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Una vuelta en el mundo de la regularidad

El tambor de encendido, a la izquierda, obedece a la mano sabia de su dueño. «Tiene una mañita para arrancar; si pasás la llave se pega», aclara Guillermo Aragón, que entrega su auto en marcha. El Peugeot 404 asoma su característica figura por el portón del club y el sol de la mañana realza el verde oliva de su pintura original.
El piloto, debutante, prueba por primera vez el motor de 1.600 cilindradas con una tímida pisada al acelerador. La mirada cómplice del propietario lo anima a más. Con un leve movimiento ascendente de la palanca, ubicada a la derecha del volante, pone primera. El modelo 1979 sale a las calles de la ciudad.
Las típicas «aletas» traseras con reminiscencias aeronáuticas, el brillo de los cromados y sus inconfundibles faros captan la atención de los madrugadores del domingo. Las miradas se multiplican mientras se pasea en busca de su primera parada.
Ya en la playa de estacionamiento de Canal 3, la navegante, experta en la materia, recibe la hoja de ruta y remarca los puntos más importantes. Los protocolos vigentes por la pandemia de coronavirus impiden el contacto con los demás participantes, que permanecen sobre sus autos, pero en el ambiente se percibe una sensación de unidad, como si las máquinas se relacionaran entre sí al ritmo de los motores.

Nada fácil.
No hay tiempo para deslumbrarse con estas joyas de otros tiempos que, juntas y en marcha, llegan a emocionar. Un par de impecables Torino, una reluciente Coupé Fuego, dos Ford Falcon, un Datsun, un Alfa Romeo, un Fiat 600, otro Peugeot 404 y un llamativo 403.
Todos tienen algo especial; invitan a acercarse a inspeccionarlos, a tocarlos, a sentirlos. Pero faltan pocos minutos para la largada y es momento de repasar los aspectos básicos.
«No es difícil, pero tampoco es fácil», advierte uno de los más experimentados en el tema. Y esta posibilidad que brinda el Primer Club de Autos Antiguos, Clásicos y Especiales de La Pampa permite corroborar en primera persona que esa máxima es acertada.
A simple vista no parece muy dificultoso llevar un auto a una velocidad promedio de 81 km/h en una ruta sin mucho tránsito. En los hechos, sin embargo, las cosas se complican. La reacción del vehículo, la geografía ondulante en algunas partes del recorrido, los mojones, los cronómetros, el GPS, el velocímetro, las marcas, los tiempos, los carteles, las zonas de controles… Una larga lista de alternativas, reglas y términos desconocidos se agolpan y por momentos nublan la visión. Y la competencia aún no arrancó.

Largaron.
Una carrera de regularidad consiste en realizar un recorrido a una velocidad y en un tiempo lo más cercano posible al estipulado por los fiscalizadores. El concepto, simple, es repetido por la copiloto con la intención de transmitir calma. Hasta que llega la hora. Un reloj anuncia la partida, los cronómetros se ponen en cero, el acelerador se deja sentir bajo la suela y el 404 se desliza sobre el pavimento.
«¡Qué lindo! Mi viejo tuvo uno por años. Los viajes que metimos. Gasolero, palanca al volante. Ibamos a la cordillera a 60 km/h, sin aire y con el (…) pegado a la cuerina. No te dejaba tirado nunca. Tremendo auto». Los recuerdos de un amigo, expresados en un mensaje de WhatsApp el día anterior a la carrera tras enterarse de la ‘travesía’, recorren la frente del conductor como si se tratara de un aviso en una pantalla led. «No te dejaba tirado nunca…», reaparece en primer plano. Pero es un auto desconocido para sus tripulantes, salido de fábrica cuando el piloto apenas festejaba su primer año de vida y conducido por un novato total en la disciplina. «Tremendo auto», repite, y se tranquiliza.
El tramo entre Canal 3 y la Ruta Provincial 14 es utilizado como prueba: se exige el auto hasta los 81 km/h que habrá que promediar en la primera parte de la carrera, se verifica el GPS prestado a último momento para tener precisión de la velocidad y se corrobora la estabilidad del Peugeot a ese ritmo. Todo parece estar en condiciones.

