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Club General San Martín: las huellas del abandono y la desidia

La puerta se abre y la imagen golpea. Como un boxeador que recibe una trompada apenas escucha el primer campanazo, entrar a lo que quedó del club y chocarse con el desolador panorama es como encontrarse con una primera mano de nocaut. La mirada se nubla, los ojos se pierden entre trofeos arrumbados, cuadros desparramados y paredes que se caen, el corazón se agita abrumado por el polvo que todo lo tapa y el dolor crece a medida que los pasos se abren camino entre papeles, sillas destrozadas, caños y cables desperdigados.
Los cachetazos continúan ante cada ambiente que se descubre. La figura del General San Martín, una de las únicas que aún permanece colgada, es testigo del abandono, la desidia y el saqueo. Lo que alguna vez fuera la sede de una institución pujante hoy es apenas un depósito de lo que quedó de ella, con parte de la historia tirada por el piso, maltratada. Y esperando a ser rescatada.

Tristeza.
Las instalaciones del Club General San Martín, en el 325 de la calle Juan Bautista Alberdi, están destruidas. A tal punto que, a casi una semana de tomar posesión de las llaves, a los integrantes de la flamante Comisión Normalizadora les cuesta creer lo que ven cada vez que abren esa puerta, cerrada durante 20 años de desidia y manejos espurios.
Una foto de una de las formaciones de fútbol que protagonizara los campeonatos culturalistas en la década del ’80, parada sobre una silla, es una especie de bálsamo para la tristeza que inunda a los socios que hoy empiezan a trabajar para sacar a flote la institución. Todo lo demás es demoledor.
Una descuajeringada vitrina conserva algunos de los trofeos de la época de gloria. Otros tantos, destruidos, se asoman desparramados en el piso entre cajones, diarios viejos, boletas, un termotanque, lámparas y partes rotas de un mobiliario que, como tal, ya no existe. En un rincón, una colección de copas yace amontonada sobre un colchón de pelotitas de caucho, las mismas que forman parte del piso de la cancha de fútbol 5 que quienes se apoderaron de la institución utilizaron para generar dinero.
Entre las paredes descascaradas y el techo totalmente tomado por la humedad aparece el viejo baño de la sede principal, en el que una máquina de escribir invita a recordar aquellos tiempos de vida. Del otro lado, la cocina asoma peligrosa, con gran parte del cielorraso de ladrillos caído y el resto por derrumbarse. Y arriba, en una oficina a la que se accede por una escalera enclenque y corroída por el óxido, los cuadros con las imágenes de los presidentes del club reposan apilados en el piso y bajo el polvo, como resguardándose de un techo de madera que amenaza con enterrarlos definitivamente.

En marcha.
A un par de kilómetros de la destruida sede central, algunos de los socios que decidieron poner el pecho para levantar al club entran en caravana y tocando bocina al predio deportivo. La Comisión Normalizadora presidida por Sandro Clérici se reúne por primera vez para decidir los pasos a seguir. Antes, recorren aún con asombro las instalaciones del lugar, conocido como la ex Quinta de Las Monjas.
La pileta, imponente con sus 25 metros de largo, luce abandonada junto a los vestuarios que, en una edificación con forma de barco, aún muestran características de un nivel que sería la envidia de cualquier club de la ciudad.
El salón principal, utilizado estos años por quienes manejaban la institución a su antojo, es el único con un mantenimiento aceptable. Detrás, el albergue espera vacío, con sus ambientes en pie pero ajeados. Y en el fondo, en lo que quedó de terreno luego de la venta a precio vil de tres de las hectáreas, unos seis arcos enfrentados le dan forma a lo que fueron tres canchitas de fútbol, hoy derrotadas por los yuyos.
«Hay mucho por hacer», reflexiona uno de los integrantes de «La 89», la agrupación que trabajó contra viento y marea para que hoy haya una Comisión Normalizadora encargada de comenzar con la reconstrucción. Y recuerda sus tardes bajo la arboleda en el amplio sector de esparcimiento que da a la calle Palacios. Esas huellas en la memoria, opuestas a las que hoy evidencian el abandono y la desidia, son las que justamente los movilizan.