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El asombroso mundo de la colombofilia

COLOMBOFILIA

«Las palomas mensajeras también necesitaban salir». Darío Sáez de Tejada, presidente de la Asociación Colombófila La Mensajera Pampeana, resume con una frase la principal dificultad que su actividad tuvo que atravesar durante estos meses en los que la pandemia obligó a suspender todas las disciplinas deportivas.
Más allá de las ganas de competir de los colombófilos y de extrañar esa adrenalina que se genera mientras se espera que los ejemplares crucen el arcón del palomar tras una larga travesía, las más afectadas por el parate fueron las propias palomas, que sin la posibilidad de salir tampoco podían poner en valor su extraordinario sentido de la orientación para volver a casa.
«Volar arriba de su propia casa o palomar no alcanza. Le sirve para entrenar o moverse, pero para crecer como mensajera una paloma necesita que la lleven a otro lugar y volver por sus propios medios. Son palomas de retorno, no de salir y volver; necesitan aprender a separarse de los grupos, saber valerse por sí solas y aprender a encontrar el camino a su casa», agrega con pasión Sáez de Tejada, uno de los tantos colombófilos pampeanos que con el correr de los meses se han ido adaptando a las medidas sanitarias y de aislamiento para que la actividad se mantenga en pie.
«En los primeros meses solamente podían volar arriba de las casas; a partir del 8 de junio se nos permitió salir en autos particulares, siempre dentro de la provincia, para que podamos llevar las palomas con el objetivo de tenerlas movidas y que no se estropeen. Y después, con la apertura de los clubes, se nos permitió salir con el camión desde la asociación», enumera el palomero al referirse al paso a paso de apertura de la actividad.
«Como todavía no están autorizadas las competencias, lo que estamos haciendo son vareos cronometrados, que nos sirven a los colombófilos para saber cómo están las palomas y para usar los relojes, que si los dejás parados mucho tiempo se estropean», agrega sobre los alcances que tiene hoy la actividad.
Respetando los protocolos dispuestos por el Gobierno provincial, la Colombófila pampeana realizó ayer una suelta de entrenamiento de unas 500 palomas desde Catriló. «Cada colombófilo tenía un turno el domingo para ir a encanastar sus palomas a la asociación, con barbijo, haciendo la trazabilidad, respetando el distanciamiento y todas las medidas sanitarias. Y hoy (por ayer) el camión viajó con los permisos correspondientes, hizo la suelta y regresó a Santa Rosa», relata Sáez de Tejada.
«Lo ideal sería hacer distancias más largas y que haya palomas de diferentes lugares, pero por ahora no está habilitado y tenemos que respetarlo. Es lo que nos toca este año; es doloroso, pero es lo que se puede hacer y estamos agradecidos que al menos podemos salir de la ciudad y mover las palomas. Ya habrá tiempo para volver a las competencias nacionales; hoy lo más importante es la salud», destaca.

