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El pampeano campeón del mundo

«Llámeme cuando quiera, tengo todo el tiempo del mundo y para La Pampa estoy dispuesto siempre. Uno nunca puede olvidar sus orígenes». Desde su casa en Villa Elisa, a 14 kilómetros de La Plata, Juan Carlos Rulli atiende el teléfono y empieza a repasar su vida de futbolista. La que empezó en un baldío quemado en su Catriló natal, la que lo llevó a la cima del mundo con el Racing Club de Juan José Pizzuti y la que aún hoy, a sus 83 años, le sigue dando alegrías cada vez que pisa el Cilindro de Avellaneda.
Coco Rulli fue el volante derecho indiscutido de ese Racing que en 1967 ganó todo lo que jugó. Su dinámica, su entrega y temperamento lo convirtieron en una pieza clave del campeón de América que superó en la definición a Nacional de Montevideo, y del primer campeón intercontinental de Argentina, coronado tras aquellas inolvidables finales contra el Celtic de Escocia.
Pero antes, mucho antes, se inició en las calles y en los campitos de Catriló, un pueblo en el que aún viven algunos amigos de la infancia y del que guarda los mejores recuerdos, especialmente aquellos vinculados a sus primeros pasos como futbolista.

Los hijos de Pelé.
«Es un pueblo que quiero mucho, pero desgraciadamente hoy conozco a muy poca gente porque con el paso de los años muchos de mis conocidos fallecieron y otros se fueron a otras ciudades. Uno de los que está y que a veces voy a visitar es el Yeye Carnicero, con el que somos amigos desde chiquitos», cuenta Rulli en una charla con LA CHUECA.
«Mis padres tenían una librería, que -como en todo pueblo- también era juguetería, heladería en verano y muchas cosas más. Y además administraban el cine Cervantes y les iba muy bien, en un tiempo en el que no había televisión. Había funciones varias veces por semana y yo me veía toda las películas», recuerda el ex futbolista, que por la atención del parto de su madre nació circunstancialmente en Santa Rosa el 11 de abril de 1937. «Sí, como somos mellizos con mi hermana, a mi madre la llevaron a Santa Rosa, pero a la semana ya estábamos en Catriló, de donde somos», aclara.
«Jugábamos al fútbol, andábamos en bicicleta o íbamos a bañarnos a los tanques», resume al referirse a su infancia, de la que destaca particularmente las interminables tardes pateando una pelota. «Con el Yeye y otros amigos armamos un equipo al que le pusimos Taponazo, con el que también íbamos a jugar a otros pueblos en un camión. Una vez enfrentamos a un equipo de Santa Rosa que se llamaba Alsina y que lo tenía un señor de apellido Alcántara, frente a la estación del ferrocarril. Después me vino a buscar para ir a Alsina y fue la primera vez que me llevaron a jugar a otro equipo», recuerda Rulli, que en ese entonces tenía «11 o 12 años».

– ¿Ya soñaba con ser futbolista?
– Soñaba con el fútbol, con jugar, porque estábamos lejos de todo. Para nosotros una de las grandes alegrías eran los campeonatos Evita, en los que representábamos al pueblo. Un año anduvimos muy bien y llegamos a las finales en Santa Rosa. Recuerdo que nos alojaron en el Colegio Don Bosco y que en la final perdimos 1 a 0 contra un equipo de Santa Rosa que se llamaba Vendaval. La categoría era de 11 a 13 años, pero creo que ellos eran más grandes…

– ¿Cómo es la historia de la canchita y el incendio en Catriló?
– (Sonríe) Resulta que había un terreno en el centro del pueblo, en diagonal a una estación de servicio, que era de una persona que vivía en un campo. Nosotros lo queríamos usar, pero se lo teníamos que pedir. Ahorramos un poco de plata, le sacamos algo a nuestras madres y le pagamos a un tipo que tenía una especie de taxi para que nos lleve al campo. Imagínese que tendríamos 10 u 11 años, y el dueño cuando se lo propusimos no tuvo problemas en que lo usemos. Pero había que limpiarlo porque tenía un pastizal enorme; entonces yo propuse prenderlo fuego, como a los campos… ¡El lío que se armó por el incendio! Había casas linderas, estaba la estacón de servicio, un lugar donde arreglaban maquinarias. Tuvieron que venir todos los vecinos porque no podíamos apagar el fuego. Fue tan grande que pasaron meses en los que jugábamos y seguían levantándose cenizas; terminábamos de jugar y por el hollín parecíamos los hijos de Pelé. Después conseguimos unos palos, redes y hasta cavamos un túnel para entrar, pero uno al que le decíamos Zapallito se puso a saltar arriba y lo desmoronó. Menos mal porque era un peligro bárbaro.

