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Falleció Miguel Ángel Castellini

EL ADIOS AL ÚNICO PAMPEANO CAMPEÓN DEL MUNDO DE BOXEO

Alrededor de la una de la madrugada de ayer dejó de existir en el Hospital Fernández de Capital Federal Miguel Ángel Castellini, uno de los íconos de las épocas de gloria del pugilismo pampeano, y único boxeador de nuestra provincia que pudo consagrarse campeón del mundo.
Un verdadero personaje, a su estilo, El Loco Castellini -así lo reconocían por su carácter bravío, y por algunas reacciones intempestivas que no todos podían entender-, no sólo fue un gran boxeador, sino además un tipo sensible.
Aunque su fiereza en el ring le valió el mote de «Cloroformo» -era dueño de una pegada letal-, tenía aristas en su personalidad que lo convertían en una suerte de justiciero cuando entendía que las cosas eran de una determinada manera.

Aquel nocaut triple en Amancay.
Y si no que lo digan quienes estuvieron presentes aquella noche en que tres oficiales del Regimiento de Toay se burlaban de un par de jóvenes santarroseños, en la céntrica confitería Amancay, frente a la plaza. ¿Qué pasó? Cuando los pibes pedían que dejaran de fastidiarlos los oficiales -vestidos de civil- se pusieron más agresivos Miguel -que precisamente hacía el Servicio Militar- intercedió para terminar con el mal momento, pero se encontró con que ahora los provocadores se la agarraban con él… no fue una buena idea, porque en un abrir y cerrar de ojos fueron puestos nocaut por Castellini. La sanción a Miguel fue un traslado al Regimiento con asiento en Bariloche donde terminó de cumplir con el año de milicia.

Otra anécdota.
Entre muchísimas anécdotas se recuerda que alguna vez invitó a vivir con él a Horacio Alfredo Cabral -gran boxeador de América, que en su momento iba rumbo a ser campeón del mundo cuando sufrió un accidente fatal-, con quien compartían una amistad. Pero al tiempo se enojaron entre ellos, y una noche que Cabral regresaba al departamento que compartían en la zona de Palermo se encontró con que todas sus prendas -pantalones, remeras, calcetines y hasta calzoncillos- pendían de los árboles. El Loco, enfadado se las había tirado por la ventana del 5° piso en el que vivían.
Tiempo más tarde, con el de América en ascenso y Miguel pensando ya en el retiro, se enfrentaron en el Luna y ganó Cabral.

Rumbo a Buenos Aires.
Nacido el 26 de enero de 1947, era parte de una familia numerosa constituida por nada menos que 10 hermanos. Una de ellas, Nidia, trabajó algunos años en este diario.
Miguel, a los 14 años -cuentan quienes lo conocieron desde siempre-, con un colchón bajo el brazo tomó la decisión de subirse a un tren para irse a Buenos Aires, quizás sin saber que en algún momento, en alguna noche, la gloria lo estaría esperando.
En tanto se convertía en boxeador -la época del «Zorro» Campanino, de «Golepa» Cabral y el «Indio» Paladino-, iba y venía desde y hacia Capital Federal. Hizo una importante cantidad de combates como amateur, hasta que decidió pasarse al profesionalismo.

En el Luna Park.
Si bien en Santa Rosa concretó varias peleas -la última con Alberto Almirón en Fortín Roca-, su trayectoria se fue forjando en Tucumán -allí debutó como profesional el 28 de mayo de 1965 derrotando a Domingo Gérez-, pero también en La Rioja y en Río Cuarto. Su ascendente campaña, la cantidad de nocaut que conseguía, hizo que Juan Carlos Lectoure se convenciera que era un hombre para el mítico Luna Park.

Taquillero personaje.
Luego de algún entrenamiento en las entrañas del gran escenario, el gran Carlos Monzón, quien había hecho guantes con el pampeano reconoció: «Este Loco sí que pega fuerte…». Eran los tiempos además de Ringo Bonavena, de Nicolino, Víctor Emilio Galíndez, Ramón La Cruz (al que Castellini derrotó) y tantos otros grandes del pugilismo nacional.
El aspecto de galán de telenovelas de Miguel, su físico esculpido en muchas horas de gimnasio, y la calidad de su boxeo, lo convirtieron en un atractivo y taquillero personaje. Hizo una serie de peleas, y llamó la atención de la cátedra que lo empezó a ver como una figura, que incluso se lució en cuadriláteros de Italia y España.

El campeón.
Su récord oficial, al retirarse, fue de 94 peleas, de las que ganó 74, 51 de ellas por la vía rápida; 8 derrotas y 12 empates.
Se iba a coronar campeón del mundo de los Súper Welter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) el 8 de octubre de 1976. Esa noche le ganó al español José Durán, ante 12 mil personas en el Palacio de los Deportes en Madrid.
Castellini aceptó defender la corona en Nicaragua, sin tener en cuenta las condiciones políticas que se daban en ese país. En Managua enfrentó al local Eddie Gazo, el 5 de marzo de 1977, miembro de la Guardia Nacional.

Amenazado por la Guardia Nacional.
En los vestuarios, y en el propio rincón -ya en el ring- sujetos armados lo amenazaron a él y a sus ayudantes: «Si no gana Gazo te matamos», le dijeron los matones. Era imposible ganar, y perdió la corona.
Habría de combatir tres años más, hasta que le consiguieron la revancha que se quería tomar: el 20 de septiembre de 1980 en Buenos Aires derrotó por nocaut al nicaragüense. Fue su última pelea.

Gimnasio en Buenos Aires.
Después de eso abrió en la Capital Federal un gimnasio de los mejores, donde concurrían figuras del espectáculo y del deporte, atraídos por la fama del pampeano que había sido campeón del mundo.
Dicen los que dicen saber que si algo tenía como propietario de la cotizada palestra porteña fue su obsesión por el trabajo y el orden. «Era un enfermo del trabajo», lo definió una de sus hermanas.

El final.
En los últimos años su condición física se fue deteriorando a causa de siete accidentes cerebrovasculares (ACV), y ahora no pudo sobreponerse al Covid y falleció a los 73 años.
Lo sobreviven su esposa Carina y sus hijos Miguel Ángel y Maximiliano y Aldana.
El año pasado se había ido Miguel «El Zorro» Campanino -otro grande-, y ahora es el momento de despedir a Miguel Ángel Castellini. ¡Hasta siempre campeón!