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Un regalo indomable

Viento, azar, capricho de los dioses, diosa Fortuna… Tantos nombres para un mismo concepto se explican por una preocupación profunda relacionada con aquello que no podemos dominar.

Gisela Colombo*

En la mitología griega hay varios personajes que se identifican con Eolo. Pero el más célebre de ellos es aquel que aparece en La Odisea como uno de los tantos anfitriones que dan cobijo y alimento al rey de Itaca, el héroe sagaz de la aventura. Odiseo se le ha dicho, pero el nombre al que lo asociamos habitualmente es Ulises.

En un momento de la travesía, Ulises llega a la tierra de Eolia y la hospitalidad del rey le ofrece un mes de paz y buena vida.

Al cumplirse el plazo que necesitan él y los tripulantes, notifican a Eolo de que partirán. Mientras las naves son puestas en condiciones para partir, Ulises se entrevista con él.

En esa reunión entre “príncipes” ocurre la entrega de un misterioso regalo. En efecto, Eolo le obsequia a Ulises un odre.

Cuando sus hombres vean aquella bolsa de cuero despertarán a una curiosidad inquietante. ¿Qué habrá dentro? ¿Qué arreglo habrá hecho nuestro líder con ese hombre, a espaldas nuestras?

Ninguno sabría entonces la verdad. Pero será la deslealtad con que se convencen entre sí lo que los alejará de la tierra añorada para la cual han hecho durante años todo tipo de esfuerzos. Desde soportar los embates troyanos, las epidemias y la ira de los dioses, los largos viajes por el Mediterráneo, siempre interrumpidos por las trampas de Poseidón, y toda clase de penurias transitaron ya.

El motivo inicial fue claro. Ulises había contribuido con su engaño del caballo de Troya a que los aqueos pudieran ingresar y destruir la ciudad. La muralla, que era infranqueable, había sido obra de Poseidón y Apolo. Su destrucción fue motivo de encono para el dios de los mares y desde entonces no hizo más que perseguir a Ulises y a sus marineros.

Algunas de sus herramientas infalibles en la venganza de Poseidón fueron los vientos y las tempestades. Cada vez que Ulises lograba acercarse a la posibilidad de llegar a Itaca, soplaban los vientos más inconvenientes y las naves quedaban ancladas en un sitio del océano o regresaban muchas millas hacia atrás.

Por eso, el generoso Eolo había pensado en un regalo como aquél: un odre en que encerró los vientos que no conducían a Itaca. Dejó fuera solamente a Céfiro que era el del Oeste y conducía directo hacia el reino. Eso equivalía a un favor inesperado que daría el éxito seguro para la travesía.

La curiosidad del gato.

Pero las perspicacias de la tripulación llevaron al error fatal, a lo que los griegos llamaban “hammarthía”. Los tripulantes se dejaron tentar por la desconfianza y abrieron el odre. Sin desearlo, liberaron todos los vientos que pronto compitieron con Céfiro y ganaron la partida. Unas horas después, Ulises y sus hombres aparecieron nuevamente en el palacio de Eolo. Y el rey, que era de lo más accesible, esta vez no los recibió. No quiso ni verlos. Esos hombres y esas naves debían estar malditos. ¿Acaso alguien puede malograr un auxilio como el que habían recibido? Estaban malditos. Nada bueno podían traer. Y el rey, Eolo, no sería quien favoreciera un periplo condenado desde el Olimpo. Eso quizá hasta le trajera a su pueblo y a sí mismo el destino funesto de esos hombres.

No fue la primera ni la última vez que los vientos fueron expresión de las bendiciones o maldiciones de los dioses. Viento, azar, capricho de los dioses, diosa Fortuna… Tantos nombres para un mismo concepto se explican por una preocupación profunda relacionada con aquello que no podemos dominar.  El mundo antiguo se enorgullecía especialmente de su dominio de los mares y de su pericia para la navegación. Pero había entendido también cuánto escapaba a su voluntad en esas aventuras. La suerte…

No hay cómo ir contra ese principio que escapa a nuestras manos y a nuestra inteligencia.

Cuando Eolo vio llegar de vuelta la nave en los días siguientes, se horrorizó. Tenían que estar malditos, si con semejante auxilio no habían llegado a casa. Y si él no los despreciaba, sería toda Eolia la que pagara la desobediencia.

Algunos vientos de hoy nos recuerdan lo mismo: un virus que viaja en las espiras del viento decide, como Poseidón, si vivimos o no. Aunque ciertos cuidados, cierta resignación a las condiciones incómodas a las que nos vemos obligados, quizá puedan esta vez hacer, como Eolo, la diferencia…

*Escritora

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“El generoso Eolo había pensado en un regalo como aquél: un odre en que encerró los vientos que no conducían a Itaca. Dejó fuera solamente a Céfiro, que conducía directo hacia el reino”.