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Tomás Mason, un ser difícil de definir

En una entrega más de esta saga sobre la vida y obra del fundador de Santa Rosa, el autor habla de sus primeros años y trae el testimonio en primera persona de su bisnieta Martita Lanari Gil.
Raúl Peralta *
En la casa de su abuelo paterno, capitán Guillermo Roberto Mason, en la calle Catedral 66 de la ciudad de Buenos Aires, nace Tomás Mason el 1° de febrero de 1842. Sus padres, James Mason, -hijo de Guillermo Roberto y Ann Mason, americanos de Baltimore, vecinos de Buenos Aires desde el año 1825-, y de Sarah Taylor, -antes viuda de Hapland de Liverpool, Inglaterra-. El 3 de mayo del mismo año, es bautizado en la Catedral Anglicana de San Juan.
Su padre James junto a sus hermanos Guillermo y Enrique, estudiaron en Inglaterra donde fueron enviados luego del asesinato de Carlos, muerto por La Mazorca en 1840. James regresa de Inglaterra con Sarah Taylor y vive en la casa de sus padres de la calle Catedral 66. El abuelo Guillermo Roberto muere en 1843, y quizás ese fue el por qué de que la educación de Tomas Mason haya recibido influencia inglesa y no americana.
James, el padre de Tomas Mason, pese a su ascendencia americana de marinos y corsarios, se sintió más atraído por la industria e instaló en su propia casa una fábrica de cepillos que prosperó y le permitió sostener su familia en aumento.
Tomás inició su vida escolar en el colegio San Juan, anexo a la Catedral del mismo nombre, ubicada en la actual calle 25 de Mayo 250, a 200 metros de la casa de los Mason. Luego fue enviado a terminar su educación a Inglaterra, probablemente a Liverpool, de donde era oriunda su madre Ann Taylor; y retornó a los 18 años. En 1861, con 19 años cumplidos, se casó con Rosa Agustina Funston.
La actividad industrial no le atrae. En cambio, la herencia Mason, raza de marinos y corsarios es más fuerte, y ayudado por los socios de su abuelo, Patricio Ford y Patricio Lynch, en la empresa naviera «Mason, Ford y Lynch» que recorría el Paraná desde Buenos Aires hasta Asunción, comanda el Venice, el Susan y el Verb, durante la guerra con Paraguay.
La casa familiar de la calle Catedral se había llenado de niños; hermanos y primos de Tomas Mason; Guillermo, Diego, Isabel, Elisabeth, Clemente Augusto y Juan Ricardo. Del matrimonio de Tomas y Rosa Funston nacieron tres hijos, Malvina Magdalena, luego Tomas, que murió de niño, y por último Guillermo. Bajo la influencia de la madrina de Malvina, Manuela Robles de Cabral, Tomas Mason y Rosa su esposa se separan de la iglesia anglicana y abrazan la religión católica. Fueron los únicos católicos en esa generación y los únicos que educaron a sus hijos en la fe católica.
Terminada su actividad naviera, Tomas Mason hizo inversiones, algunas desastrosas, como la compra de cédulas hipotecarias que no eran respaldadas por el Estado y pronto perdieron su valor. Situación que asumió con filosofía y en vez de lamentar su ruina, empapeló una habitación con las cédulas, comentando alegremente que tenía la habitación más costosa.

