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Vestigios del pasado

Espacios que solo parecen paisajes al lado de los caminos guardan huellas con historia. Es el caso de la Loma del Guanaco a la que se refiere el autor de este artículo, quien desde el nombre, reconstruye la trama posible.
Dr. Walter Cazenave *
Quienes hace medio siglo o un poco más hayan recorrido el tramo de ruta 35 que media entre Santa Rosa y Eduardo Castex (años previos a la pavimentación), acaso recuerden algunos sitios emblemáticos por sus condiciones de transitabilidad; estaban, por ejemplo, la curva y laguna de Peinetti que, cuando las lluvias grandes o considerables, constituían un desafío, especialmente para los camiones de la época.
Sin embargo, el sumun de la dificultad para el tránsito quedaba a pocos kilómetros del breve segmento de asfalto previo a la entrada a Santa Rosa: en el ambiente se conocía el lugar como Loma del Guanaco. Su condición topográfica estaba inscripta en el nombre: una considerable pendiente de alrededor de un kilómetro que obligaba a «primerear» cualquier camión hasta coronar la elevación. En el ínterin, un suelo de tosca que -salvo las ocasiones en las que Vialidad Nacional lo repasaba, y no eran muchas- resultaba una continuidad de pozos de distinta profundidad que, producidos por la lluvia y/o el viento, obligaban al avance lento y cuidadoso. La temida ruptura de un palier iba secretamente en el pensamiento de cualquier conductor de un vehículo pesado.

El topónimo.
Hasta aquí se justifica parte del nombre pero, ¿por qué ese «Del Guanaco»? La referencia a un animal que desde hacía al menos setenta u ochenta años no se veía por esas pampas no era más que la traducción de Luan Lauquén, o sea Laguna del Guanaco, un topónimo muy antiguo del que ya hay referencias en la época de la Colonia. Luan Lauquén había sido lugar de reunión de indios y/o cristianos y era un punto estratégico en la ruta de la que nos ocuparemos más adelante.
Así lo atestiguaba un monolito conmemorativo del acampe en el sitio de una parte de las tropas participantes en la llamada Conquista del Desierto, y sesenta años antes -a estar por los libros de historia- hasta allí se había llegado Feliciano Chiclana para celebrar un parlamento con los indios. En una etapa muy anterior todavía, 1806, el gran viajero chileno Luis de la Cruz hizo etapa en el sitio cuando su recorrido, relevando un camino entre Chile y Buenos Aires.
Como se advierte un lugar «transitado» para las pautas de la época, teniendo en cuenta solamente los documentos que dan cuenta de esa condición. Precisamente por eso, cincuenta años atrás, durante la gestión del profesor Fernando Aráoz en la Dirección de Turismo provincial, en el sitio de colocó un indicador señalando que el camino comentado -nomás una aparente zanja- era la marca de una rastrillada indígena. Pero, como se advierte, fue mucho más de lo que aparenta.

El almacén.
Un detalle significativo del lugar es que a metros de la loma se alzaba el almacén El Guanaco (ver recuadro), parada casi obligada en tiempos de malos caminos y del cual todavía se advierten las ruinas entre el yuyaral, junto a la ruta. El Guanaco fue uno de los tantos boliches rurales que caracterizaron la parte oriental de La Pampa en tiempos en que el automotor no estaba muy difundido. Muchos de los antiguos paraderos indígenas, caso del que comentamos o también Calchahue o Bajo de la Pala (todos en la zona), se trasformaron en almacenes de campaña capaces de atender mínimamente las necesidades de los pobladores en aquella época de aislamiento.
Volviendo a la antigua ruta o rastrillada, profundizar sobre su traza y función, causa sorpresa a cualquier estudioso de la historia o de la geografía regional. No parece exagerado decir que ese camino se remonta a la prehistoria y su antigüedad acaso pueda medirse en miles de años. En su lento avance en una y otra dirección, sirvió al hombre primitivo americano para traspasar la cordillera por sus pasos bajos y unir los dos océanos. La hazaña -que debió llevar siglos- está testimoniada en los grandes paraderos que se advierten todavía hoy en las aguadas que jalonan el camino. Por provenir del occidente durante la colonia se lo llamó Camino de Chilenos, lo mismo que a la otra gran rastrillada que pasaba por Salinas Grandes. El que consideramos aquí era llamado también De las Víboras y, como dijimos, en algún momento fue pensado como base para unir el Río de la Plata con la costa Chilena; el viaje de don Luis de la Cruz, en 1806, fue una prueba cabal de ello.
Parte de la traza todavía sobre imágenes de satélite todavía es visible al ojo entrenado.
A través de lo dicho, sí que sucintamente, el lector podrá apreciar cómo en un sitio relegado, olvidado podríamos decir, late la historia con una singularidad que acaso convendría tener más en cuenta, siquiera como aporte a lo que llamamos pampeanidad.

* Colaborador