Con vocación de servicio

Eduardo Meneguzzi es un reconocido médico pero sobre todo un emprendedor: a través de la Fundación Faerac lleva adelante una clínica con 100 empleados en la que trabajan sus cuatro hijos y que atiende a pacientes de toda la provincia. En nueve años se realizaron allí 20 trasplantes de órganos.
“Hoy la gente se va de la clínica y habla más de las enfermeras que de los médicos que la operaron, habla más de la calidad de atención de las enfermeras, de las mucamas o del cocinero que de los médicos que hicieron la cirugía. ‘Me atendieron bárbaro’, te dicen y ese es el resultado de todo lo que funciona acá. El paciente está en un momento de una sensibilidad muy especial por la enfermedad que lo trajo, ya está suficientemente agredido por su salud entonces necesita que alguien lo escuche, que lo trate bien, que le responda. El éxito de esto es la forma en que cada uno se brinda y se dedica en lo que le toca”.
Una recorrida por la clínica con preguntas, con diálogos, con oídos que escuchan conversaciones ajenas ratifica que Eduardo Meneguzzi no habla de más. El 1 de septiembre de 2019 Faerac cumplirá una década de funcionamiento y, según su mentor, ese es el mayor reconocimiento a una institución de alta complejidad con atención integral de la salud que recibe a pacientes de toda la provincia y también de localidades de distritos vecinos.
“Soy de un pueblito cordobés, Coronel Baigorria. Mi familia era muy humilde, tanto que mis padres no recibieron ningún tipo de instrucción, ni primaria ni secundaria. Aprendieron solos a leer y escribir y vivimos en el campo hasta mis dos años. Después nos fuimos al pueblo, a una choza prácticamente y mi papá empezó a hacer trabajos de herrería”, recuerda Meneguzzi, hoy de 67 años y muy lejos de ese momento donde nadie de su entorno podía imaginar un presente con una clínica en la que, de manera directa (100 empleados) e indirecta (médicos, técnicos y otros), trabajan 250 personas, incluidas sus dos hijas y sus dos hijos.
“Me voy a Córdoba a estudiar Medicina”, le dijo Meneguzzi hijo a ese hombre que nunca había salido de su pueblo. “Mi papá no podía ver más allá de esa vida ahí, entonces no podía entender cómo iba a hacer. El médico del pueblo me había sugerido que pruebe con esa carrera, así que eso más mis ganas de hacer algo me llevaron a la capital de la provincia sin haberla pisado nunca. Si tanta gente lo lograba ‘¿por qué yo no?'”.
Una cama en una pensión gracias a una tarjetita y a alguien generoso que se cruzó en su camino, trabajos de sereno en estacionamientos y hasta un perfil de artesano para construir con sus manos bijouterie le dio a Meneguzzi el sustento para costearse en la universidad pública una carrera que duró cinco años hasta recibir el diploma.
“Me especialicé en Nefrología en el Hospital de Clínicas y recibí un cargo como docente de la Universidad Nacional de Córdoba. Ahí hicimos el primer centro de hemodiálisis hasta que en el ’76 llegó la Dictadura: intervinieron la universidad y no compraron más los materiales importados de diálisis que traíamos. No se pudo seguir realizando la atención y se murieron los 15 pacientes que teníamos en ese momento. Después de eso me prometí a mí mismo que no iba a hacer nada que no dependiera de mí, si asumía el compromiso de emprender algo iba a ser mío y no dependiendo de otro”, resaltó Meneguzzi.
A La Pampa.
Ruth Alicia García, una pampeana que estudiaba Odontología, se cruzó en la vida cordobesa del médico. Llegó el casamiento y la hora de emigrar ante la oscuridad de las botas militares. Entre Río Cuarto y la capital pampeana se impuso la segunda opción para un desembarco que derivó en las primeras guardias en el Sanatorio Santa Rosa.
“Después de un tiempo y ya instalado fui al Banco de La Pampa y saqué un crédito para comprar un equipo de diálisis, así que se armó el primer centro de diálisis de la provincia y también la primera sala de terapia intensiva”, contó Meneguzzi sobre una marca en su vida profesional: ser un pionero y abordar la medicina como un servicio a la comunidad, esencialmente.
“Formé parte del Incucai, del programa nacional de donación de órganos con el que recorrí todas las provincias dando charlas en las escuelas para que los chicos se instruyan sobre la importancia vital de la donación. Es una deuda que tiene el país: habría que agregarlo a la currícula escolar porque realmente es una distorsión del sentido común enterrar un órgano cuando alguien lo está esperando atado a una máquina”, afirmó quien buscó en la Fundación Favaloro lo que sería, con el tiempo, la Fundación Faerac (desde 2009 se hicieron allí 20 trasplantes).
