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Cuando Tusam llenaba el teatro Español

En cada uno de nosotros deben persistir seguramente vivencias de otros tiempos. Esas que se nos aparecen en la memoria repetidamente, porque están vinculadas a las entrañables épocas de purretes cuando todavía no nos abrumaban las circunstancias, y obligaciones a que nos expone la adultez. Tiempos en que las preocupaciones eran escasas -o si las había más de una vez las eludíamos-, era cuando ni siquiera imaginábamos los desasosiegos de la vida que, inevitablemente, también habrían de llegar.
Era lindo andar la Santa Rosa de antaño, cuando no existían en las calles ni el peligro de la droga; y tampoco el de la inseguridad. Sí, la ciudad no era esta de 120 mil habitantes o más, y los riesgos de andar de chiquilines por allí eran poco menos que inexistentes.
Eran buenos momentos para ir al cine cualquier noche, de salir a comer una porción de pizza (sólo Pizzería Carlitos, en la calle Gil las ofrecía), o marchar las calles solitarias de las madrugadas con una suerte de bohemia -sin saber que era bohemia- con una despreocupación que a la distancia ponderamos de un modo muy distinto. Porque sí, es verdad, hubo un tiempo que fue hermoso.
Hace algunos días, en una charla con amigos, nos acordábamos de una pequeña anécdota relacionada con un personaje muy determinado, que no fue otro que el gran ilusionista Tusam. Y que no se trata del joven que podemos ver ahora mismo en televisión, sino precisamente su padre. El Tusam original, podríamos definirlo.
En antiguas noches en el Teatro Español -no sé siquiera si había en esa época Dirección de Cultura municipal- se organizaban concursos de tango o folklore con cantores locales que llevaban cientos de espectadores a sus butacas. Y además cada tanto se producía la presentación de algún gran artista que venía desde Capital Federal. Los miércoles y sábados, el Teatro se convertía en sala donde se exhibían películas y era la alternativa al antiguo Cine Marconi. ¿Por qué? porque el Español sólo ponía en escena filmes con artistas argentinos. Es decir que se veía sobre todo cine nacional. Y cada tanto, como quedó dicho, algún gran espectáculo, distinto a lo habitual.

El magnífico Tusam.
En la memoria de quienes estábamos aquella noche de invierno en el Teatro Español quedó para siempre la actuación -extraordinaria- del magnífico Tusam.
¿Quién era Tusam? Para nosotros, chiquilines que por supuesto, no accedíamos en esas épocas a internet, ni a redes sociales, ni a YouTube ni a toda la parafernalia de información que hoy todos tenemos a mano, era una suerte de Mandrake. Claro que sí.
Obviamente no faltarán los que pregunten quién era Mandrake, aunque los que ahora somos mayores lo sabemos perfectamente. «Mandrake el mago» era un cómic creado por Lee Flak, también autor de «El Fantasma». Un personaje que aparecía en revistas de los años ’60 -y un poco más aquí-, y se caracterizaba por vestir capa negra y roja, frac y galera. Llevaba adelante una cruzada contra el mal y los malandrines, utilizando para eso su capacidad hipnótica y el ilusionismo. Los criminales -ante la magia de Mandrake- veían transformarse sus armas en escarbadientes, o en una inocente cuchara.
Tusam se debe haber inspirado tal vez en la figura de Mandrake, porque como el personaje del comic lucía un fino bigotito que le daba un aspecto muy especial, conformando toda su figura en un algo misterioso y ciertamente prodigioso. Tusam si bien era conocido en Buenos Aires por sus presentaciones televisivas, para los santarroseños resultaba apenas ese ilusionista que había aparecido en algunas revistas de esos tiempos, como Radiolandia, Antena u otras parecidas. Por aquí todavía no había entonces ni noticias de la televisión.
Particularmente lo recuerdo muy bien porque Tusam, cuando llegaba a Santa Rosa para actuar, ponía algún aviso en los diarios La Arena o La Capital; y además pegaba carteles en árboles y columnas de la ciudad.

Anuncios en los árboles.
Me parece verlo estacionar su Rambler Classic frente a «Imprenta Vega» -la de mi padre- en la entonces calle 15 aún sin asfaltar (hoy calle Jujuy), para que se le imprimieran allí una determinada cantidad de anuncios -carteles- que después habría de diseminar en distintos lugares de Santa Rosa. Que ese era el modo de publicitar su presencia por aquí.
En el auto, mientras Tusam encargaba el trabajo que debía hacer mi padre, permanecía una enigmática y hermosa mujer. Una dama que no era otra que Sulma (así, con «s»), su esposa y partenaire en el espectáculo.

