandono de ciertas normativas como las puntuaciones, las pausas y encabalgamientos de versos; o el estudiado empleo de recursos más primitivos, casi «infantiles» por sencillos, y por eso mismo tan cargados de emotividad directa, como la repetición melódica de palabras y los diminutivos, por ejemplo «y cuidarás las ovejitas verdes del monte paridoras oh / baladoras sus orillas hasta el confín de sus balidos» (Poema 8 de las Elegías…).
Y, por otro lado, este nuevo ciclo implicaría la profundización de un ‘dialecto’ propio afirmado en la descomposición de palabras con el fin de neologizarlas o derivarlas hacia una vuelta sonora y de dicción que recuerda el discurso llano, o paisano, para emparentarlo con los orígenes literarios de Bustriazo.
Beatriz Sarlo bautizó a los poetas de la revista Martín Fierro (publicada en Buenos Aires entre 1924 y 1927) como «criollismo de vanguardia». Parafraseando a la ensayista, podríamos decir que Bustriazo hace un «regionalismo de vanguardia», es decir que su poesía va asumiendo un estilo particular, un idiolecto, en línea con cincuenta años de experimentación poética argentina.
De este modo se puede leer «Agua enjuta, guitarra», fechada su redacción en 1969 y que gráficamente conserva la misma forma que «Elegías…» y también el trabajo sobre el ritmo tradicional del verso de ocho sílabas. En algunos de los poemas la experimentación llega a tal punto que el poeta intenta suprimir los nexos sintácticos, los enlaces gramaticales, los verbos activos, con el fin de que se manifieste más primigenia la semántica del texto. Por ejemplo en el Poema 4 se lee:
«Oh tajamar tan quietoso color de piedra de víbora tan lejazón por los montes piedra pellejo de víbora padre de los animales fosforeciente de víbora oh vaso verde qué dioses siesta piedrura de víbora agua tu sangre que suena… (etc.)». El epígrafe del poema señala el lugar de escritura y/o de inspiración: «Tajamar de Ceferino, Lihuel Calel». Estos epígrafes, en la mayoría de las oportunidades, sirven al lector para orientarse en el tema que motiva el poema.
Los otros poemarios del volumen, si bien no manifiestan tan abiertamente estas rupturas o ensayos lingüísticos, muestran de todas formas la inquietud por el uso de palabras derivadas y de metáforas que les sacan jugo a elementos referenciales del paisaje pampeano.

Autobiografismo.
Hay otros poemas que se enlazan con la biografía del poeta, al menos la que él mismo ha declarado, como cuando en alguna entrevista le preguntaron cómo se inició en la poesía: «No tengo presente cuándo empezó a interesarme la poesía. Sí recuerdo que yo era niño aún y apareció un anciano con un rollo de papeles escritos y le dijo a mi mamá que yo iba a ser poeta. ¡Y fui poeta! ¿Quién era ese anciano? No sé. Tiene que haber sido algún escritor, algún poeta» (Entrevista de Andrés Cursaro, en Herejía bermeja; Ediciones en Danza, 2008).
Con este antecedente, entonces, podremos dar un marco especial al primer poema de «Papeles de Piedra Azul» (1968):
… Me está tocando en el hombro
aquel don Juan de habla lerda
me está tocando en la sienes
porque aquel dulce linyera
o ángel venido de dónde
me puso el ala primera
me dio las piedras del canto
le puso nombre a mi lengua
oh misteriosos papeles
de aquel don Juan que iba tierra
que pasó tierra y me dijo
no sé qué signo o estrella
aquel don Juan de humo y barbas
libro de heridas y nieblas
aquel que andaba en fogones
que iba de estancia o tapera
juglar aquel soterrado
me está tocando en la pena
aquel venido de siglos
aparecido linyera…
(…)
Al final del poema se coloca la fecha 1937, año en el que seguramente se ancla el recuerdo del «ángel o linyera», cuando el poeta era apenas un niño de ocho años.

* Docentes e investigadores (UNLPam)