Inicio El Pais Sorpresiva publicación de libros del "Chesterton argentino", admirado por Borges y Sábato

Sorpresiva publicación de libros del «Chesterton argentino», admirado por Borges y Sábato

La sorpresiva publicación de los diez libros que reúnen la narrativa completa del injustamente olvidado escritor Manuel Peyrou, considerado «el Chesterton argentino» por la crítica, íntimo amigo de Jorge Luis Borges y figura central del grupo Sur, puede ser considerada la apuesta más fuerte que realiza el golpeado mundo editorial en este 2021.

La editorial Libros del Zorzal acaba de sacar de imprenta -y de colocar en las librerías argentinas- los nueve libros de Peyrou publicados originalmente entre 1944 y 1969 por las editoriales Sur y Emecé. A estos se suma un décimo texto que completa su narrativa con diez cuentos dispersos en revistas y diarios.

No es para menos. Golpeada como vienen todas las editoriales en la Argentina desde antes de la pandemia, Libros del Zorzal se anima a encarar este año el ambicioso proyecto que le propuso Monacci. «Para mí fue recuperar una tradición familiar de lectores de Peyrou, empezando por algunos libros que tenía en casa» asegura el estudioso y narra la génesis de esta aventura editorial: «Después recurrí a la bicicleta para ir recogiendo por Buenos Aires los ejemplares de segunda mano que encontré de las primeras ediciones, para recuperar esos textos y someterlos a una lectura conjunta con Oscar Peyrou, el sobrino escritor de Manuel», explica.

Junto a los responsables del sello, el investigador revisó los textos del autor para aplicar criterios uniformes y realizar el trabajo gráfico que reviste a estos libros de una presencia y una fuerza de colección notables.

Manuel Peyrou nació en San Nicolás de los Arroyos el 23 de mayo de 1902 y murió en Buenos Aires el 1º de enero de 1974. Descendiente de una estirpe similar a la de Borges, uno de sus mejores amigos. En sus antepasados figuran el coronel Manuel José Olascoaga, descendiente del conquistador Martínez de Irala, y del político Bernardo de Irigoyen. Comenzó a colaborar en «La Prensa» en 1935 y sus primeros cuentos aparecen compilados en el libro «La espada dormida», publicado en 1944, del cual el autor de «El Aleph» dice: «Toda improbable antología futura que no incluya ‘La espada dormida’ o ‘La playa mágica’ me parecerá, bien lo sé, un libro inexplicable y algo monstruoso».

Hasta este momento la suerte augurada por Borges no se había cumplido.

En 1948, Peyrou publica su primera novela policial «El estruendo de las rosas». Sobre ella dice el escritor Ernesto Sabato dice: «Con una intriga policial perfecta, la novela tiene méritos que le confieren un interés autónomo: el incontenible humorismo, la belleza de ciertos paisajes, la precisión del diálogo y en general de toda su prosa, que coloca a esta novela entre las mejor escritas en nuestro país». Por entonces, el autor de «Sobre héroes y tumbas» considera a Peyrou «chestertoniano».

Esta exitosa novela, con un título hermético que deja de serlo con la lectura del primer capítulo, «El estruendo de las rosas» -que tiene reminiscencia de la época al estilo de «El perjurio de la nieve» de Adolfo Bioy Casares, también amigo del escritor, transcurre en un país imaginario habitado por personajes centroeuropeos y gobernado por un dictador, quien dispone que la indagación del crimen de su antecesor Gesenius la realice el propio sospechoso de haberlo realizado, Félix Greitz.

El investigador-acusado es un intelectual, admirador de Shakespeare y de los cuentos policiales de Chesterton, quien luego de descartar distintas hipótesis a lo largo de toda la novela culmina con un sorprendente e indecible hallazgo. Como en el cuento «La muerte y la Brújula» de Borges, en la geografía y los nombres imaginarios, el lector argentino puede descubrir referencias a ciudades o movimientos políticos propios, y preocupaciones centrales de la obra y la vida de Peyrou acerca de la relación con el poder.

