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La saga del herrero

Daniel Elizondo representa el linaje de un apellido ligado a lo más destacado de la herrería pampeana, un sello de trabajo y calidad que va desde grandes proyectos edilicios hasta pequeñas obras de arte.

Un escudo de La Pampa que recibe Diego Maradona cuando entrenó en la provincia antes del Mundial ’94, la llave de la ciudad de Santa Rosa en manos de la expresidenta (y actual vicepresidenta) Cristina Fernández de Kirchner en 2008, el globo terráqueo de la muestra «Hierro sensitivo» en la estancia La Malvina. Daniel muestra las distintas portadas con las fotos principales de La Arena y cada imagen dispara historias y anécdotas que hacen irresistible no zambullirse de inmediato en ese mundo encantador, el del mundo de los Elizondo, un planeta construido con la fuerza del metal y con la creatividad, el oficio y los atributos de quienes encontraron en la herrería un estilo y una filosofía de vida. Una forma de ser.

«Mi viejo siempre fue muy autodidacta, tenía poco estudio pero era un tipo muy curioso, parecía un universitario, sobre todo le gustaba saber. Su historia de vida lo había limitado bastante entonces trató siempre de autoformarse, estaba al tanto de todo y era muy inquieto. Todo eso lo trasladó a la herrería y los seis hijos fuimos sus ayudantes desde chiquitos, lo heredamos de él directamente y cuando sos chico lo empezás a hacer como un juego. Después ya te queda para siempre», cuenta Daniel «el Flaco» Elizondo (56), uno de los hijos de Eduardo, el transmisor de un linaje hecho a golpe de masa y obsesión por el detalle.

Entrar al taller de la calle Leguizamón al 1050 (cel. 2954 556073) es encontrarse con un galpón típico de herrero, pero ese micromundo tiene mucho más para mostrar y deleitar. Entre álbumes de fotos y repisas asoma medio siglo de trabajos en los que hay objetos utilitarios, ornamentales y piezas cercanas a la escultura que reivindican a la herrería como oficio y técnica para la creación. Una expresión de la orfebrería que deja los ojos bien abiertos y amplifica las ganas de ver y conocer el legado Elizondo.

«La muestra que hace unos años se hizo en la estancia La Malvina fue la que más tiempo estuvo, la gente la pidió porque no era una muestra estática; nosotros estábamos todos ahí y hacíamos el recorrido contando y explicando, así que venían los chicos, los padres, la familia. Ahí fue donde mi viejo mostró un globo terráqueo diez millones de veces más pequeño que la Tierra y con su exacta inclinación en 33º. Le llevó ocho años hacerlo. Cuando mi papá entró a trabajar como empleado de la Provincia aprendió mucho de catastro, era fanático de los mapas, por eso hizo el globo terráqueo a escala cartográfica: lo hizo como un matemático».

Daniel mezcla los trabajos de su padre con los propios. Por momentos parece que armaban una especie de competencia para lograr el mejor tesoro de metal. «Pero el maestro siempre superaba al alumno», concede el Flaco con una sonrisa.
Réplicas de insectos, motos, bicicletas, carros y cámaras fotográficas antiguas. Parejas bailando tango, lustrabotas y hombres salidos de alguna milonga donde abundaron las copas: un «chiche» de una silueta humana sosteniéndose con un farolito porteño y con un pucho del que «cuelga» toda la ceniza.

«Estas son cosas que uno hace por gusto, no es que te las pidan. Tanto mis hermanos como yo vivimos de la herrería pesada, de hacer portones, rejas, lo que sea. Para nosotros cada laburo es un desafío, por eso una vez que incorporás el metal le querés sacar todos los secretos que tiene, entonces ahí sí te hacés orfebre. Yo laburo exclusivamente de esto y es un trabajo muy inestable, por eso estas cosas artísticas, de artesano te diría, brotan de uno. Son pequeñas muestras de lo que nos gusta este oficio», dice Daniel mientras muestra un Quijote junto a su fiel escudero Sancho Panza hecho con tornillos y tuercas, una escenografía con un baterista o unos equilibristas hechos con piezas móviles que les permiten moverse como en un circo.

Siempre emprendedor

La charla con Elizondo se dispara en distintas direcciones, caminos que lo encuentran también como músico, montañista o jugador de paddle. Un hombre multifacético que cada cosa que hace está impregnada de conocimiento y pasión. Un artesano del tiempo que transforma cada día en una obra que vale la pena conocer.

«Hoy nosotros les hacemos trabajos a los hijos de los padres a los que mi viejo les hizo las rejas o los portones de la casa, es decir que se traspasa en generaciones. Muchos pueblos de la provincia tienen en sus entradas pórticos de metal que hicimos nosotros, y los escudos de La Pampa que en su momento nos pidieron mucho. Yo los empecé a hacer más chicos y cuanto más chico laburás, más trabajo da, todo se complica cuando es en miniatura. Cuanto más detalle más complejo. Lleva muchísimo tiempo, por eso en esos casos es un trabajo de obsesión», explica Daniel mientras exhibe un modelo de escudo que le demandó nada menos que «50 mil golpes de masa».

Durante años el «Flaco» combinó su labor de herrero con la batería del reconocido grupo Villcabamba y también con su búsqueda de desafíos permanentes como ir a la Cordillera de Los Andes y llegar al lugar al que pocos acceden: el sitio donde cayó el avión de la tragedia y el milagro, el de los rugbiers uruguayos en el ’72.

«A cada cosa que hago me gusta ponerle toda la pasión, muchos sábados a la tarde me gusta venir solo al taller, poner música, y ponerme a trabajar. Este es un laburo en el que el cuerpo se expone muchísimo y no es redituable de acuerdo a lo que demanda, pero el oficio lo heredamos desde muy chicos. Mi viejo tenía una frase: ‘todo el mundo empieza de abajo, el único que empieza de arriba es el pocero’. Por eso las cosas hechas con esfuerzo se valoran más, y hacer cosas artísticas es lo que te permite dejarle tu marca, tu cuota de identidad», resalta Daniel junto a un molino de viento de más de un metro y de retratos de Perón y el «Che» Guevara, obras que sin duda llevan estampadas un sello único, el del hierro y el de Elizondo. Un mundo que vale la pena conocer.