Una cámara social

REPORTAJE A JOAQUÍN RODRÍGUEZ

Joaquín Rodríguez fue un fotoreportero nacido en La Pampa, tempranamente fallecido. Sus imágenes y por tanto su colección, que hoy preserva su hijo Jimmy, brinda testimonio con arte de acontecimientos culturales, sociales y políticos, desde los sesenta para acá.
Walter Cazenave – Allá por finales de la década de mil novecientos sesenta y comienzos de la siguiente campeaban en General Pico dos periódicos: el tradicional La Reforma, que se mantiene hasta hoy, y el original e iconoclasta Zona Norte, ya desaparecido, que fuera escuela de muchos escribas posteriores. Ciertamente que había entre ambos una rivalidad de fundamento político pero no es del caso referirla aquí, cuando lo que se pretende es rescatar un personaje que fuera memorable por varios aspectos.
Por esos días, que hoy aparecen tan lejanos en el tiempo y en la técnica para quienes los vivieron, los diarios pampeanos iban superando de a poco el localismo y expandiendo su visión hacia el resto de una provincia que tenía mucho de ignorada en sus aspectos físicos y humanos y, en parte, se nutría todavía de la tradición y la leyenda. Las hojas impresas aún respondían al armado por medio de las fantásticas linotipos y comenzaban a progresar notablemente con las ilustraciones a través del volcado de las imágenes a “clisés” grabados en metal, cuya imagen podía imprimirse. Estos artilugios reproducían fotografías y, para tomarlas -obviamente- debía haber fotógrafos.
Es con esa premisa, enmarcada en un toque de bohemia propio de esos tiempos, que aparece en mi recuerdo la imagen de Joaquín “El Petiso” Rodríguez. Emerge de los recovecos de la redacción y talleres de Zona Norte portando su por entonces novedosa y moderna cámara Yahica K.
En esos años, comenzaban a surgir las máquinas fotográficas japonesas, de sorprendente calidad y mucho más baratas que aquellas joyas alemanas, calificadas desde siempre, y esa máquina de Joaquín despertaba la admiración de muchos.
Fue con esa cámara -hoy tenida por obsoleta- que el autor de esta nota se adentró en los misterios que por entonces representaban diafragmas, velocidades y profundidades de campo… todo eso, claro está, con la paciencia y docencia de Joaquín quien, además, pasaba largas horas en el cuarto oscuro (una expresión hoy casi abandonada) entre los misterios del aquellos laboratorios plenos de ampliadoras, elementos químicos que generaban reveladores y fijadores, emergiendo con las copias en blanco y negro que tenían algo de maravilloso.

Multifacético.
Como todo fotógrafo periodístico Joaquín debía cubrir diversas facetas de la actualidad ciudadana, desde un desfile de modas hasta un accidente, pasando por los memorables domingos deportivos dinamizados por los clubes barriales. Pero también, dentro de su bohemia y múltiples enfoques de actividades, tenía el toque del instinto y el instante fugaz cuya captura a veces rozaba el genio. Recuerdo particularmente una toma lograda allá por los años sesenta a un sembrador, en cercanías del cementerio de General Pico; como los antiguos el hombre caminaba entre los surcos al tiempo que desde una bolsa que colgaba de su cuello tomaba la semilla a puñados y la arrojaba a granel mientras caminaba contra un fondo de atardecer. La fotografía semejaba una imagen sacada de siglos atrás. Por cierto que la originalidad de aquel primer plano era una toma indescriptible en el cabal sentido de la palabra y hubiera merecido premios en cualquier certamen fotográfico. El diario la publicó en su portada con un comentario muy elogioso, que destacaba tanto la singularidad de la imagen, tan irrepetible, como el oportunismo del fotógrafo. Joaquín -imperdonable rasgo de vida bohemia mediante-, perdió después el negativo.
En lo que hace a su faceta como cronista fotográfico deportivo tuvo también algunas tomas memorables. Personalmente, la que más recuerdo es una que seguramente también guardarán in mente algunos viejos hinchas de Costa Brava de General Pico. Medio siglo atrás jugaba en aquel club un moreno delantero venido desde Buenos Aires, Juan Carlos Pires, quien, al margen de ser un muy buen jugador, de esos que parecen acariciar la pelota cuando le pegan, tenía una virtud nunca vista por estos lares en un futbolista: cuando saltaba para cabecear un centro se elevaba por encima de las manos del arquero de turno y daba el frentazo, con gol casi seguro. Tan audaz afirmación queda corroborada por una notable fotografías de Joaquín donde se aprecia perfectamente el salto que supera a Naab, si no me equivoco por entonces arquero del equipo de Villa Mirasol.

