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Un viaje de papel

En marzo de 2017 Amerindia editó un libro llamado «Viajeros del papel», una novela ficcional para enseñar la materia de Lengua y Literatura. El poeta Edgar Morisoli tuvo el buen gesto y humildad de prologar ese libro.
Gisela Colombo *
En marzo de 2017 Amerindia editó un libro llamado «Viajeros del papel», una novela ficcional para enseñar la materia de Lengua y Literatura. En aquella oportunidad, seguí la brújula de mi admiración y me atreví a enviarle el texto al enorme poeta Edgar Morisoli. Fue una osadía de mi parte. Pero la humildad con que lo recibió y lo leyó me hicieron pensar finalmente que no había nada que lamentar. Le pregunté si podría prologarlo y la respuesta fue un «Sí». Creo que recién entonces comprendí a quién se lo estaba pidiendo.
Días más tarde, Morisoli volvió a mostrar la disciplina rigurosa que se imponía en su labor intelectual, y me envió un texto maravilloso que retrata su propia relación con la tradición, con los clásicos, pero también la honda raíz entrelazada entre la literatura, la vida, la emoción y la memoria.
Con el formato de una carta, y enorme capacidad de síntesis, no se privó de hacer docencia, además de ocuparse del problema del empobrecimiento lingüístico de las nuevas generaciones. Hasta esbozó una hipótesis de sus causas.
Les contó a sus lectores la procedencia literaria del nombre de nuestra región, la Patagonia…
Lo que hizo, en el fondo, fue acercar a esos «viajeros del papel», a esos nuevos lectores, al reino infinito de los libros.
Cuando llegó el momento de presentar ante los jóvenes la novela, visitó un colegio y ofreció una charla variopinta tan agradable como las que solía dictar en cada una de sus apariciones públicas.
Su calidez hizo que los jóvenes se sintieran invitados a interrogarlo, con reverencia, sobre su vida y labor.
Afortunadamente, los méritos de su poesía han sido salvados del olvido por la palabra escrita.
Pero para que el viento no se lleve el recuerdo de un instante más de su vida, contémoslo.
No es menor tampoco este logro. Con los minutos fue ganándose la simpatía de uno de los públicos más difíciles de conquistar como es el de los adolescentes. Lo escucharon atentos, interesados.
Pero el entusiasmo llegó cuando una de las alumnas se atrevió a preguntar sobre un asunto que lo llevó directamente a Margarita. Nadie dudará sobre la autenticidad de sus palabras, tratándose de su esposa partida hacía tiempo. Lo que contó quizá lo haya referido ante otros auditorios. Recuerdo la presentación de uno de sus libros, donde los asistentes adultos se emocionaron visiblemente. Pero lo que sucedió con los jóvenes fue muy distinto.
El poeta fue relatando el modo en que Margarita y él se conocieron, se enamoraron y vivieron ese amor real hasta que la muerte de ella los separó…
Yo no esperé que la charla fuera hacia un lugar tan íntimo y conmovedor. Pero mucho menos imaginé la reacción de los chicos. Como si fuera el final feliz de una película, al llegar a la confesión de que todavía la amaba, se oyó una exclamación: «Ayyyyy», con inconfundible voz coral y femenina.
Evidentemente no era yo la única sorprendida con el artista íntegro, que no necesitó mostrar la fría objetividad del intelectual ni se sintió amenazado al desnudar abiertamente sus emociones.
Lo que dijo habrá llegado en forma de esperanza para muchos…
Pero juzgarán ustedes mismos, si su prólogo no consigue la misma proximidad con la literatura y con la vida que su confesión.

