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La tarde que se afanaron un ring

FUE EN LA ULTIMA PELEA DE "MARAVILLA" MARTÍNEZ EN ARGENTINA

En una tarde lluviosa en Liniers, en el estadio de Vélez Sarsfield, se disputó la última pelea por un título del mundo en nuestro país. Lo que era una programación de lujo se convirtió en un bochorno.
MARIO VEGA
Era la tarde-noche del 26 de abril de 2013 y llovía copiosamente sobre Buenos Aires. En un ring armado en el centro de la cancha de fútbol de Vélez Sarsfield, Sergio «Maravilla» Martínez iba a defender su título mundial de los medianos frente al británico Martin Murray. Un programa estelar que para los pampeanos tendría un atractivo extra, porque también estaba estipulado que Sebastián Ceballos -muchos años radicado en Santa Rosa, y con varias presentaciones aquí- iba a pelear ante el ruso Abdusalamov.

El recuerdo del «Zorro».
A media tarde -acreditación como periodista de LA ARENA en la mano- me presenté en una de las puertas de ingreso al estadio. Una larga espera entre otros periodistas, algunos muy conocidos del ambiente pugilístico -Carlos Irusta, Osvaldo Príncipi entre los más conocidos- y muchos del interior como yo, y el diálogo de circunstancias: «¿De dónde sos?», «¿Estás acreditado?»… Hasta que al mencionar que era de La Pampa alguien preguntó si conocía al «Zorro» Campanino. Fue el momento en que los demás me prestaron atención… «Un catedrático del boxeo», «No me perdía ninguna de sus peleas en el Luna…», «el mejor boxeador argentino de los ’80». Todas palabras de admiración por el arte de Miguel Angel Campanino. Y un pequeño orgullo para mí en ese momento, como coterráneo que era del campeón.

«Peleó» Ceballos.
El día antes habíamos estado en Sheraton, donde se hizo el pesaje oficial, y allí vi a Ceballos al lado del ruso que debía enfrentar al día siguiente. Se sabe que el cordobés -hijo de Juan Carlos Ceballos- estuvo afincado entre nosotros y no solía lucir una figura atlética y por el contrario se le advertían rollos en el abdomen. Aunque no era un mal púgil… En la ceremonia del pesaje se veía su imagen muy lejos de la figura de su rival, cuya apariencia era absolutamente pétrea. Después, en pelea, esas diferencias aparecerían bien evidenciadas: muy poquito le duró Ceballos a Abdusalamov, que lo puso nocaut en 61 segundos. Sí, casi un bochorno.

Sorpresa desagradable.
Hubo otros combates hasta que llegó el plato fuerte: «Maravilla» frente a Murray. Instalado cómodamente en una cabina del estadio -con un catering propio de una gran fiesta-, vi un combate deslucido del argentino que, no obstante, ganó ajustado pero bien.
Faltaba aún un combate «complementario», pero seguía lloviendo y pensé que lo mejor era regresar al hotel temprano. Cuando me disponía a abandonar la cabina -en los prolegómenos de la última pelea-, me quedé observando que algo extraño estaba ocurriendo: sí, un grupo de salvajes -de qué otra manera llamarlos- habían subido al ring llevándose la «seguridad» por delante.

Sin trepidar.
Sin que nadie pudiera impedirlo empezaron a desarmar el cuadrilátero… ¿Terminaba el festival y se dejaba la cancha en condiciones para que volviera el fútbol?
No, nada de eso. ¡Se estaban afanando el ring!… tres grandulones enrollaban las cuerdas las colocaban en sus hombros y se las llevaban. Otros se dedicaban a sacar las maderas del piso, hasta que al final lo desmantelaron totalmente.
El papelón era universal porque el espectáculo se televisaba a todas partes.

Los vándalos de siempre.
Los «barra» de Vélez -respondiendo a su naturaleza vandálica-, habían hecho otra vez una de las suyas. Poco antes de subirse al ring habían golpeado y robado a un espectador al que se le ocurrió ir con la camiseta de San Lorenzo.. Pero tenían preparado algo más importante: desarmar el ring y llevarse sogas, maderas y todo lo que estaba por allí. Y eso hicieron sin que nada ni nadie pudiera detenerlos.

Y encima llovía.
En los vestuarios el marplatense Fernando Saucedo, quien debía combatir ante el británico Gary Buckland, en una pelea que podía ser su trampolín porque sería televisada a todo el mundo, lloraba desconsoladamente.
Los «muchachos» de la barra se habían afanado el ring, y frustraron sus ilusiones… Una más, y todo pareciera indicar que nada ha cambiado demasiado.
Me fui caminando desde el «José Amalfitani»… mascullando bronca: «Maravilla» no había lucido; el cordobés-pampeano Ceballos fue un fiasco esa tarde y, finalmente el hecho vandálico con que finalizó todo… Y además, llovía… y me mojaba.