Las PAM.
Pero también había en Joaquín rodríguez un fino sentido de la imagen secuencial, su validez y trascendencia. Prueba de ello es el libro “Participan a usted…” que en 1998 realizara en colaboración con Stella Maris Prado y les publicara la Secretaría de Cultura provincial.
Recopilan en esa obra imágenes de las tradicionales fotos de casamiento a través del tiempo, desde fines del 1800 hasta la década del cuarenta del siglo pasado; el análisis de esas fotografías permite una serie de inferencias tan variadas como interesantes en diversos aspectos.
Pero en la obra de un fotógrafo, como en la de cualquier artista plástico, lo esencial es verla y conocerla. De allí que en esta nota se publiquen muestras de distinta motivación que muestran la concepción y el instinto fotográfico como el oportunismo y la composición de la imagen, elementos todos que se ven potenciados al considerar que deben conjugarse en una fracción de segundo.
Seguramente de los centenares de tomas originales, la mayoría perdidas para siempre, hemos podido rescatar la que hemos dimos en llamar “La inocencia entre las PAM”, que es un ejemplo de lo dicho. Fue tomada durante un desfile militar allá por mediados de la década del sesenta del siglo pasado, en General Pico. En su composición pueden los uniformes, los borceguíes y, sobre todo, las antiguas pistolas ametralladoras (PAM) que usaban las fuerzas armadas por la década del sesenta, contrastando con la inocencia de la niña de pocos años que rompió la fila en procura de ver el desfile. No es exagerado decir que, a veces, en su concepción fotográfica entraba también un rasgo de poesía.
Joaquín incursionó también en la fotografía comercial, cubriendo muchas de los eventos que eran comunes por entonces: bailes de quince, reuniones familiares, cumpleaños infantiles o ingenuas fiestas populares de aquellas que ya se han perdido, caso de las fogatas de San Juan o las serenatas de fin de año, lo que motivaba que la vidriera de su negocio en la píquense calle 17 fuera muy visitada.
Después, con los años y el progreso vino la radicación en Santa Rosa y el trabajo fotográfico en La Arena, donde también dejó su sello personal en la captación y, sobre todo, significación y trascendencia de la imagen obtenida. El recuerdo de Joaquín “El petiso” Rodríguez y su particular manera de ser y fotografiar quedaron en el nutrido anecdotario del gremio.
Falleció el 25 de noviembre de 2003 a los 66 años.

Uno que no perdonaba
Son muchas las anécdotas que Joaquín Rodríguez gustaba referir, de las que a menudo era protagonista, y había una que lo pintaba en cuerpo y espíritu.
Eran los tiempos áureos del Turismo de Carretera y solía ser frecuente que Zona Norte enviara fotógrafo y cronista a cubrir el evento cuando se daba en alguna ciudad no demasiado lejana, y allá iban tripulando el Renault 4L que era propiedad del diario. En una de esas andanzas por el oeste de la provincia de Buenos Aires el cronista, que siempre iba tras de alguna falda, lo dejó varado a Joaquín durante todo un día en el que debió cumplir su tarea trasladándose a pie entre distintos lugares, lo que no era poca cosa dado el calor de la época del año. Cuando regresaron le recriminó el proceder al compañero, que le restó importancia al hecho, achacándolo a un gaje del oficio.
Joaquín no olvidaba. Cuando se dio un acontecimiento similar, específicamente en la ciudad de Trenque Lauquen, el mismo dúo marchó a cubrirlo. Aquel cronista, que amaba los motores y presumía alguna sapiencia al respecto, anduvo por los talleres entrevistando gente y, después, cubrió las alternativas de la competencia; Joaquín complementó el trabajo obedientemente pero cuando lo hubo completado, tomó el volante del 4L … y regresó a General Pico sin su compañero.
Hoy quizás el hecho aparecería como una broma más o menos pesada pero en aquel tiempo, de comunicaciones escasas y malos caminos, fue durísimo para el cronista, que tardó dos días en regresar. Cuando llegó entró a la redacción enfurecido, echándole en cara a Joaquín su insólita acción. Éste lo miró y le dijo con cierta delectación:
-Ah, ¿viste que feo es que te dejen de a pie y sin avisarte…?
La cosa no pasó a mayores porque intervinieron otros miembros de la redacción pero entre la ira y la dulce venganza los ánimos estuvieron muy, muy caldeados.

Broma de redacción
El ámbito de las redacciones periodísticas siempre ha sido propicio a una cierta bohemia y buen humor y de ello dan fe incontables sucedidos. Joaquín, como todos nosotros, las protagonizaba y compartía, generando risas y situaciones que hoy se han perdido en su mayoría.
Recuerdo una anécdota en especial, cuando junto con otro integrante de la redacción tuvo la paciencia de levantar uno a uno los tipos de la radioteletipo -or entonces novísimo aparato en la comunicación periodística que había causado sensación en los piquenses- fraguar un cable cuya índole aterrorizó al secretario de redacción, Juan Carlos Martínez, quien -con razón- creyó que era verdadero.
Después, claro, las risas fueron tan grandes como las recriminaciones.

* Geógrafo e investigador