Las sensaciones manifestadas por Monacci como lector del escritor «son de frecuente estremecimiento ante un autor que conserva plena vigencia» y además afirma que se lo puede caracterizar como el «Chesterton argentino», porque se animó a la novela realista y escribió también cuentos no policiales que están a la altura de los mejores escritos en español. «Describió como nadie ciertos lugares de Buenos Aires por donde pasaba no solamente su escritura sino también, evidentemente, su vida», afirma el curador.

En 1953 Peyrou publica el libro de cuentos «La noche repetida» y en 1959 la novela «Las leyes del juego»: ambos marcan la inclinación del autor por el policial, junto con una irreverencia en el humor que comienzan a delinear el ritmo de los temas centrales que se desplegarán en el resto de su obra. La mezcla de pasión amorosa y entusiasmo político sostiene lo central de su narrativa, acompañado siempre de una pormenorizada descripción de Buenos Aires y del gusto por el ambiente del crimen y el policial. Temas que aparecerán en los cuentos de 1961 «El árbol de Judas» y de «Marea de fervor» publicados en 1967 y en sus novelas «Acto y ceniza» de 1963, «Se vuelven contra nosotros» de 1966 y «El hijo rechazado» de 1969.

En los relatos de «Decadencia de la Antropofagia» -hasta ahora inéditos salvo su aparición en diarios y revistas- «están centrados en la soledad y corresponden con una etapa madura y más bien sombría, aunque no exenta de voluntad de optimismo» subraya Monacci y agrega: «algo de eso aparece también en la última novela, ‘El hijo rechazado'».

COMO UN NUEVO AUTOR.

Para las nuevas generaciones de lectores, el proceso de olvido al que fue sometido Peyrou es casi una ventaja: lo van a leer como un autor nuevo, casi como un contemporáneo. Monacci señala que en estos diez libros el lector encontrará «a un autor inteligente, humorista, imprevisible y variado, crítico en general de las ‘poses’, crítico de cualquier cercenamiento de las libertades individuales, de los nuevos ricos, de los corruptos, de los ambiciosos; algo mujeriego, algo gourmet, enamorado del centro de Buenos Aires y sus posibilidades».

El investigador es consciente de que el mundo editorial tiene reglas propias, atadas a cuestiones económicas, pero «el olvido es un mal general que trabaja con rapidez también en medios intelectuales como la crítica», señala y propone hacer un interesante ejercicio: tomar una docena de autores argentinos ganadores de premios literarios de una década del siglo XX y buscar cuántos han sido reeditados en el último medio siglo. «Los resultados son sorprendentes: casi nadie» asegura. Por eso Monacci manifiesta que «conviene una actitud de agradecimiento y alegría, para con las editoriales y los críticos, en los pocos casos de autores que siguen dando que hablar y que publicar, sean esas poquísimas reediciones de un canon extremadamente corto de ‘clásicos’, sea la atención editorial o crítica dada a las nuevas generaciones».

Otra clave de lectura de la obra de este escritor que estuvo durante veinte años en el centro de la escena literaria argentina, es la entrada que propone el curador. Es necesario saber que en las novelas posteriores a «El estruendo de las rosas», Peyrou usó un procedimiento, que hizo famoso originalmente Balzac, de hacer reaparecer ciertos personajes atravesando los límites de cada novela: así podría suponerse que el lector que ordena esas lecturas consigue claves sobre un personaje que provienen del conocimiento de ese mismo personaje en la novela anterior.

Sin embargo, tanto para estas novelas como para los libros de cuentos es absolutamente posible la lectura desordenada y hedonista. Para una idea inicial de lectura en modo «tanteo» Monacci se anima a recomendar el cuento «Pudo haberme ocurrido», el cuento «Muerte en el Riachuelo» y el cuento brevísimo «El vendedor de Biblias». A partir de ese primer contacto, propone el experto una novela centrada en un crimen y un amor como «Las leyes del juego», que puede ser una excelente puerta de acceso al gran novelista.

Borges le dedica a Peyrou algunas de sus reseñas, le escribe un poema y en diciembre de 1985 hace una sentida evocación publicada en el diario El País, donde manifiesta que «con el mismo agrado y con la misma curiosidad que sentí por primera vez, hace ya tantos años, releo la obra de mi amigo Manuel Peyrou». Esta fuerte apuesta editorial va en esa línea de lectura. (Télam).