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Cuando era Mini, Scola rompió un tablero en General Pico

EL CAPITAN A LOS 11 AÑOS

«El estaba en su último año de Mini y fuimos a disputar un torneo a La Pampa. En la entrada en calor volcó una pelota y rompió el tablero. ¡Nos tuvimos que ir a otro club a disputar el partido!», recordó esta semana Adrián Amasino, el primer entrenador que tuvo Luis Scola en el Club Ciudad de Buenos Aires, donde hizo los primeros dobles de una carrera que aún sigue brillando.
En una charla con Infobae, el director técnico repasó anécdotas del pequeño Luis, que a los 7 años había llegado a la institución porteña y comenzaba a destacarse, primero por su altura y luego por su técnica y su mentalidad.
«A la edad de Mini ya no le costaba volcarla. Durante un partido de local, en un contraataque, corrió hacia el aro y la volcó. Tras esa acción, el árbitro se me acercó y me dijo ‘decile al 4 que no la vuelque más’. El pensó que estaba burlándose de sus rivales, pero le dije que no era así, que era su forma de jugar; pero al juez no le importó y me recalcó que si pasaba de nuevo lo iba a sancionar. Durante un minuto lo separo a Luis y le cuento lo que sucedió. Obviamente, no me dio bolilla. A la siguiente jugada la metió hasta los codos y el árbitro le cobró técnica. Ahí se armó un revuelo…», agregó Amasino.

Recuerdos pampeanos.
El Gran Capitán de la selección argentina de básquet, que brilló con la Generación Dorada y a sus 39 años fue el referente de El Alma en el subcampeonato logrado en el Mundial de China, ya mostraba sus condiciones en sus inicios y empezaba a marcar historia en cada parquet del país, como aquella tarde de 1991 en General Pico.
«El era Mini, pero a Pico vino con una U13 me parece», intenta recordar ante la consulta de LA CHUECA Gustavo Vaninetti, que en el inicio de los ’90 era asistente de Mario Guzmán en el Independiente de Pico que comenzaba a convertirse en el equipo que en 1995 llegaría a su pico máximo coronándose campeón de la Liga Nacional.
«Sé que Scola se destacaba y que Horacio Seguí lo ve jugar en Ciudad y se lo lleva a Ferro de Caballito cuando tenía unos 12 años», agrega Vaninetti, quien hoy es coordinador del básquet y entrenador de la Primera División de Cultural Argentino de General Pico.
Horacio «Chule» Casalino, hoy coordinador del fútbol infantil de Cultural Argentino, era por entonces el encargado de la categoría Mini de Independiente de Pico, uno de los clubes que enfrentó al incipiente Scola, primero en Buenos Aires y después en tierras pampeanas.
«Con Independiente y Pico FBC fuimos a un encuentro en el Club Ciudad, donde jugaba Scola, que ya se destacaba entre los chicos. El tenía unos 11 años, estaba en edad de Mini», apunta Casalino al intentar reconstruir la historia del tablero roto. «Me acuerdo que nos pegó un baile machazo», agrega con una sonrisa, al tiempo que repasa sus charlas con Mario Scola, el papá de Luis.
«Después ellos vinieron a Pico a devolver la visita. Los chicos, en esos encuentros, se quedaban en casas de familias de los jugadores nuestros. Eran encuentros muy lindos, pero en la cancha se hacían partidos bravos. En Pico FBC lo marcaba Seba Salvaro y había una linda pica», afirma, y da con el nombre indicado para hablar de aquellos inicios del emblema argentino del momento.

Mano a mano.
«Eramos los dos grandotes, los dos jugábamos en dos categorías, en aro chico y en aro grande», dice ante la consulta telefónica el encargado de marcar al niño Scola en sus visitas pampeanas.
Sebastián Salvaro era el «gigante» de la categoría Mini de Pico FBC y, como Scola, sacaba amplias ventajas por su tamaño y potencial físico. «El (Scola) marcaba mucha diferencia, principalmente por cuestiones físicas. Era flaco, largo, corría toda la cancha con la pelota y la volcaba», apunta Salvaro, categoría ’80 al igual que Luifa y casi tan grandote como él. «A esa edad (11), él medía ya 1,80 (metros), o más», añade el pampeano, que luego jugó en Estudiantes de Santa Rosa y se retiró definitivamente a los 25 años cuando durante sus estudios universitarios metía dobles en los interfacultades para la UBA.
«Recuerdo que cuando éramos Mini jugábamos uno contra uno con Scola. Como teníamos tanta ventaja de altura, íbamos de punta a punta con la pelota y la volcábamos. Era un mano a mano permanente», cuenta el piquense, hoy Licenciado en Economía Agraria y viviendo en Buenos Aires, donde colabora como columnista agropecuario en diferentes medios nacionales.
«Lo del tablero roto no me lo acuerdo, pero no lo dudo porque la volcaba como un animal. Mirá en qué terminó», cierra con admiración.