“A Favoloro lo conocía de cuando estuvo un par de veces en el sanatorio, pero fui a la Fundación a hablar con la gente que la manejaba para aprender cómo funcionaba. Me orientaron y pedí los estatutos así que con esa base en el ’91 o ’92 armé un estatuto casi copiado y lo presenté en el gobierno provincial. Lo aprobaron y la principal misión de Faerac fue que nadie se sintiera dueño de nada, la Fundación está hecha para que no haya sentido de propiedad: un tomógrafo sirve para hacer un diagnóstico, pero no sirve para subirse y dar una vuelta por el centro, no es una casa. Acá nadie es dueño de nada”.
Servicio.
El concepto que Meneguzzi le da a su emprendimiento está impregnado en cada consultorio o máquina del edificio de la calle Roque Sáenz Peña. “Mis hijos ganan su sueldo si trabajan, esto no es privado, es un servicio público, fue privado porque no participó el Estado, pero el resultado del direccionamiento es hacia la gente, por eso es un servicio público. Ese fue el objetivo de la creación, si fuese una empresa mis hijos podrían sentirse dueños de las acciones pero acá no se pueden sentir dueños de nada, esto está destinado a la comunidad, el único fin de lucro es reinvertir para tener una mayor o mejor servicio a la comunidad, es una rueda que tiene que ir creciendo. Dependerá de nosotros si crece o no, pero yo todos los días me levanto pensando que va ir mejor, que lo mejor está por venir”.
Maximiliano tiene 40 años y se especializó durante dos años en Francia en trasplantes de órganos. María Belén (40) es pediatra y nefróloga, Romina (37) es cirujana y Eduardo (33) es administrador de empresas con dos masters en los que se especializó en la administración de los recursos de la salud. Los cuatro trabajan a diario en Faerac, la clínica a la que Meneguzzi dedicó diez años de vida para su construcción.
“Hoy los médicos que laburan acá están en la misma situación que mis hijos, sus méritos no son mis méritos sino de ellos, de su estudio, de su esfuerzo, de su dedicación; lo cual me llena de orgullo. Tengo siete nietos y ojalá esto pueda trascender hasta ellos, yo no lo voy a ver, pero para mí esto es el sentido de mi vida. Es lo que me impulsa cada día: brindar un servicio mejor y más completo. La única forma de saber si uno puede hacer cosas es, haciéndolas”.

De la chatarra a la construcción
En la rueda de crecimiento en busca de un mejor servicio que motoriza Meneguzzi aparece la obra de ampliación del edificio que comenzó hace tres años y en la que el médico participa en cada uno de los procesos, incluso en los que parecen más ajenos a esa imagen que la sociedad en general deposita en los cultores de la medicina.
“Me dediqué a full a la construcción y todo lo hicimos nosotros. Fui a Río Cuarto y con mi hermano, que vive ahí, recorrimos una chacarita donde había topadoras y retroexcavadoras, elegimos una y la traje en un carretón que justo venía vacío a buscar una cosechadora. Era casi una chatarra y con la gente de mantenimiento de Faerac más un mecánico pusimos en marcha la retroexcavadora: hicimos el hueco de 4 metros de profundidad y 400 metros cuadrados, también compramos un camión muy viejo en Baigorria y lo armamos como camión volcador. Después vendimos la máquina. Nos llevó un año el hueco, seguramente era más fácil contratar una empresa, pero si no hay plata hay que buscar cómo hacerlo”.
Un subsuelo con consultorios y un resonador ya está en funcionamiento, en la planta baja estará la guardia general y en el primer y segundo piso internación y salas de diagnóstico por imágenes en una clínica que hoy tiene 46 camas, dos quirófanos y una sala de terapia intensiva con 7 camas.
“Cuando me dediqué a la clínica fui vendiendo un montón de cosas para volcarlas acá. Ese dinero más algún préstamo del Banco Pampa nos permitió avanzar. Trajimos un modelo copiado en parte del Hospital Italiano y en parte del hospital El Cruce que hizo Kirchner en Florencio Varela y que es impresionante. Lo hicimos basado en eso aunque en miniatura, por supuesto, pero hoy la Provincia necesita camas por eso nos contactamos con el Ministerio de la Producción para ver si podemos concretar más rápido la obra”.