Esculturas pampeanas por las sierras cordobesas

“Malditos humanos” se llama la muestra, que dos creadores santarroseños presentan por estos días en la casa museo, donde vivó el pintor Lino Enea Spilimbergo. Hay instalaciones, tallas, relieves y dibujos.
Hace diez años que Lihué Pumilla tomó sus primeras clases con Raúl Fernández Olivi. “Ha sido mi único alumno”, dice el escultor. El joven plástico había obtenido una beca de la Secretaría de Cultura de la Nación para aprender de su arte junto a un creador de trayectoria y eligió su taller para empaparse del oficio de hacer poesía con la madera. La experiencia, sobre un material desconocido para él, dio formas nuevas, rostros y personajes, que hoy caracterizan a su producción y, también, numerosos proyectos en común junto a su maestro, como la muestra que exhiben desde principios de noviembre en Uniquillo, una localidad en el norte del Gran Córdoba.
Desde la Casa Museo Lino Enea Spilimbergo, se pueden ver las sierras, relata Fernández Olivi. La pequeña sala municipal, que fue hogar del renombrado pintor, alberga las obras de los pampeanos. Estarán en exhibición hasta el 20 de enero.

Sobre el maltrato.
El catálogo de “Malditos humanos”, como se titula la exposición, lleva textos de Miguel Angel Rodríguez. “Son obras que sugieren un mundo de reflexiones sencillas y aplastantes sobre nuestro maltrato a todo”, escribe el crítico de arte santarroseño.
El nombre de la muestra se desprende de una serie de piezas creadas por Pumilla, pero fue elegido porque permitía agrupar la totalidad de los trabajos que los pampeanos llevaron a Córdoba. La naturaleza es el espacio donde confluyen las distintas obras, en diferentes técnicas, materiales y soportes.
En el programa, Rodríguez describe los puentes que es posible advertir entre la producción de ambos artistas. “Los une la interpretación de espiritualidades presentes en la inmensidad despoblada, incluso en los páramos donde el agua es utopía y el aliento vital algo inconcebible: manipulando hierros y quemando maderas, la talla, el dibujo y la incisión van excomulgando los elementos, descubriendo sacralidades veladas y poesías salvajes, que vuelven a imaginar la locura, el ostracismo y la mentira despiadada”, dice.

En exhibición.
La rudeza del campo, la violencia de la existencia y de la intervención del hombre sobre el entorno son algunos de los conceptos que explora Fernández Olivi en las obras que se exponen en Unquillo. Hay dibujos sobre papel y relieves en madera de mediano y gran formato.
Este último grupo consiste en una serie de piezas que tienen la apariencia de un cuadro, pero son el resultado de un tratamiento escultórico y se despliegan desde la pared. “Muestran las imágenes de pedazos de cueros, tal como se los ve extendidos sobre un alambrado o la tierra, una temática que había empezado a trabajar en 2002 y retomé en los últimos meses”, señala el plástico, que había sido convocado a principios de este año en la localidad cordobesa, junto a otros 20 artistas, para confeccionar una de sus obras al aire libre, como parte de un simposio internacional.
Tres cabezas de animales, realizadas en madera, permiten reconocer a Pumilla en la sala. También hay otros bichitos “juguetones”, como los define su autor, un conjunto de esculturas de madera, que se apoyan sobre el piso y conforman una pequeña instalación. La muestra se completa con los relieves del mismo material, pertenecientes a la serie “Santeros de Toay”, que recupera retratos de personajes de su propia cosecha, sobre el mismo material, combinado con pintura y otros elementos.