Control mental.
El mentalista hacía demostraciones en teatros y programas de televisión, y maravillaba a los espectadores mientras por su boca hacía ingresar cables y lámparas fluorescentes que le habrían de iluminar el estómago por dentro. También llevaba adelante un acto de hipnotismo con personas a las que colocaba como si fueran una madera sobre caballetes; o doblaba llaves; y por si hacía falta algo más sugestionaba animales, masticaba vidrios y podría introducir un sable en su boca para que le recorra el esófago. Él decía que se podía hacer con el ejercicio de control mental. Asistir a su espectáculo era realmente acceder a un show nunca visto por aquí.
En realidad el hombre se llamaba Juan José del Pozo, y había adoptado el nombre de Tusam (un acrónimo de las palabras técnica, unción, sabiduría, amor y mística).
Fue en 1966 que apareció por primera vez en televisión, en el programa Sábados Continuados donde batió un récord de permanencia bajo el agua, sin respirar. Después tendría su propio programa, reemplazando a Horangel en «Los doce del signo».
Sulma era en realidad María del Carmen Calandra, con quien tuvo a su hijo Leonardo (hoy sigue el camino de su padre).

Esa noche.
Aquella noche a que me estoy refiriendo ocupábamos -con algún amigo- una de las butacas del teatro, y todavía puedo recordar la voz inconfundible de Tusam dirigida a una persona que acaba de hipnotizar: «»¡Tu puedes!», «¡Duro!», «¡No hay dolor», o el más susurrado: «¡Puede fallar!». Y realmente -más allá de la espectacularidad de algunos trucos y maniobras (no todas eran engañifas)- hay que decir que nos hizo vivir en esa función momentos hilarantes, de esos que hacen que toda una platea ría a carcajadas.
Es que allí arriba del escenario, algunos osados aceptaron ser hipnotizados y sentados cada uno en una silla obedecían fielmente las órdenes del «mago». Algunos tocaban dormidos un instrumento que por supuesto no tenían en sus manos, o creían que iban a bordo de un avión que pasaba por las zonas más frías del planeta, o las más cálidas, o peleaban contra una tribu de indios. Lo cierto es que vivían una aventura imaginaria -sin darse cuenta-, y divertían a un público que moría de risa en la sala.
Tusam sabía aclarar con énfasis que él no tenía poderes, ni creía en ellos. Explicaba que hacía dominio orgánico, que era una predisposición natural que poseía: «Tengo tacto en los órganos como tenemos tacto normalmente en las yemas de los dedos. No hago pruebas de sacrificio sino de dominio orgánico», reafirmaba. Murió hace ya varios años, pero muchos deben recordar cuando llegaba a La Pampa para presentarse en distintos círculos. A su manera, fue un grande de la escena.

Hipnotizado y en calzoncillos.
Era una fría noche de invierno promediando los años ’60 cuando Tusam se presentó en Santa Rosa. El Teatro Español lucía repleto, porque la fama del ilusionista era incipiente. Entre el público había muchos jóvenes y adolescentes. Entre ellos tres que se ubicaron en lo que se denominaba «el gallinero», esto es la parte alta de la platea, en el piso superior.
Juan Carlos «Chorizo» Domínguez es un conocido vecino de la ciudad -comerciante- quien de buen gusto acepta recordar aquel momento: «Eran tiempos en que teníamos 14 ó 15 años, y andábamos en unas motos, unas ‘Pumitas’ de aquí para allá… hacía mucho frío, así que nos vestíamos de la manera más abrigada que podíamos», cuenta ahora.
«Ese día vimos que se presentaba Tusam en el Español y dijimos: ahí vamos. Me acuerdo que el Teatro estaba lleno, en un momento pidió si algunos del público nos animábamos a subir y arrancamos. ‘Bocha’ Calcavecchia, Miguel Flores, yo y otro grupo. Como iba adelante subí, pero los otros dos vagos amigos se quedaron abajo y me abandonaron», rememora.
Lo cierto es que había una docena de muchachos sobre el tablado, pero después de algunas palabras que les dirigió Tusam les pidió a cuatro o cinco que se bajaran.
Entre los que quedaron estaba Domínguez, y también Huguito Paghouapé. Aquel contó que «yo medio me entregué y me durmió… de muchas cosas por supuesto no me acuerdo», sonríe.
Lo cierto es que Tusam -entre otras cosas- les hizo imaginar que emprendían un viaje en avión: «¡Ajústense los cinturones!», ordenó, y la media docena de partenaires hizo el gesto de ajustarlos a sus cinturas. Después «empezó» el vuelo: «¡Ahora estamos a punto de chocar una montaña!», seguía el ilusionista, y los «pasajeros» se aferraban desesperadamente con todas sus fuerzas a las sillas. Enseguida el «vuelo» era por el Polo Antártico, y el frío congelaba a los muchachos: causaba mucha gracia cómo se acurrucaban para soportarlo mejor, pero la escena cúlmine fue cuando el «vuelo» se trasladó a la zona del Ecuador: «¡Es terrible el calor, insoportable!», decía el mago. Los jóvenes empezaron a sacarse las ropas y quedaron semidesnudos. Las risas estallaban en la sala.
Pero Tusam había advertido «algo más», contó Domínguez por estas horas: «Sabés que en un momento dado me bajé el pantalón porque sentía un calor terrible y… de pronto me desperté para pasar una vergüenza como nunca en mi vida: me había puesto calzoncillos largos para andar en moto y así me mostré ante el público. Se tirabaN al piso para reírse y yo rojo de vergüenza», dice y parece estar reviviendo el momento. «Nunca más me subí a un escenario con un ilusionista. Y no lo volvería a hacer», cerró. (M.V.)