A 100 km/h.
En Argentina, donde la disciplina se realiza desde 1886, actualmente hay unos 2.500 colombófilos; mientras que en La Pampa hoy compiten alrededor de 50 palomares, distribuidos en Santa Rosa, Victorica, Speluzzi, General Pico, Quemú Quemú, Guatraché, Jacinto Arauz y General San Martín.
Cada palomar cuenta con un promedio de entre 50 y 100 palomas voladoras, de las cuales el 60 por ciento son pichones (hasta un año de edad) y el resto adultas. Pueden vivir entre 16 y 18 años, aunque su etapa activa para competir se «estira» hasta los 10 años aproximadamente. Esa expectativa de vida, como también el rendimiento como ‘deportista’, ha mejorado notablemente en los últimos años, especialmente por los cambios en la alimentación y los avances en todo sentido, a tal punto que hoy una paloma puede superar los 100 km/h con el viento favor.
«Cuando yo empecé (en 1989) comían maíz molido, trigo, sorgo y pará de contar», revela el presidente de la Colombófila, y compara aquellos años con la actualidad: «Hoy hay maíz seleccionado, trigo candeal seleccionado y todo tipo de semillas que te imagines, como sorgo, arvejas, lentejas, girasol, soja, poroto… Todo cambió en el año 2000 más o menos, cuando le encontraron la veta para hacer comida para palomas y conseguir las mejores semillas. Y hoy hay dos o tres distribuidores en el país que se encargan del mercado colombófilo y los productos son muy buenos».
– ¿Ese cambio en la alimentación es el responsable del mejor rendimiento de las palomas?
– Sí, en gran parte sí. Antes, un vareo como el que hicimos desde Catriló era una carrera de fondo, y hoy no son menores de 600 kilómetros. Antes, para una gran carrera de 500 kilómetros tardaban dos días, y ahora la hacen en 5 horas con el viento a favor…
– ¿Cuáles son hoy las carreras más largas?
– La más larga es desde Cataratas del Iguazú, que en línea de vuelo son 1.500 kilómetros a Santa Rosa. Y tardan un día y medio, dependiendo del viento. Nosotros vamos todos los años a la carrera de Curuzú Cuatiá, en Corrientes, que son 962 kilómetros en línea de vuelo, y con viento favorable hay palomas que se han marcado en el mismo día.
– ¿Es costoso mantener un palomar para competir?
– Es un deporte caro, porque tenés que pensar en la comida, en el mantenimiento veterinario, en los remedios, en el costo de la canasta cada vez que competís… Y si salís en tu auto más caro aún.
– ¿Hay un mercado de compra de pichones?
– No, no está permitido en Argentina. En Europa sí y se llegan a pagar precios excesivos, pero acá la colombofilia no es un comercio. En algunos casos algunos colombófilos traen sangre nueva o extranjera para probar, pero acá no hay un mercado de compra y venta.

El paso a paso de un pichón.
Las palomas que crían los colombófilos son cruzas de la especie Columba Livia, de origen belga, que tiene un gran sentido de la orientación y capacidad para retornar a sus palomares. Como en julio la Federación pone los anillos a disposición, un mes antes los colombófilos forman los casales (juntan macho con hembra) para promover la reproducción. En diez días las palomas ponen sus dos huevos, que son incubados durante otros 17 días, y una vez que nacen los pichones deben ser anillados antes de los 8 días de vida, porque luego de esa fecha las patas crecen y ya no es posible colocarle la matrícula.
«Al mes se separa de los padres, pasa al palomar de voladores y lo empezás a largar todos los días afuera», explica Sáez de Tejada. «Ellos, por instinto natural, empiezan a entrenar solos, y se les enseña la hora para comer, que es clave porque es la hora a la que ellos siempre van a volver al palomar», agrega el colombófilo. «Así -ejemplifica-, si vos querés que vuelen una hora, los soltás una hora antes de la comida y ellos van a volver solos».
«Después, en enero, febrero y marzo tienen el cambio de plumas, y luego se los vuelve a largar para entrenar regularmente. Y un mes después empezás a salir, a llevarlos a otros lugares para que vuelvan», añade al referirse a la etapa final de la crianza de un ave para competir. Ese pichón volverá toda su vida al mismo palomar.

Armando, el más caro.
Armando, una paloma mensajera macho criada en el establecimiento belga de Joel Verschoot, uno de los más famosos del mundo, fue subastado el año pasado en línea por 1,25 millones de euros, lo que la convirtió en el ave más cara de la historia, de acuerdo a lo anunciado por el sitio especializado Pigeon Paradise (Pipa). Armando, con pedigrí y luego de haber ganado las tres carreras más importantes del mundo, superó así a New Bliksem, que había sido vendida por Internet en 2018 por 376.000 euros. Estos ejemplares son comprados como reproductores, ya que para que vuelvan a un palomar determinado habría que criarlos desde pichones.