Divididos canta los 30

“Con los tiempos que corren…que ustedes vengan hasta acá y que nosotros vengamos hasta acá, es un acto de amor. Se los tengo que reconocer”, dijo Ricardo Mollo con una sonrisa ante un público que acaba de recibir la primera trompada a la mandíbula con Qué tal, La rubia tarada y Paisano de Hurlingham, tres gemas de las muchas de esa banda que, justo en Santa Rosa, dio el primer paso de la gira con la que Divididos celebra 30 años de trayectoria.
Y justamente es en Mollo donde mejor se traduce la vigencia de un grupo inoxidable, que regala lo mejor de la tradición del rock nacional y que puso al gimnasio del club Estudiantes bajo una catarata de música con dosis repartidas de virtuosismo, polenta y sutileza rockera; una locomotora que suena maciza y se da todos los gustos gracias a tres músicos que disfrutan lo que hacen y están más allá de modas o poses. Tocan y listo.
A las 21.30 el escenario quedó bajo una luz azul y el himno nacional sorprendió a las casi 1.500 personas que llenaron el gimnasio. La previa se había calentado con el ya clásico cántico de eventos multitudinarios: “Mauricio Macri la p…” entonaba un público compuesto por todas las edades.
Hasta que Che, qué esperás abrió el repertorio de casi 30 temas y dos horas y 20 minutos de un concierto que le sirvió a la banda para empezar a revisitar las canciones de “40 dibujos ahí en el piso”, el disco inicial de 1989 que sirvió para dar la continuidad a esa ruptura que significó la muerte de Luca Prodan, el final de Sumo y el nacimiento de Divididos y, por otro lado, Las Pelotas.
Los sueños y las guerras, Haciendo cosas raras, Casi estatua, Alma de budín, Tanto anteojo y Perro funk conformaron el primer bloque de un comienzo, que como suele suceder en el gimnasio Celeste, no se presta para el mejor sonido.
Pero a partir de Qué tal se vio lo mejor de Divididos. Con esa especie de tótem del bajo que es Diego Arnedo, que no necesita moverse más de ese metro cuadrado en el que aporrea las cuatro cuerdas para demostrar que sigue siendo uno de los mejores en lo suyo, con la polenta incombustible de Catriel Ciavarella en la batería y con un Mollo que a los 60 años se luce en una plenitud que no deja de asombrar, esos tres tipos sólo necesitan un instrumento para demoler hasta el más rockero.

Aborto y clásicos.
Tras los primeros pogos llegó la hora de bajar los decibeles. Mollo y Arnedo se sentaron en sendas butacas y pasaron las hermosas versiones de Como un cuento, los infaltables ‘besos por celular’ (Spaguetti del rock) en la era de las pantallas y Par mil, justo antes que el líder de la banda sacaron un pañuelo verde y dejara en claro: “Esto es de todas las chicas que tienen esa polenta total. Todo esto sucede porque el hombre no puede quedar embarazado, porque todos los que se quejan contra la despenalización del aborto son los tipos. Qué loco no?”.
Huelga de amores y Ortega y Gases desataron el baile masivo a pura chacarera enchufada. El trío volvió a la electricidad con otra andanada que incluyó un variado repertorio propio y homenajes: Un mundo de sensaciones, Amapola del ’66, Light my fire, Rasputín, La foca, Sucio y desprolijo para un final imposible de resistir: El 38, Ala Delta y El Ojo Blindado. Era casi la medianoche y Santa Rosa apenas empezaba a moverse después de la paliza. Una paliza por culpa de tres tipos que no se cansan de noquear con lo mejor del rock nacional. Porque claro, 30 años no es nada…