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El ídolo que siempre volvió al barrio

«¡Grande Narigón!!!» Un par de muchachos lo saluda desde lejos y el Benve levanta la mano con timidez. Cruza los tres hilos de alambre que separan la vereda de la cancha de fútbol, se acomoda la camiseta del Mata sobre uno de sus hombros y pisa la pelota, como en sus mejores épocas. «Cuando yo era chico esto no estaba, jugábamos más allá, en un terreno donde ahora hay casas», recuerda, y señala hacia otro sector del barrio que lo vio crecer.
En el corazón del Matadero, Javier Benvenuto repasa sus inicios como futbolista, destaca el sostén familiar y revela lo difícil que era salir del barrio para trascender en otros ámbitos de la ciudad. «Si no fuera por el fútbol, no sé en qué hubiese terminado», asegura el Benve, que a fuerza de gambetas y goles se convirtió en un referente de General Belgrano en sus tiempos de torneos argentinos, en un delantero muy reconocido en La Pampa y, a la vez, en el ídolo de su propio barrio.
«No sé si es para tanto… Yo nunca me sentí un ídolo porque siempre estuve acá en el barrio», reflexiona, aunque acepta que «todo el Matadero» se hizo hincha del Tricolor por él. Y vuelve a saludar a aquellos que lo alientan desde la otra vereda: «¡Vamos Benve!».

Desde abajo.
«Nací, me crié y jugué siempre acá, en el barrio. Recién a los 12 o 13 años fui a jugar por primera vez a un equipo de un club, en Carro Quemado, porque estaba mi hermano El Zurdo (Roberto)», cuenta el papá de Yuthiel (16, hoy jugador de Belgrano), Martina (9) y Renata (6).
«Mi hermano quería que yo vaya a un club, que no juegue acá porque no sabía en qué andaba, y como una vez les faltaba uno para un entrenamiento me llevó a Carro Quemado. Como era chiquito me preguntaron si me animaba a jugar con los de la Reserva…; cómo no me voy a animar si acá jugaba con gente grande en los torneos de barrio, que era bravos…», explica para darle contexto a sus inicios en el fútbol.
«Siempre me decía ‘tenés que ir a un club’, pero en ese momento era difícil salir del barrio para ir a otro lado. En esos tiempos era un barrio complicado y costaba que te aceptaran en otros lugares», destaca Benvenuto, uno de los 13 hermanos de la familia encabezada por su papá Roberto y su mamá Rosa.

– ¿Y tus padres que decían?
– Al principio mi viejo no me dejaba jugar a la pelota ni en la calle; tenía miedo por lo que pudiera pasarme. Me acuerdo que me decía que me iban a quebrar una pierna y después quién me iba a pagar los remedios… No era fácil y además no le gustaba mucho el fútbol; él cuidaba caballos de carrera, era de otro palo. Pero después se hizo fanático de Belgrano, incluso siguió yendo a la cancha cuando yo ya no jugaba en el club.

– ¿Y tu mamá?
– Siempre me hacía el aguante, pero a veces se preocupaba porque no me podía cuidar cuando se iba a trabajar. Hasta que a los 15 años Belgrano me llevó a vivir en la pensión y para ella fue una tranquilidad porque sabía que ahí iba a estar bien, que no iba a pasar necesidades.

El salto al Tricolor.
Tras su primera experiencia fuera del barrio en Carro Quemado, Benvenuto recibió el llamado del club que le cambiaría la vida. «Patilla (Héctor Kruber) necesitaba jugadores para un torneo en Paraná, me llevaron a Belgrano y ahí me quedé para siempre», recuerda.
«Belgrano me ayudó en todo, en lo futbolístico y en mi vida. Me acuerdo que antes de que me llevaran a la pensión, cuando todavía vivía con mis viejos, no tenía zapatillas para ir a entrenar porque nos costaba mucho. Y no quería ir más, hasta que mi hermano habló y en el club me solucionaron todo», cuenta Javier, que a los 15 años comenzó a convivir en la pensión del Tricolor con los jugadores que venían de afuera para jugar el Torneo Argentino «A» a mediados de los ’90.
«Yo hacía la misma vida de ellos; era como un profesional pero jugaba en la Cuarta», explica el delantero y recuerda haber compartido vivencias con Alejandro Allegue (ex Racing), Alberto Búlleri y Juan Aguilar, entre otros de los refuerzos que llegaban a ese Belgrano que por esos años daba pelea a nivel nacional. «En un tiempo hacía triple turno, porque entrenaba con la Cuarta, la Reserva y la Primera… Y también en la selección de La Pampa con la que después ganamos los Juegos de la Araucanía», añade.

