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Alejandro Montecchia y Rubén Wolkowyski, dos de los integrantes de la Generación Dorada.

Su imagen estirándose la camiseta argentina con el número 6 de cara a la tribuna, con el dale campeón llenando su boca, es ya una postal histórica. La Selección de básquet acababa de ganarle la final a Italia, escribiendo la que quizás es la página más gloriosa de todos los tiempos del deporte nacional, y Alejandro Montecchia había sido una pieza clave. Pero apenas eso, una pieza; un eslabón que solo cumplía su función como parte de una cadena.
Aquel oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 fue mucho más que una medalla. Fue la coronación de un proceso en el que los valores del trabajo, la solidaridad y la amistad excedieron a la importancia de un triunfo. Y marcaron un camino que quince años después sus integrantes siguen transitando. «La amistad es mucho más importante que la medalla», resume Montecchia, y le brillan los ojos como cuando lloraba en aquella noche griega.
En una charla exclusiva con LA CHUECA, el base de la Generación Dorada habló de cómo se forjó aquel equipo, del sacrificio en conjunto, del «plus» del jugador argentino y de los valores que aún hoy guían a la selección nacional.
«Lo de ese equipo es algo muy difícil de conseguir, no solo en lo deportivo, sino como grupo», señala el Puma Montecchia, que está en Santa Rosa en el marco del Campus Spalding DirectTV que se está desarrollando en el Club Estudiantes, donde también confluyeron su compañero Rubén «Colo» Wolkowyski y su entrenador de entonces, Rubén Magnano.
«Los doce que ganamos la medalla de oro, más cuatro o cinco muchachos más que estuvieron en diferentes procesos, forjamos una amistad muy grande que fue más allá de lo deportivo. Y eso es algo que te lo da el equipo; el sacrificarte para que tu compañero sea mejor, para que se destaque; el dejar el egoísmo de lado y jugar para el compañero. Hacer todo por el bien del equipo…, y los resultados se vieron», intenta explicar el bahiense de 47 años.
«Ese grupo trabajó muy duro, fue muy humilde y muy solidario, sabiendo que si todos íbamos para el mismo lado el objetivo se iba a conseguir. La medalla fue dentro de la cancha, pero fuera de la cancha hicimos una amistad que perdura», agrega en el mismo sentido.
– ¿Se pueden transmitir esos valores a los más jóvenes en este tipo de encuentros?
– En parte sí; hay que hacerle entender a los chicos que no es fácil, que para llegar a ser jugador de Liga Nacional o de Selección hay que trabajar muchísimo. Que no se queden con las horas que tienen en sus clubes, sino que trabajen más por afuera de manera individual. El trabajo es la única manera de poder llegar y lo que hicimos con aquel equipo es una muestra. Fue tremendo lo duro que entrenamos, y tuvimos un guía como Rubén Magnano que fue fundamental para calmar los egos, porque había jugadores que eran estrellas en sus equipos y en ese plantel tuvieron que relegar protagonismo por el bien del equipo.
– ¿Qué imagen te queda o te viene a la cabeza a 15 años de aquel logro?
– Me quedan ellos (los compañeros), la amistad, que es espectacular y más importante que la medalla. Y en lo deportivo se dio algo muy difícil de conseguir, con un equipo formidable y con un guía que nos enseñó para que cada uno no vaya por su lado.
– ¿Se sienten reconocidos por haber conseguido lo que para muchos fue el triunfo más importante del deporte argentino?
– Sí. Argentina es un país futbolero, sin ninguna duda, y lamentablemente el fútbol está siendo un poco una enfermedad de la sociedad. Pero los amantes del deporte en general nos reconocen; no de manera pública ni abierta, pero cuando uno se junta con gente del deporte agradecen lo que hicimos o lo que generamos como equipo.
– En su momento se habló mucho del recambio generacional, y la Selección actual se encargó de demostrar que podemos estar tranquilos. ¿Van por el mismo camino que la Generación Dorada?
– Lo que hicieron en este Mundial fue increíble, realmente no lo esperábamos, y eso demuestra que el jugador argentino tiene un plus. Quizás es inferior físicamente y hasta técnicamente que los de otros países, pero el corazón que tiene el jugador argentino es realmente único. Y a eso, cuando le sumás un equipo con buenos jugadores, con hambre y que sabe lo que hay que hacer, los resultados se dan. Y se demuestra que se pueden seguir haciendo cosas importantes a nivel mundial. Ojalá que se pueda mantener esa línea, que es un poco el legado que dejamos nosotros.

Diez veces más.
Al hablar de los jugadores actuales en su puesto, Montecchia no tiene reparos para elogiar a Facundo Campazzo, hoy en Real Madrid y pieza fundamental de la selección: «Campazzo superó todo; es diez veces mejor de lo que era yo a su edad. Es impresionante. Cuando estaba en Peñarol ya te dabas cuenta que era distinto, y después tuvo la guía… Llegó a jugar con Manu (Ginóbili) y otros compañeros que lo terminaron de formar y enseñarle el camino. Y hoy está en su propio camino; es el jugador argentino del momento».

La nueva CABB
La Generación Dorada fue clave para sacar a Germán Vaccaro de la Confederación Argentina de Básquet (CABB) luego de una gestión oscura, y cada uno de sus integrantes fue crítico cada vez que alguno de los dirigentes se han desviado del camino que ellos creían correcto.
El caso de Alejandro Montecchia no es la excepción. «Este año fui crítico de los dos candidatos, tanto de (Federico) Susbielles como de (Fabián) Borro», reconoce al referirse a la flamante conducción, que quedó a cargo del segundo.
«Susbielles, que era el presidente, se dedicó a su campaña política (en Bahía Blanca), pero siendo la cabeza de la CABB tendría que haber delegado para mantener una línea de trabajo que había sido buena. Y Borro tiene modos que a uno lo molestan. Igualmente le deseo lo mejor para que haga las cosas bien y que el básquet argentino pueda seguir creciendo», señala, al tiempo que se muestra abierto para «opinar» o brindar su «punto de vista» si la CABB lo requiere.

El costado tímido
Osado con la pelota en sus manos como jugador, Alejandro Montecchia se define como «tímido» a la hora de intercambiar charlas con los chicos. «Me cuesta mucho expresarme, soy tímido a pesar de que cuando jugaba era distinto», dice el Puma al referirse a los conocimientos que aporta a los jóvenes durante el campus. «Por eso trato de dirigirme individualmente a los chicos, sin levantar la voz y charlando de manera particular para que puedan captar lo que uno les corrige», se sincera.