Problemas.
Tras la largada definitiva hacia El Tropezón la navegante asume prácticamente el dominio de la situación. Va detallando cada punto de referencia (mojones, carteles, ingresos a establecimientos rurales, etc), anota el tiempo de paso por ese lugar prefijado en la hoja de ruta y advierte al conductor sobre la necesidad de acelerar o disminuir la velocidad. Las cosas marchan sobre ruedas. O marchaban.
A los pocos kilómetros el GPS se apaga: tenía poca batería y el adaptador al viejo «encendedor» del 404 no lo carga. De allí hasta el final, el único instrumento que marcará ese ítem clave en la competencia es el velocímetro original del Peugeot. Primer gran problema «resuelto», pero…
Luego de las primeras referencias, una mirada de reojo a los cronómetros enciende otra alarma: uno de los dos no funciona bien. El «titular» indica una pasada 15 segundos por debajo de lo necesario y el «suplente» unos 10 segundos arriba. ¿Se hace un promedio? ¿Se elige uno y se descarta el otro? «En la semana le hice cambiar la pila», recuerda la copiloto, que en medio de la confusión pierde la lapicera.
Entre risas, el conductor retoma los ‘supuestos’ 81 km/h y la navegante, con el cronómetro de un reloj pulsera y un marcador fluor oficiando de birome, recompone la situación. Da un par de indicaciones y el Peugeot 404 verde, modelo 79, finalmente se mantiene en el ritmo deseado.

Un paseo.
El accidentado trayecto de ida hasta El Tropezón permite que la vuelta se disfrute casi como un paseo. La velocidad (a esa altura 82 km/h) es más o menos la esperada, el auto se siente más confiable que nunca, los tripulantes se entienden y los tiempos parecen ser los correctos.
La situación, por fin, invita a conversar de la familia de los autos antiguos y del mundo de las carreras de regularidad. Patricia Bailoff, habitual navegante de Martha Lluch y en esta oportunidad designada como acompañante del novato conductor, cuenta algunas anécdotas, habla de viajes, de la gran competitividad que hay entre los participantes, de los más profesionales, de asados y de charlas compartidas. «Extrañábamos mucho esta posibilidad de salir a la ruta a correr», reflexiona, y celebra que por la situación en la provincia esta sea la segunda vez que hay una competencia luego del prolongado parate por la pandemia.
Los 70 kilómetros de vuelta se pasan volando. Ya tranquilos en el playón de Canal 3, las anotaciones son volcadas prolijamente en la hoja de ruta definitiva que, protocolos mediante, llegará a manos de los fiscalizadores.
Ahora es el conductor el que hace girar la llave con precisión para poner en marcha el motor. El 404, con la tarea cumplida, marcha a paso lento hacia su guarida en el Club de Autos Antiguos, Clásicos y Especiales de La Pampa. A su paso vuelve a convocar miradas. El piloto, canchero, baja la ventanilla, saca un brazo y cruza la ciudad orondo. Terminó décimo entre doce, pero tiene ganas de abrir el techo corredizo de ‘su’ coqueta máquina y saludar como si hubiera ganado el campeonato del mundo. «Tremendo auto», suspira.

Pereyra-Mansilla, los ganadores
La prueba de regularidad «Día del Periodista», organizada por el Club de Autos Antiguos, Clásicos y Especiales de La Pampa, fue ganada por Horacio Pereyra y Gustavo Mansilla, al mando de un Peugeot 403.
Las posiciones finales de la competencia disputada ayer fueron las siguientes: 1º Horacio Pereyra-Gustavo Mansilla (Peugeot 403); 2º Martha Lluch-Maribel Cowan (Ford Falcon); 3º Rubén Villegas-Leonardo Santesteban (Peugeot 404); 4º Alejandro Salas-Vanesa Guido (Coupé Fuego); 5º Lalo Rojas-Marco Díaz (Alfa Romeo); 6º Raimundo Di Pietro-Alcides Di Pietro (Coupé Fuego); 7º Cacho Elorza-Carlos Monasterio (Fiat 600); 8º Mauricio Villafañe-Emanuel Villafañe (Ford Falcon); 9º Lucas Palacios-Ricardo Barroso (Datsun 120A); 10º Martín Farcey-Patricia Bailoff (Peugeot 404); 11º Mónica Quintero-Miriam Alvarez (Torino); 12º Daniel Wilberger-Eduardo Alvarez (Torino).