– Y ahí diste el salto al equipo que jugaba el Argentino «A».
– Sí, era un torneo espectacular, con mucha gente en toda las canchas. Viajábamos por todo el país y en los primeros tiempos era muy profesional, parábamos en los mejores hoteles… Después, por cuestiones económicas, fue cambiando y terminamos parando en albergues.

– También te tocó enfrentar a Boca en aquel recordado amistoso de 2001 contra el equipo campeón del mundo de Bianchi…
– ¡Sí! Son esas cosas son imborrabes del fútbol, porque uno nunca se había imaginado que iba a jugar con semejantes jugadores, que habían ganado todo. Y siendo hincha de Boca.

– ¿Qué significó Belgrano en tu vida?
– Siempre digo que Belgrano y el fútbol me dieron mucho. Yo no terminé el colegio, pero me formé en el club para afrontar la vida. Y me enseñaron a tomar el fútbol como un profesional, sea en el torneo que sea.

Siempre Matadero.
Sus buenas actuaciones siendo juvenil en Belgrano le permitieron a Javier Benvenuto dar el salto a las formativas de Lanús, donde bajo las órdenes del reconocido Mario Gómez tuvo la posibilidad de mostrar su juego en el fútbol de AFA. Jugó en Cuarta y Reserva, pero una lesión (distensión de ligamentos) y una reestructuración del fútbol del club le jugaron en contra.
«Tenía 18 años, estaba para firmar contrato, pero me lesioné y me terminé volviendo. Fue muy duro. Además, a Belgrano no podía volver porque ya había jugado torneos de AFA y no me dejaban jugar el Argentino. No tenía ganas de jugar más», recuerda quien se destacara como un puntero derecho gambeteador en sus primeros tiempos y como un jugador más cerebral a medida que pasaron los años.
«Al final me arreglaron los papeles para jugar en Costa Brava de Pico y seguí», agrega el Benve, que jugaba los Argentinos en Belgrano y luego se iba a otros clubes para los torneos de liga. Tuvo pasos por Ferro de Pico, Juventud Unida de San Luis, Racing y Estudiantil de Castex, y más tarde por Unión Bernasconi, Pampero de Ataliva Roca, Atlético Macachín, Deportivo Mac Allister, Atlético Santa Rosa, Sarmiento, Villa Germinal, Quenumá y Deportivo Winifreda.
Y por Matadero, siempre. «Cuando se armó el club en el barrio yo estaba jugando el Argentino con Belgrano, pero para jugar la Liga por primera vez me vine a Matadero a dar una mano…», destaca. «No sabés lo que significa para un chico del barrio jugar en la Liga con Belgrano o con All Boys; lo importante que es para sacar a los chicos de la calle», remarca.

– ¿Por eso volviste ahora, para seguir jugando con 41 años?
– En realidad nunca me fui; siempre estuve para dar una mano porque el fútbol ayuda mucho en el barrio, como otros deportes también. Lo que pasa es que ahora se formó un nuevo club (Atlético Deportivo Matadero) con parte de mi familia; están mi hermano Roberto, mis sobrinos (Nahuel es el presidente y Wendy el DT), y yo estoy para dar una mano en lo que haga falta. Para enseñarle a los chicos o para jugar hasta cuando sea posible. Y lo bueno es que hay mucha gente del barrio comprometida.

– ¿Sentís que sos un ejemplo para los chicos del barrio?
– Por ahí se fue dando inconscientemente; que vean que a través del deporte podés tomar otro rumbo y hacer las cosas bien. Hoy por suerte el barrio cambió mucho; antes era más complicado. Por eso siempre digo que si no fuera por fútbol no sé dónde hubiese terminado, porque en el barrio me juntaba con todos, con los mejores y con los peores.