domingo, 20 septiembre 2020
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Una vez más, Carl Sagan tenía razón

UNA VEZ MAS, CARL SAGAN TENIA RAZON

El mundo científico está sorprendido, y no es para menos. Mientras las potencias tecnológicas invierten millones de dólares para desarrollar la tecnología con la cual detectar evidencias de vida fuera de nuestro Sistema Solar, las señales estaban más cerca de lo esperado, en Venus, el «gemelo infernal de la Tierra». Ahora, en cuestión de horas, son muchos los científicos que dicen «hay que volver a Venus», un planeta que la Humanidad no visita desde hace 35 años.
Científicos europeos y estadounidenses aseguran que han encontrado posibles indicios de vida en Venus, el planeta más cercano a la Tierra. «Este mundo es un viejo conocido de los terrícolas que, sin embargo, llevamos décadas sin visitar, pues no teníamos esperanzas de encontrar allí nada vivo», reflexionó el diario español El País al dar cuenta de la novedad. El hallazgo es aún preliminar y necesita ser confirmado, pero sus autores aseguran que una de las explicaciones más plausibles para sus observaciones es que haya vida en este planeta.
«Venus es el gemelo infernal de la Tierra. Si un humano pudiese pisar su superficie vería todo de color anaranjado, el cielo muy bajo y neblinoso y moriría al instante», recordó El País. Las similitudes son enormes excepto en un aspecto clave: su atmósfera está hecha de gases tóxicos que generan un calentamiento global desbocado, que calienta su superficie a más de 400 grados, suficiente para fundir plomo.
La densidad de la atmósfera venusina produce que la presión a nivel de su superficie sea la misma que en nuestro planeta hay a 1.600 metros de profundidad en el mar. Presión insoportable y calor infernal descartaban la posibilidad de que allí hubiera alguna forma de vida, aunque fuera la más primitiva. Por lo menos, a nivel de su superficie, rocosa como la de la Tierra.

En las alturas.
La situación es muy distinta en las capas altas de la atmósfera venusina, donde la presión y la temperatura son los que se esperaría para el desarrollo de alguna actividad microbiana. A 50 kilómetros de la superficie, 50 la temperatura es de algo más de 20 grados y la presión muy similar a la de la Tierra.
El País recordó que uno de los primeros en proponer que podría haber vida en las nubes de este planeta fue el científico y divulgador Carl Sagan, que en 1967 publicó un estudio en Nature especulando que podría haber seres macroscópicos del tamaño de pelotas de ping-pong; una especie de medusas flotantes en la atmósfera especializadas en vivir entre gases tóxicos.
Más de medio siglo después, un equipo de astrónomos de EE UU y Europa anuncian que han detectado «fosfina» -fosfano por su nombre oficial- en la alta atmósfera del planeta. La fosfina es un derivado fétido y tóxico del fósforo. Se ha usado como arma química, como insecticida y es un residuo de la producción de metanfetamina, una droga. En el intestino de los seres humanos existen bacterias productoras de fosfina.
La fosfina, como la mayoría de los gases, se puede producir a través de reacciones químicas que no necesitan de ninguna forma de vida, como también a partir de reacciones bioquímicas. En planetas como Júpiter y Saturno se conoce desde hace años la presencia de este gas a partir de un proceso ajeno a la presencia de vida. En la Tierra su fuente principal se asocia a microbios que viven en entornos donde no hay oxígeno, incluido el fondo de algunos lagos, las aguas fecales y el intestino de animales, incluidos los humanos.

Una débil señal.
En el estudio publicado el lunes en Nature Astronomy, la astrónoma de la Universidad de Cardiff, Jave Greaves, y su equipo señalan que la cantidad de fosfina en Venus es 10.000 veces más alta que la que podría producirse por métodos no biológicos. Los autores han hecho una simulación de procesos que podrían producir fosfina en Venus sin necesidad de microbios venusianos, entre ellos el impacto de relámpagos, la fricción tectónica, la caída de meteoritos. Ninguno, dicen, es ni de lejos igual de posible que la presencia de microbios en las nubes de Venus que estén produciendo este gas.
Según repasó El País, la primera evidencia de la presencia de este compuesto se captó en 2018 usando el telescopio James Clerk Maxwell, situado más de 4.000 metros de altura sobre un volcán en Mauna Kea, en Hawaii. Es un telescopio de radio que capta las ondas que emiten los compuestos químicos a medida que giran en torno a un planeta. En este caso la detección de fosfina no fue concluyente. Un año después los astrónomos usaron ALMA, otro radiotelescopio situado en las alturas del desierto de Atacama de Chile, mucho más potente. La señal de fosfina fue mucho más clara pero se captó solo una de las líneas de emisión de radiación de las muchas que puede emitir este compuesto, exactamente la que tiene una onda con una longitud de 1,1 milímetros.
Jane Greaves tuvo la idea de buscar fosfina en Venus de forma independiente en 2016. Cuando su equipo encontró la primera señal en 2017 contactó con Clara Sousa-Silva, astrónoma del Instituto Tecnológico de Massachusetts que había centrado su tesis en la detección de fosfina como biomarcador. El reto ahora es hallar más pruebas de su presencia en Venus. «Hay otras dos líneas (espectrales) que se podrían captar desde la Tierra, pero parece que no son capaces de atravesar la atmósfera terrestre», indicó. Para verlas haría falta un telescopio espacial., es decir, un telescopio que esté en órbita y no sufra el «filtro» de la atmósfera terrestre.
El equipo tenía proyectos de confirmar estas observaciones con telescopios infrarrojos, uno en Hawai y otro montado a bordo de un Boeing 747 de la NASA. La logística y los permisos están, pero la pandemia de Covid-19 ha impedido concretar las observaciones.
«No encontramos ninguna explicación alternativa a la presencia de este compuesto en Venus y necesitamos que la comunidad científica analice nuestros datos y nos demuestre que es posible generar fosfina sin la necesidad de que lo hagan microbios», planteó Sousa-Silva.
El estudio publicado en Nature Astronomy había sido rechazado por Science, probablemente porque sus revisores no vieron suficientes pruebas para sustentar la hipótesis.