Inicio Culturales "Dejamos hasta la piel"

«Dejamos hasta la piel»

El 9 de julio de 1990 fue creado el «Ballet Folklórico Nacional» como un organismo oficial, con su elenco, sus técnicos, asistentes, y la dirección de dos leyendas, Santiago Ayala, el «Chúcaro», y Norma Viola. Esta semana se cumplieron 30 años de aquel día memorable. En ese primer elenco, del que participaron bailarines de todo el país, La Pampa estuvo representada por Alba Marín y Pablo Ruggieri -que se hizo pampeano por adopción-.

«Treinta años de ese día… qué susto tan grande, una responsabilidad tan pesada… una felicidad tan inmensa…», posteó en sus redes sociales Alba Marín, recordando aquella primera Gala del Ballet Folklórico Nacional en el Teatro Colón.

«En un mes de ensayo, se ensambló una función en el Colón… ‘a huevo y ovario’, con mil limitaciones» señaló, y agregó: «Titi y Roberto enseñándonos las coreografías, Nidya (Viola, hermana de Norma) conteniendo, Norma y el Maestro (Santiago Ayala) pidiendo sacrificio… Cómo decirles que no? Dejamos hasta la piel, bailamos con cuerpo, alma y cabeza… con nuestra historia y nuestro porvenir… por ellos, que eran los únicos que veían más lejos».

«Vivir de lo que amaba».

«Ese día, con 23 años, supe que era posible vivir de lo que amaba y amo… ese día empezó mi carrera profesional y la de muchos de mis compañeros y compañeras… El agradecimiento más grande es al maestro Santiago Ayala ‘El Chúcaro’ que me hizo sentir que si no me presentaba a la audición lo estaba traicionando. Entonces fui, pasé una, otra y otra… y quedé», señaló Alba recordando aquel momento.

«Gracias a Norma que fue la persona que más me ha retado en mi vida, me templó y me hizo aguantadora como sábana de abajo… Y un enorme agradecimiento a mis compañeros y compañeras… con quienes aprendí a crecer sin pisotear, a respetar a las y los más grandes, a confiar en el trabajo, y aprendí a disfrutar, a trabajar muchísimo sin dejar de reír y celebrar… Gracias y feliz cumpleaños Ballet Folklórico Nacional, por la historia, por el presente y por el futuro», señaló.

«Yo no quería ir».

En ese momento, Pablo estaba recién recibido de Profesor Nacional de Danzas Nativas y Folklore, en la vieja Escuela Nacional de Danzas, y trabajaba allí de preceptor. «Una profesora me insistió durante dos horas para que me presentara a la audición que se realizaba al otro día. Yo no quería ir, sostenía que eso estaba todo arreglado, que a mí no me conocía nadie», rememoró.

«Ella me enseñó algo ese día que llevo como estandarte, me dijo ‘no prejuzgue, usted vaya, haga la audición, y si comprueba que es una estafa, denúncielo’. Me dejó sin palabras y al otro día estaba rindiendo. Sorprendentemente, al finalizar la jornada, estaba en la última ronda de selección».

El «Número 22».

«De 4.000 bailarines, quedábamos unos pocos. Bajamos del escenario y leyeron los resultados, decían los números de los que seguían. ‘Numero 22’ pronunciaron, y los que estaban al lado me empezaron a felicitar, yo ni sabía que ese era el número que llevaba pegado en la remera», señaló Pablo en diálogo con LA ARENA.

Luego de esa jornada de audición «pasó un mes y ni noticias. Regreso el 1º de junio, del trabajo a la casa de mis viejos, y mi mamá me esperaba a la una de la mañana sentada en la mesa», recordó Pablo como si hubiese ocurrido ayer. «Mañana te tenés que presentar en el Teatro de la Ribera», fueron las palabras de su madre. «Habían llamado, ahí se me aflojaron las piernas, era cierto. En el primer encuentro nos sentaron y nos dijeron ‘en un mes debutamos en el Teatro Colón’ y fue un tiempo de ensayos maratónicos. Jornadas de 8 horas, Sábados y domingos incluidos».

Nació una historia.

Pablo recuerda que en ese mes previo al debut, «ensayábamos por separado varones y mujeres, con Alba nos conocimos unos días antes de la función, nos tocó compartir parte de la coreografía del Pericón en esa función», y les tocaría compartir el resto de sus vidas.
«Llegó el día del debut, parados entre las patas del Teatro, subió el telón, el sonido no terminaba nunca, el escenario era también interminable, cada desplazamiento te dejaba sin aire y teníamos muchos, sobre todo en la marcha (Avenida de las Camelias)», recordó Pablo, y agregó, «iniciábamos la función con ‘Amanecer Salteño’, les tocó romper el hielo a las chicas, salieron con las campanas, luego la marcha, la cueca y el malambo de ‘Las Pencas’. Yo nunca había hecho una pirueta y la del final fue la más larga del mundo». Ese día comenzó para los bailarines su carrera profesional, «y el camino que me trajo a La Pampa cuatro años después, a conformar una familia y un proyecto artístico propio, El Salitral», concluyó Pablo Ruggieri.