Memoria familiar.
«Cuando el gobierno argentino concedió tierras a los expedicionarios al desierto, a mi abuelo Gil le ‘correspondieron’ muchas hectáreas en Toay, y se ocupó de ellas Tomas Mason hasta que el Coronel Gil se retiró», dijo Martita Lanari Gil, bisnieta de Tomás Mason.
«Mason vendió su casa de Santa Fe a su yerno e invirtió el dinero en la colonización de Santa Rosa. Desde ese momento fue ésta ciudad la razón de su existencia. Perdió a su esposa Rosa muy joven. Mantuvo una excelente relación con su yerno y su hija Malvina. No así con su hijo Guillermo, de quien se distanció. Habiéndolos conocido de cerca, no se quién tuvo la culpa. Tomas Mason era muy autoritario y para un hijo varón la relación era más difícil que la que podía mantener con Malvina, a quien adoraba y mimaba. En Buenos Aires había comprado dos casas en la calle Santa Fe 1965-67 y las reformó y unió. Allí fue mi abuela Malvina cuando tenía 5 años. La casa familiar de la calle Catedral resultaba chica para los hermanos Mason. Allí nació mi madre y también nací yo en 1911 y salí de ella para casarme. Tomas Mason, cuando estaba en Buenos Aires vivía en Santa Fe 1965 y en Santa Rosa variaba: construía casas en las que vivía, luego se mudaba y vendía o alquilaba la anterior. Siempre alegre y activo, a veces infernalmente incómodo, trabajador incansable, con una salud de hierro, arbitrario, tierno y autoritario, tenía un empuje, un tesón, que desgraciadamente no abunda», lo describió. «Trabajó en la administración de Santa Rosa hasta sus 80 años. Recuerdo que el día 1° de febrero en el que cumplió sus famosos 80 años, en el que hizo una gran fiesta en Mar del Plata para nosotros sus tres bisnietos, pues según decía todos sus amigos estaban en el cementerio. Tres meses después llamaron a mi padre y a Rómulo Gil, mi tío, desde Santa Rosa, diciendo que ‘Don Tomas estaba muy raro’. Había perdido totalmente la cabeza. Murió 8 años después. Siempre alegre, pero dando a su enfermera un trabajo terrible, pues se escapaba, se subía a un tranvía y mismo unas veces a un tren en Mar del Plata. Lo encontraron en la estación Camet. En casa mi abuela Malvina desesperada lo hacía buscar temiendo que hubiera caído al mar», recordó Martita.
«Cuando lo recuerdo pienso que la Argentina se hizo con hombres como él, sin miedo, sin pereza, sin exceso de prudencia, pioneros, colonizadores, hombres que se exponían, que se jugaban por algo, se alejaban de las comodidades, de las ciudades. No digo que esa ‘raza’ se haya extinguido, pero encuentro tanta pereza, tanta ‘prudencia’ en muchos de los argentinos de hoy, que no me extraña que hayamos llegado a la situación actual.
Diré que él era el ser más difícil de definir. Sé que hay gente que lo odiaba, y con razón: era un déspota de mal carácter, arbitrario… También sé que era tierno, cariñoso, generoso, que regalaba lo propio y a veces lo ajeno: era tramposo, pero en cuanto obtenía lo que quería se le llenaban los ojos de arruguitas pícaras y decía: ‘te embromé che’ y explicaba cómo había hecho la tramoya. Era alegre, lleno de vida, sin miedo, emprendedor incansable y aunque no lo diría afuera, creo que un poco loco».
«Más tarde lo comprendí y lo admiré: de chiquita temblaba. Nos hacía poner las manos sobre el mantel y jugaba a pinchar con un cuchillo los espacios entre los dedos. Yo lloraba y me decía: ‘pavota sonsa’ y se dedicaba a Pipo o a Cacho a quienes adoraba.
Un día vino de Santa Rosa y me dijo ‘Martita te traigo un regalo’; yo estaba en mi cama, pues eran las 7 de la mañana. Levantó mis sábanas y me largó doce ratones blancos sobre las piernas. Yo salí corriendo despavorida por el patio en pleno invierno.
Me adoptó cuando hablé correctamente inglés, y entonces, horror, me llevaba a visitar a sus amigos los Drysdale y otros altos empleados del Ferrocarril Oeste y en cuanto entrábamos les decía ‘this is my great granddaughter Martha, she speaks good english’ (esta es mi nieta Marta, ella habla buen inglés) y a mí, ‘go on child, speak to this friend of mine’ (anda niña, habla con mi amigo). Y yo sabía inglés, pero no podía articular una palabra, pues no se me ocurría nada para decirles con mis pobres 8 años a unos señores enormes que me miraban sonrientes. Algunos se compadecían y me hablaban de sus nietos, otros me ignoraban y yo sentada en el sillón de cuero más alejado esperaba a que Tata se despidiera. Todos le decían ‘Congratulations Tom, this young lady behaves very well indeed’ (felicitaciones Tom, ésta jovencita se porta muy bien). Tal vez no se dieran cuenta de que la pobre young lady no hubiera podido portarse mal, paralizada de vergüenza.
Mi buen inglés fue realmente lo que me llevó a conocerle más y a enterarme de muchas cosas que él había hecho en su vida y que me recordaban a los libros de aventura que empezábamos a leer. Era un hombre sin miedo, de esos que admirábamos en el cinematógrafo en los films sobre el Far West».

* Investigador