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El cielo y el infierno de un futbolista

La historia de Hugo Lamadrid «es la historia de la mayoría de los jugadores de fútbol en la Argentina y, por eso, no se cuenta», señala Hernán Casciari en el prólogo del libro «Lamadrí: El Renacido. Gloria, Caída y resurrección de un trabajador del fútbol».
Recordado especialmente por su estampa y rudeza en el Racing Club de fines de los ’80, el Flaco Lamadrid pasó de jugar la Libertadores con aquel recordado equipo del Coco Basile a deambular por el fútbol del ascenso y del interior, pagando errores propios y soportando las penurias de un deporte que obnubila por los millones que se llevan unos pocos, pero que oculta los problemas de la gran mayoría.
La decisión de jugar con una fractura, el interés del Atlético de Madrid, el llamado de la Selección, la detención con los botines puestos, los viajes interminables, las luchas para cobrar y muchas anécdotas más son contadas minuciosamente en el libro por el ex mediocampista central, que en sus memorias utiliza el humor que lo salvó y a la vez es crudo para reflejar un mundo turbio del que, en lo particular, se fue sin nada en los bolsillos ni nada para hacer.
«Uno va viendo el retiro, pero a la vez le escapa. Hasta que un día llegó y a los pocos meses me encontré trabajando en una panadería. Y lo duro no es laburar, porque ojalá todos podamos laburar, lo duro es que me encontré trabajando 18 horas en una panadería, abajo de la casa de mis suegros, sin saber absolutamente nada, sin estar capacitado. Entonces agarré un libro de Choly Berreteaga para ver cómo se hacía una pasta frola, y empecé a hacer pasta frola… Y al otro día una tarta», señala Lamadrid en una charla con Radio Noticias, con la misma simpatía y dureza con la que escribió su reciente libro.
«El título ‘El Renacido’ tiene que ver con que uno en su carrera tiene momentos de gloria y muchas caídas, y en este momento estoy viviendo una especie de resurrección, en otro ámbito, llegándole a otra gente que no me conocía o que generacionalmente no me vio jugar. Como reinventándome en otras cosas», explica el Flaco, que a los 54 años es director de Medios del municipio de Avellaneda, participa de un programa de radio y sigue explotando el costado humorístico que, asegura, lo sacó del pozo.

– ¿Es difícil «renacer» para un futbolista que tocó la gloria y después cayó?
– Es muy difícil volver; incluso siempre digo que muchas veces la muerte nos gana el último pan y queso, porque hay muchos que no pudieron soportar el retiro por el dolor de ya no tener, no ser o no pertenecer. Lo que pasa es que el futbolista a los 35 años ya se está jubilando, y llega a un punto en el que dice ‘¿ahora qué?’ Y eso tiene un montón de variables, tantas como jugadores hay. Porque está el exitoso, que ganó muchísimo dinero y no tendrá el problema económico. Pero nosotros, el resto, los mediocres como digo siempre, que somos el 90 por ciento, no solo tenemos el problema de no poder ir a entrenar mañana, sino un problema económico, al que se le suma un problema familiar porque muchas veces la familia se derrumba… Y se empiezan a sumar problemas y el jugador se encuentra un día sentado en su casa con que no tiene nada que hacer, con un vacío interior increíble y, si no tuvo herramientas como para aprender a hacer otra cosa que no sea jugar al fútbol, la pasa muy mal…

– ¿Cuál fue tu momento de gloria?
– Para la mayoría de los futbolistas, la gloria la alcanzás el día del debut en Primera. Yo tenía 19 años y es lo que estaba esperando desde que a los 7 años había llegado a Racing. Y después jugar la Copa Libertadores, haber entrado a una cancha con el Pato Fillol en el arco…

– ¿Y tu caída?
– La caída fue el momento del retiro, sin un mango, en Douglas Haig de Pergamino. Las lesiones que había tenido habían sido graves, pero yo en ese tiempo tenía tiempo porque era joven. Pero cuando te retirás ya no hay tiempo, y si la situación económica es mala el problema es grande. Yo tenía 33 años, Douglas Haig me debía mucha plata, no tenía un peso y fue llegar a mi casa y decirle a mi mujer que nos volvíamos a Buenos Aires, sin nada y con nada en vista para hacer.

