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El amor de Petrarca

Redaccion Avances 23/08/2026 - 15.00.hs

Francesco Petrarca llegó con su poesía amorosa luego de la Escuela Siciliana y del Dolce Stil Novo.

 

Fueron sus poemas en lengua vulgar, reunidos en el Cancionero, los que transformaron para siempre la tradición lírica europea.

 

Gisela Colombo *

 

Después de la Escuela Siciliana y del Dolce Stil Novo, la poesía amorosa encontró en Francesco Petrarca una voz más íntima, contradictoria y moderna.

 

Nacido en 1304, Petrarca escribió en latín buena parte de la obra con la que esperaba alcanzar la fama. Sin embargo,

 

En el centro de esos textos aparece Laura, la mujer a la que, según el poeta, vio por primera vez el 6 de abril de 1327 en una iglesia de Aviñón. Poco importa cuánto haya en ella de figura histórica y cuánto de construcción literaria. Laura es, sobre todo, el nombre de una ausencia.

 

Petrarca no cuenta una historia de amor en sentido convencional. Cuenta la persistencia de un sentimiento, sus regresos, sus engaños y su capacidad para sobrevivir al tiempo.

 

Uno de sus sonetos más conocidos comienza:

 

 

Pace non trovo, e non ho da far guerra;

 

e temo, e spero; ed ardo, e son un ghiaccio”.

 

 

No encuentro paz y tampoco puedo hacer la guerra; temo y espero, ardo y soy hielo.

 

La fuerza de esos versos está en la contradicción. El enamorado no logra ordenar lo que siente porque el amor es, al mismo tiempo, deseo y culpa, esperanza y derrota, placer y sufrimiento.

 

A diferencia de los poetas del Dolce Stil Novo, Petrarca no presenta a la mujer únicamente como una figura capaz de elevar espiritualmente al amante. Laura también lo divide. Su belleza lo atrae hacia el mundo, mientras su conciencia religiosa le recuerda la fugacidad de todo deseo humano.

 

Esa lucha convierte al Cancionero en algo más que una colección de poemas amorosos. Es la historia de una conciencia que se observa a sí misma.

 

Petrarca corrige, recuerda, se arrepiente y vuelve a desear. Cada poema parece escrito desde un presente distinto. El amor cambia porque cambia quien lo recuerda.

 

Allí reside una de sus mayores novedades. Laura importa, pero también importa el paso del tiempo sobre Laura. El poeta no solo canta a la mujer amada: registra la distancia entre el hombre que fue y el hombre que intenta comprenderlo.

 

Después de la muerte de Laura, ocurrida durante la peste de 1348, la memoria ocupa todavía más espacio. La amada se vuelve inaccesible, pero también más poderosa. Ya no pertenece al mundo cotidiano: pertenece al recuerdo.

 

El Cancionero construye así una de las grandes paradojas de la poesía occidental. La pérdida destruye la presencia, pero garantiza su permanencia en las palabras.

 

La influencia de Petrarca fue inmensa. Durante siglos, poetas de Italia, España, Francia, Inglaterra y Portugal imitaron sus imágenes, sus contradicciones y la forma musical de sus sonetos. De esa herencia nació el petrarquismo.

 

 

Pero su verdadero legado no está solamente en una técnica. Está en haber comprendido que el amor nunca llega solo. Trae consigo la memoria, el tiempo, la culpa y la conciencia de que todo lo amado puede perderse.

 

Petrarca convirtió esa fragilidad en forma poética.

 

Desde entonces, escribir sobre el amor también significa escribir sobre aquello que el tiempo hace con nosotros.

 

* Docente y escritora

 

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