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«El Salitral», un lugar de encuentro que va más allá del baile y la danza

Desde hace 26 años Alba Marín y Pablo Ruggieri concretan cada día el sueño que no dejan de perseguir: que «El Salitral» sea un lugar de encuentro que va mucho más allá del baile y la danza.

Pablo está sentado y cuenta una antigua anécdota ocurrida sobre un escenario. De pronto sale eyectado de la silla en un solo movimiento y se desliza con las dos rodillas sobre el piso. La reacción es sorpresiva pero en realidad nadie se sorprende. Es la más clara y espontánea manera de poner en evidencia, y en un solo segundo, el amor que le pone al baile, al movimiento, a la expresión, a la docencia. A todo eso y mucho más que junto a Alba supieron edificar desde que se conocieron días antes de la primera función, en el teatro Colón, del Ballet Folklórico Nacional, en julio de 1990.

«Nos conocimos en el Ballet y cuando nos vinimos a Santa Rosa nos quedamos sin trabajo pero teníamos un proyecto. Buscábamos un lugar que uniera las dos cosas: que tenga un espacio para dar clases y a la vez un lugar para vivir porque era imposible pagar dos alquileres. Recorrimos mucho, mi mamá nos acompañó a todos lados, y cuando vimos y entramos a esta esquina, subimos al auto y empezamos a gritar de contentos», recordó Alba sobre el edificio en Joaquín V. González 102, en el cruce con la calle Sarmiento, ahí donde El Salitral se convirtió en una academia de danzas por la que pasaron miles para, desde el eje del movimiento corporal, sentir y expresar todo lo que puede salir del cuerpo, la mente y el corazón. Para soñar con una carrera profesional o solo para hacer algo. Un lugar en el que puede habitar el sueño de la excelencia y también, al mismo nivel, el perfil social.

Alba Marín (53, de General Pico) y Pablo Ruggieri (52, de Buenos Aires) formaban parte de un elenco con bailarines de todo el país, eran protagonistas de un hecho inédito hasta ahí y que contaba con la dirección de dos leyendas del baile nacional, Santiago el «Chúcaro» Ayala, y Norma Viola. Pero decidieron otro rumbo y tomaron la ruta nacional 5 para darle forma a su propio camino emprendedor.

«En noviembre, antes de viajar, sacamos un crédito del Banco Pampa para hacer todas las reformas y en marzo del año siguiente nos vinimos: endeudados, sin trabajo pero con la determinación de vivir de esto. Para el casamiento nos regalaron la luna de miel así que cuando volvimos arrancamos con una alumna. Al final del año eran siete, pero fue terrible el inicio. Con el Ballet habíamos hecho una función en Trenque Lauquen y por suerte nos llamaron de ahí. El club Barrio Alegre nos contrató y ahí trabajamos. En los primeros dos años hacíamos casi tres mil kilómetros por semana: no teníamos auto así que era todo en colectivo porque íbamos a General Pico, General Acha, Trenque Lauquen y Santa Rosa», contó Pablo.

Era el año ’94 y aunque la pareja venía con toda la «chapa» del Ballet Nacional, «acá éramos uno más». «Fue muchísimo laburo. Al tiempo Pablo entró a la Municipalidad pero todo nuestro esfuerzo siempre fue para El Salitral. Nuestra idea siempre fue armar un centro cultural, fomentar que el bailarín es un artista y no algo que solo se mueve. En un principio soñábamos con tener un albergue para chicos del interior, que puedan venir y que el bailarín tenga formación actoral, profesional. Acá no existe eso, invertir en la formación cultural no forma parte del pensamiento global».

Centro cultural

Alba y Pablo saben lo que es invertir en su proyecto. A lo largo de los años generaron distintos espectáculos del máximo nivel como ‘Divino Tango’, ‘Mujeres son las nuestras’, ‘A Consideración’, pero también destinaron ahorros a comprar todo lo necesario para, en algún momento, concretar ese centro cultural donde puedan converger una milonga, un recital, una cena show. Un punto neurálgico de música, arte, vínculos y, por supuesto, baile.

«Estamos trabajando para el centro cultural. Durante muchos años compramos una remera para los dos: a mi me quedaba grande y a Pablo ajustada, entraban dos pesos y eran para comprar una tela. Todo lo que ingresaba que no comíamos, iba a parar a nuestra profesión: así compramos la cocina, la freidora, las sillas, mesas, cubiertos, tenemos todo. Este trabajo no te da la posibilidad de manejarte de otra manera, si no lo ponés en tu agenda de gastos habituales, nunca va a poder ser», cuenta Alba.

En estos nuevos tiempos marcados por una pandemia que se ensaña en alejar y mantener distancia, el baile lo sufre. Pero no impide las ganas ni la necesidad de expresar, de decir. Hoy en El Salitral se puede bailar y aprender folklore y tango (con Alba y Pablo), flamenco (con María Lis Olivera), danza contemporánea (con Luciana Gómez Arzani) y, desde este año, bombo y cajón peruano con Pablo Ardovino.

«En nuestra carrera de emprendendores (se ríe Alba) fue un hito que venga gente a dar clases, nos costó muchísimo tomar la decisión, porque es tu casa y vos sabés el laburo que te dio. Nos gusta trabajar con respeto y diversión pero con excelencia, y eso depende de cada quien. Nuestro objetivo es que aprender a bailar no sea un acto pasivo, que no sea un proceso de copia por el cual salgan Albitas y Pablitos. Por ahí mucha gente tiene la idea de que para venir a El Salitral tenés que ser alguien súper preparado, y todo lo contrario. Este también es un proyecto social y así lo desarrollamos».

Contexto

En el estudio de danza de Alba y Pablo la libertad es un principio que no se toca. «Nuestro sistema de enseñanza es desde lo orgánico, es a partir de tu cuerpo y no al revés, por eso no hace falta saber bailar. Nosotros fomentamos la anarquía, se trabaja mucho la creatividad, después hay que ver cómo ordenamos esa anarquía original, pero tenemos varios grupos anarcos y los alentamos a que sean así. Con la llegada de la pandemia arrancamos con la propuesta online y hoy seguimos filmando todas las clases, se suben a grupos cerrados de Facebook y ahí te podés ver y la gente te va a haciendo las devoluciones. Este nuevo contexto nos habilitó esa posibilidad. Por supuesto que lo que nosotros hacemos de toda la vida se nutre del abrazo, del contacto, de la mirada, de todo lo que hoy se restringió, pero hay que seguir adelante y en eso la gente te demuestra sus ganas y su necesidad. Acá preparás tu alma para soltar, para que a través de tu cuerpo puedas expresar un montón de cosas que tenés adentro», cuentan la mamá y el papá de Laureano (21), Margarita (19) y Antonio (11) que también son la madre y el padre de ese lugar que una frase de muro puede definir con precisión: «Hay atajos para la felicidad, y el baile es uno de ellos».