Un trágico delirio de Barón

Fue la historia de amor y tragedia entre el play boy Raúl Barón Biza y la estrella del espectáculo Myriam Stefford. El estanciero, que llegó a tener campos en La Pampa, construiría para homenajear la memoria de su esposa un monumento descomunal en Córdoba.

En su última visita un científico amigo radicado desde hace años en California, decía que le había llamado la atención que en algunos lugares de aquel estado norteamericano se mantuviera todavía la expresión "Rico como un argentino". Esa locución, seguramente, se había originado en los años de oro de este país, cuando las familias estancieras y millonarias viajaban al extranjero llevando su propia vaca para tener leche fresca o sus alocados retoños daban pie a la expresión "tirar manteca al techo" en los cabarets de París.
A esa casta privilegiada y dispendiosa perteneció Raúl Barón Biza. Era rico tanto por vía materna como paterna y, a través de esta última, vinculado con La Pampa, ya que el pueblo Colonia Barón había sido fundado en tierras de su padre, Wilfrid, y en claro homenaje al mismo. Pero el interés de Raúl en estas tierras -si es que tuvo alguno- era muy superficial y orientado a los beneficios económicos que le permitían llevar una vida holgada en las capitales europeas de la primera posguerra. Salía, sin embargo, de los moldes del habitual tarambana rico: escribía novelas transgresoras (de fuerte contenido erótico para la época), introdujo la exploración sistemática del olivo en los negocios agropecuarios y comenzó a explotar minas de bismuto y wolframio. En su momento, en una actitud insólita para alguien de su clase social, había apoyado a Hipólito Irigoyen. Crónicas de la época y estudios posteriores permiten adjudicarle una personalidad propia de alguien alocado, tierno e imprevisible.

La estrellita y el play boy.
En esas andanzas, si puede llamárselas así, de lo que hoy llamaríamos un play boy conoció en Venecia durante los años de la primera posguerra a Myriam Stefford, una incipiente actriz austríaca cuyo verdadero nombre era Rosa Martha Rossi Hoffman, quien se convirtió en su amante y lo acompaño a Buenos Aires, donde fue un suceso social. Era mediado el año 1928, cuando la pareja llegó al puerto de Buenos Aires (por supuesto que en la primera clase del Cap d’Ancona, uno de los trasatlánticos de lujo de la época); "jóvenes, ricos y despreocupados, parecían los dueños del mundo. La necesidad de pompa de algunos periodistas hizo que la chica no fuera una ascendente estrellita de cine, sino baronesa, y una revista escribiría sobre ella: "Sólo los encantos de su belleza, la majestad de su porte, la delicadeza de sus líneas, recordaban su condición de aristócrata".

Alimentando la leyenda.
Mientras tanto, presagiando al escritor en que se transformaría, Barón Biza y su amante manejaban a discreción una historia que ellos mismos habían inventado. Habían hecho creer que el viaje a Buenos Aires era sólo una escala en el camino de la dama a Hollywood, donde debía firmar un multimillonario contrato para filmar una película: "En Europa se habla mucho de este país; se dice que Buenos Aires es la París de América. Vine sólo por tres semanas, lo justo para conocer una estancia, bailar unos tangos y tomar mis buenos mates, porque en United Artists me manifestaron el deseo de filmar una película sobre gauchos" -resaltan crónicas de la época–. Película que nunca se filmó. Mientras tanto la hermosa "baronesa" paseaba por Buenos Aires -colmo de la extravagancia- llevando con una trailla un leopardo amaestrado

Diamante y tragedia.
Regresados a Europa Myriam se convirtió en la esposa de Raúl Barón Biza, con un rumboso casamiento que tuvo lugar en agosto de 1930, realizado en la catedral de San Marcos, en Venecia. Como prenda de su amor Barón Biza le había regalado a la mujer un anillo que tenía engarzado el diamante Cruz del Sur, una gema valiosísima que venía precedida de una leyenda trágica.
Los primeros años de la pareja fueron idílicos, alimentados por el ocio y dinero de sobra sobrados con que contaban. El se alejó del alcohol y el vicio que habían caracterizado su juventud dorada en Europa; ella se interesó por la aviación, una actividad todavía incipiente y ajena a las mujeres, y obtuvo su brevet de piloto en tiempo record; el esposo le compró un avión moderno para la época, el Chingolo, destrozado en un accidente sin consecuencias y reemplazado por el Chingolo II. Con este último aparato creció la ambición de la joven piloto y se propuso un raid que por entonces tenía algo de hazañoso: unir por vuelo las hasta entonces catorce provincias argentinas. Al coimienzo el esposo la acompañó, pero cuando dejó de entusiasmarlo cedió su lugar de copiloto al alemán Luis Fuchs. El26 de agosto de 1931, dos días antes de cumplir un año de casados, la nave cayó en las cercanías de Marayes, un perdido pueblo en el desierto de la provincia de San Juan. Los tripulantes murieron en el acto.

La tumba.
Después de cuatro años sepultada en Buenos Aires Barón Biza hizo construir para su esposa en una de sus estancias un impresionante monumento funerario. Se trata de una estructura muy parecida a un ala de avión y que recuerda la forma en que murió la mujer, hueca, de 85 metros de altura (veinte metros más alta que el obelisco porteño), levantada a la vera de la ruta que une Córdoba con Alta Gracia. En la cripta, bajo el ataúd que contenía el cuerpo de Myriam Stefford y bajo una capa de hormigón de seis metros de espesor, con explosivos cebados, se dice que fue enterrado un tubo con las joyas de la mujer, entre ellas el anillo con el diamante Cruz del Sur. Aunque muchos pensaron que esto último era una baladronada acorde con el carácter de Barón Biza, décadas después una investigación oficial detectó la presencia efectiva de explosivos. Aunque en la lápida de mármol el viudo había hecho grabar la inscripción "Maldito sea el que profane esta tumba" los profanadores no se arredraron y la violaron varias veces en busca de las joyas; en esto fracasaron siempre ya que seis metros de hormigón no se remueven así nomás. Algunas versiones señalan que el cuerpo de Myriam Stefford fue robado, en tanto otras dicen que quedó a la vista de los ahora escasos visitantes del mausoleo. Para más algunos rumores insinuaban que, en fúnebre acuerdo con su dual manera de ser, Barón Biza enterró joyas falsas.

Un mito que languidece.
A casi ochenta años de inaugurado, sin parientes directos que se interesen por él ni una estructura turística que lo promueva y preserve, actualmente el monumento languidece y se deteriora. Diluida ya su leyenda trágica y romántica las paredes muestran el testimonio de los irreverentes de siempre. Solamente de vez en cuando algún periodista curioso evoca aquella extraña historia de amor, que en su época conmovió al país. En la distancia temporal tiene un cierto aire de incongruencia la placa que en su momento hiciera colocar el dolido esposo: "Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia, quiso llegar hasta las águilas".
Junto con el deterioro una precisión: durante mucho tiempo se creyó que la forma de este obelisco semejaba un ala de avión, en recuerdo de las circunstancias de la tragedia que le costó la vida a Myriam Stefford; sin embargo en algún momento, décadas atrás, Barón Biza se había ocupado en aclarar que la forma evocaba un jeroglífico egipcio que significa infinito.

Faustino Chico
COLABORADOR