– ¿Te deprimiste?
– No tuve tiempo para deprimirme porque laburar en una panadería es muy difícil y duro. Me agarró el bajón muchos años después, cuando te caen todas las fichas juntas. En ese momento, en la panadería, lo que me hacía muy mal era la mirada del otro, porque uno mide el éxito de acuerdo a la mirada del otro. Yo creo que tuve una carrera plagada de éxitos, como llegar a Primera, jugar la Libertadores, volver después de cuatro operaciones… Pero el otro, que te mira de frente, cuando entraba a la panadería y me reconocía decía ‘¿qué hacés vos acá?’ Entonces el mundo de esa persona y el mío chocaban, y eso me hacía mal porque me veían como un fracasado.

Revivir con humor.
«Terminé mi carrera en el fondo del mar y me costó salir, hasta que empecé a hacerme cargo de las malas decisiones. Porque yo no le puedo echar la culpa, después de 15 años de carrera, a 15 técnicos, a 15 dirigentes o a 15 periodistas. Algo tengo que haber hecho mal para que después de 15 años de carrera y de jugar en Racing, termine a las 4 de la mañana haciendo medialunas en una panadería», reflexiona el Flaco, que encontró en el humor, especialmente a través de las redes sociales (tiene más de 70 mil seguidores en Twitter), una salida sanadora y luego laboral, con stand up y programas radiales incluidos.
«Ese es el punto de partida para los jugadores. Cuando empezás a reconocer eso que hiciste mal, es cuando uno empieza a sanar, y yo entendí que lo mejor era remontar por el lado del humor, porque el humor te sana. En el humor encontrás respuestas para muchas cosas», cierra Lamadrid.

Locura con alto costo.
Hugo Lamadrid sufrió su primera lesión grave cuando estaba a punto de cumplir 23 años y era el volante central del Racing de Alfio «Coco» Basile, que después de 21 años había vuelto a jugar la Copa Libertadores. En un partido contra Instituto de Córdoba, el Flaco sufrió una fractura a la altura de un tobillo y fue enyesado, lo que le impediría jugar los partidos que le quedaban por la primera fase del torneo continental.
Pero una mañana recibió el llamado del propio Basile, que ya había viajado a Lima porque La Academia debía enfrentarse a Sporting Cristal de Perú. «Hola Flaco, ¿cómo estás?», cuenta Lamadrid que le preguntó el DT, quien sabiendo que estaba enyesado y esperando la operación, insistió con su vozarrón: «¿Pero cómo te sentís? ¿Te duele el tobillo? No podés jugar, ¿no?… ¿Y si te sacás el yeso y probás? Te necesito para el viernes. A vos y al Pato Fillol».
«A los 20 años el jugador se siente Superman. Es inmortal. Cuando el Coco me dijo que me necesitaba, en mi cabeza no hubo ningún filtro que al menos me hiciera evaluar por un segundo la locura que estaba a punto de cometer», relata Lamadrid en su libro El Renacido.
El Flaco se sacó el yeso, viajó a Lima y jugó fracturado (fue el viernes 3 de marzo y Racing ganó 2-1), pero la lesión luego se agravó y fue el principio del fin. Nunca más volvió a ser el mismo jugador de antes.
«Hoy, a los 54 años, digo que fue una locura, una mala decisión; pero preguntámelo a los 23 años», dice Lamadrid en Radio Noticias al recordar la anécdota. «Racing no jugaba la Libertadores hacía 20 años; en el banco lo tengo al Coco Basile; en el arco al Pato Fillol; a Rubén Paz a la izquierda y al Vasco (Olarticoechea) a la derecha; a Fabbri con 20 años; al Mencho (Medina Bello) y al Toti (Iglesias) adelante… ¿Cómo no voy a jugar? ¿Cómo me voy a perder esto a los 23 años?», reflexiona a la distancia. «Hoy digo que no fue una buena decisión, claro, pero a los 23 jugás», insiste.