En otro nivel.
A los 12 años, tras concluir la escuela primaria en Catriló, Rulli se fue a vivir a La Plata para seguir sus estudios secundarios. Fue pupilo en el Colegio San José hasta que, dos años después, sus padres dejaron La Pampa y se instalaron en la cuidad de las diagonales, donde el joven catrilense empezó a destacarse como futbolista.
Jugó en un par de equipos amateurs (‘La Cumparsita’ y ‘Mate y Venga’) y a los 17 años dio el gran salto. «Mi hermano menor, Néstor, estaba en las inferiores de Estudiantes. Jugaba muy bien pero no le ponía mucha garra, si no hubiera llegado lejos. El nos consiguió una prueba, fuimos tres amigos y quedamos los tres. Incluso los otros dos, Falcón y Fillol, también llegaron a jugar en Primera», recuerda Coco.
En el Pincha Rulli comenzó su carrera profesional, aunque no fue para nada fácil. «Yo quería jugar de 8, pero primero me pusieron de wing derecho y en otras posiciones, y la verdad es que no rendía del todo bien», se sincera el ex mediocampista, que igualmente fue clave en el cierre de la campaña de 1961, al marcar el 1-1 con el que Estudiantes empató con Lanús en la última fecha y de esa manera mantuvo la categoría.
«El último partido lo jugué contra Boca, en La Bombonera, en un Estudiantes en el que debutaba Juan Ramón Verón y otros jóvenes. Y a los pocos días me llamaron de Boca», relata para dar paso a su etapa como jugador del Xeneize, con el que fue campeón en 1964.
«En Boca también se me hizo difícil porque no jugaba de volante. Y como puntero me costaba. Estaba bien económicamente, pero no jugaba mucho, y por eso cuando me llegó la oportunidad de ir a Racing no lo dudé. Era un grande, me quedaba de paso para ir a la facultad (estaba estudiando Odontología) y mi padre era hincha de Racing…», explica.

La gloria.
Juan Carlos Rulli llegó a Racing junto a Benicio Ferreyra y Juan José Rodríguez, y en el intercambio Boca se quedó con Federico Sacchi y César Luis Menotti. «Los primeros tiempos en Racing eran un desorden dirigencial total; incluso en un momento se paró el campeonato, dejé de ir y me dediqué a la Facultad. Después me llamó un dirigente y me pidió que volviera porque venía Pizzuti como técnico e iba a cambiar todo», destaca.

– Y cambió todo.
– Sí. Yo a Pizutti lo conocía de haberlo enfrentado y por jugar juntos en Boca, pero cuando llegó empezó a tratarnos a todos de usted. Puso disciplina, hizo unos cambios tácticos pasando a (Roberto) Perfumo de 2, a (Alfio) Basile a la cueva y al Panadero Díaz de lateral, y empezamos a levantar porque había un muy buen plantel.

– Se dice que el equipo del ’66, que gana el campeonato argentino, fue uno de los mejores de la historia…
– El del ’66 era una máquina. No solamente ganamos acá, sino también al Bayern Munich, al Santos, en una gira por España… Fue un equipo revolucionario, desconocido en el fútbol argentino, que a veces hasta atacaba con ocho jugadores. Incluso hay quienes dicen que Holanda copió el sistema nuestro.

– En el ’67 fueron campeones de América y del mundo ante Nacional y el Celtic. ¿Qué recuerda de aquellas finales, que en los dos casos fueron a tercer partido?
– Con Nacional empatamos el primer partido en Buenos Aires (0-0) y decían que estábamos muertos, pero fuimos a Montevideo e hicimos pata ancha. Fue una masacre, pero la bancamos (0-0), y la final en Chile la ganamos bien (2-1). Después, del Celtic no conocíamos nada, ni el color de las camisetas. Perdimos allá (1-0) y en Avellaneda empezamos perdiendo, pero lo dimos vuelta jugando fuerte (2-1). Ellos no sabían jugar así de fuerte, y lo repetimos en la final de Montevideo (1-0 con el famoso gol del Chango Cárdenas).

– ¿Eran consientes en ese momento de lo que habían logrado al ser el primer equipo argentino campeón del Mundo?
– La verdad que no. A mi me echan sobre el final del partido y en lugar de quedarme en el túnel me fui al vestuario. Me estaba sacando la ropa, llega un periodista llorando, emocionado, y me dice «salimos campeones». Y yo le digo: «¿Y qué problema hay?»… No tomamos dimensión hasta que volvimos a Buenos Aires, donde tuvimos una recepción inolvidable, y después con el paso de los años un va dándose cuenta de lo que logró. Ahora voy a la cancha de Racing y parece que fuera Manuel Belgrano.

La Selección y el retiro.
«Me tocó estar en la época más nefasta de la Selección; era un desorden total, cambiaban técnicos a cada rato», se lamenta Juan Carlos Rulli al referirse a su paso por el equipo nacional, con el jugó las Eliminatorias para el Mundial del ’70, al que no clasificaron. En Racing jugó hasta 1971 y se retiró tras quedar libre y rechazar algunas ofertas. Fue DT de La Academia, primero en inferiores y luego en Primera, pero al poco tiempo dejó. «No me fue bien», resume el pampeano, que se recibió de odontólogo, invirtió en una empresa de construcción, en propiedades y se fue a descansar a Villa Elisa, donde aún hoy vive junto a su mujer Eloísa y cerca de sus cuatro hijas y ocho nietos.