* Escritora y docente

«A los jóvenes viajeros»

A ustedes me dirijo, muchachas y muchachos que están en una edad de sueños y aventura (la misma de mi bisnieto mayor, Inti Manuel), y que al abrir este libro van a trasponer el umbral de otro mundo nuevo: el de la literatura.
A ustedes les digo que en esa edad de acuciantes preguntas, en que se viven los barruntos de los primeros amores, de incipientes noviazgos y se fundan los cimientos de perdurables amistades, todo viaje es un sueño y todo sueño es un viaje.
El que van a emprender tiene recodos inesperados, alternativas sorprendentes, fantasmas que asoman y desaparecen de súbito. Por empezar, ustedes van a iniciar este viaje desde La Pampa, cabecera septentrional de la Patagonia… ¿y qué quiere decir esa palabra, o mejor dicho, de dónde viene ese nombre? Pues viene de un libro de los que van a estudiar al aprender literatura, de un libro que está dentro de otro libro. ¿Es esto un trabalenguas, un rompecabezas? ¡No, de ninguna manera! Cuando lean «El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha» sabrán que su protagonista, Don Quijote, leía novelas de caballería, muy requeridas en épocas antiguas. Y bien, en una de ellas, llamada «Primaleón» (de la misma familia que el «Amadís de Gaula» que ustedes también verán), allí aparece el gigante o monstruo Patagón, y de esa palabra viene, nada menos, el nombre de ésta región austral de América, nuestra región en suma.
Quiero decir que ustedes, y yo, estamos inmersos en la literatura, acaso sin saberlo, desde la misma tierra que pisamos.
Las grandes obras de la literatura atrapan al lector, son interminables, porque se leen y releen una y otra vez a lo largo de la vida, en sus distintas edades, en sus sucesivas etapas, y en cada una de las lecturas nos entregan un mensaje nuevo. (Claro está que nosotros, los lectores, también vamos cambiando en el tiempo).
Pero esas grandes obras, llenas de secretos, de claves, de alusiones que se van descubriendo gradualmente, son interminables porque sus autores, los escritores y poetas que le dieron vida, fueron, fundamentalmente, grandes conocedores del corazón humano, de sus cumbres y sus abismos. Y a partir de ese conocimiento, se expresan a través de la palabra y en pos de la belleza.
Pero allí no termina la aventura, el viaje de papel. Porque si el escritor crea personajes, situaciones, hechos ficcionales con su escritura, ustedes los lectores, los recrean con la lectura, porque cada uno es distinto, cada uno realizará su propia percepción, su propia interpretación del texto leído, y a partir de allí atesorará su visión individual, diferenciada.
No todas serán iguales, aunque algunas puedan ser similares: sexo, edad, antecedentes de otras lecturas, gravitarán en ese perfil «privado» de cada lector que a su vez, como dijimos, será distinta a lo largo de su vida… si es que el texto lo seduce tanto, lo atrapa de tal modo, que motiva futuras relecturas.
Toda creación literaria, sea de autor o anónima, apegada a la realidad o remontada en las alas más audaces de la fantasía, en última instancia viene de la vida y a la vida retorna. ¿Cuántas veces alguno de ustedes no habrá oído hablar de una actitud «quijotesca», de un muchacho que es un «tenorio» o con intención ofensiva tratar a alguien de «celestina»? Los entes literarios se cruzan con nosotros por los caminos cotidianos, aún aquellos que parecen surgidos de un mundo onírico… porque todo sueño es un viaje de papel y viceversa.
La «yapa». Una ventaja más, e inesperada, de este andar y desandar la literatura, es que les permitirá remediar, en parte, un «problema de época», esto es, el empobrecimiento del habla, del vocabulario usual. Una confluencia de factores ha provocado ese fenómeno: la tecnología informática y comunicacional, el ritmo de vida actual (sobre todo la urbana), y los medios masivos de información que -sobre todo los visuales, dominantes en la actual «cultura de la imagen»-, se destacan negativamente por un lenguaje ya no pobre sino paupérrimo y chabacano.
Pero al hilo de la lectura irán incorporando, casi sin notarlo, nuevos vocablos, la sana costumbre de consultar el diccionario, y en suma una riqueza de expresión que es condición de legítimo humanismo.
Con mi cariño y mi deseo de conocerlos. Un abrazo de Edgar Morisoli.