domingo, 27 septiembre 2020
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La reinvención de Federico Molinari

El gimnasta Federico Molinari, finalista olímpico en Londres 2012, se la rebuscó ante el contexto que entregó la pandemia sin torneos ni clases: se mudó de casa, vendió equipamiento deportivo y armó exitosas olimpiadas virtuales sin descuidar la acción social, con la mejora de un merendero.

A sus 36 años, Molinari aspira a poder vivir los momentos finales de su carrera como deportista pese a los cambios de planes que produjo la pandemia.
  
La medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Lima 2019 había empezado a cerrar el círculo y por eso, en medio de los festejos, se había atrevido a pedirle matrimonio a su esposa Paula, en una acción que se volvió viral rápidamente.
  
Durante principios de marzo, cuando estalló la pandemia, Molinari estaba disputando dos Copas del Mundo, buscando su última chance para llegar a los Juegos Olímpicos de Tokio.
  
El santafesino debió reinventarse para sobrevivir, tras la suspensión de las competencias y cerrar las tres sucursales de su escuela de gimnasia.
  
Pero fiel a su carácter, el especialista en anillas no se quedó quieto: se mudó a una casa con un alquiler más barato, se puso a vender el equipamiento deportivo de un sponsor y presentó un proyecto a un municipio para organizar unas olimpiadas virtuales.
  
Todo esto le permitió capear el temporal económico que desató la pandemia pero, además, le quedó tiempo y energía para seguir de cerca el proyecto social que eligió en el programa «Huella Saint Gobain» con la mejora de infraestructura del merendero «Sueños de Dios», en el barrio Bancalari, en la localidad bonaerense de Tigre.
  
«Cuando cerramos las escuelas de gimnasia, el 19 de marzo, al principio pensamos, como la mayoría, que esto duraría unas semanas, pero al mes nos dimos cuenta que venía para largo y lo primero que hicimos, aprovechando que se nos terminaba el alquiler, fue mudarnos. Luego nos achicamos en los servicios y después empecé a vender equipamiento deportivo, algo que se puso de moda con la gente entrenándose en las casas. Tuve más de 100 pedidos, pero fue estresante porque había poco stock. Igual, seguimos porque teníamos alquileres y sueldos (de profesores) que pagar y la recaudación había bajado muchísimo porque pasamos de 400 alumnos a 50 chicos a través de la plataforma Zoom. Fuimos tapando agujeros y zafando, pero no resultó nada fácil», detalló Molinari.
  
Luego, viendo a sus hijos y alumnos, el gimnasta se dio cuenta de que pasaban demasiado tiempo frente a las pantallas – sean TV, tablets o celulares- y así pensó en un torneo virtual de gimnasia.
  
Luego lo amplió a otros deportes, habló con referentes de distintas disciplinas y lo presentó en el municipio bonaerense de San Isidro, que lo aprobó.
  
Arrancó con una especie de olimpiadas en las que participaron 2.000 chicos, con streamings en vivo y gran movida en redes sociales.
  
«Las familias se prendían a ver a sus hijos, primos o nietos. Y se sumaron embajadores de cada disciplina: Seba Crismanich en taekwondo, Paulita Pareto en judo, Yas Nizetich en vóley, Santi Alvarez y Rodrigo Etchart de los Pumas, Abigail Magistrati en gimnasia y hasta Santi Lange en una novedosa competencia de vela virtual. Nos sirvió como una nueva fuente de trabajo y también para sacar a los pibes de las pantallas», contó.

LA REINVENCION.

Ahora, por suerte, pudo abrir dos de sus academias, en las localidades bonaerenses de Don Torcuato y Caseros, en las que tiene espacio al aire libre.
  
«Son clases más personalizadas, con un profe cada cuatro alumnos. Pero fue una alegría, para nosotros y para ellos, luego de cinco meses. Verlos socializar y empezar a moverse les cambió el humor», resalta el de San Jorge, quien a la vez también se entrena para estar listo cuando vuelvan las competencias. «Quiero retirarme con algún buen torneo, logrando algo importantes y así cerrar el círculo», sostuvo.

Su reinvención durante la pandemia y las limitaciones de traslado no evitaron que Molinari siguiera de cerca el avance de su proyecto social, en el merendero «Sueños de Dios» inaugurado en diciembre pasado.
  
La empresa que lo auspicia se encargó de revocar paredes (200 metros cuadrados), pegar cerámicos, hacer una carpeta en el piso (70m2) y poner una membrana líquida en el techo (90m2) para terminar un salón que funcionara de comedor y acondicionar las instalaciones ya construidas para que sean espacios para realizar diferentes talleres.
  
Esta semana, volvió para una nueva visita: «Me encontré con un lugar que sigue avanzando, ampliándose y que, por la crisis, además de dar de comer a 70 chicos, ahora está asistiendo a sus familias. Son, en total, unas 200 personas. En medio de la pandemia… Y en medio del sufrimiento porque a Silvina y Miguel, los dueños del comedor, se les murió el papá de Covid y hoy estaban ahí. Son grandes luchadores, es realmente emocionante lo que hacen».
  
«Con este programa descubrí la sensación de plenitud de colaborar con el otro, es algo que me permite sentirme mejor ciudadano. Es un honor pertenecer a Huella, junto a tantos embajadores prestigiosos y que, entre todos, cada año podamos encarar un proyecto distinto. En mi caso, en el 2018 fue mejorar la infraestructura de un comedor en Manzanares y en 2019 en José León Suárez con un centro de capacitación para jóvenes de bajos recursos», cerró. (NA).