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Laburante del sabor

Jorge Pistará y su familia son sinónimo de «Piú», una heladería artesanal que se ganó su propio espacio en Santa Rosa a fuerza de trabajo, calidad y exquisitez. Proyecta crecer hacia Toay y en puntos de venta.

Cuando se piensa que periodísticamente hay una buena historia para contar, es claro que el eje tiene que ser (en el caso de los emprendedores) cómo fue que llegaron a poner en marcha la idea, qué obstáculos superaron, cómo crecieron, las veces que se estrellaron, los buenos momentos. Un compendio de mini historias que hacen al guión principal. Pero también tiene que haber alguna anécdota que valga la pena tener un espacio. Y Jorge y Laura la tienen.

«Los dos nacimos el mismo día del mismo año, nos conocimos de jóvenes en un boliche y empezamos a noviar. Ella y su familia se trasladaron desde el Gran Buenos Aires a Santa Rosa en la década del ’90 y yo en ese momento trabajaba en un banco, así que cada 15 días viajaba los viernes y estaba hasta el domingo que tomaba el micro de vuelta y llegaba derecho a trabajar. Un día dije: ‘le voy a dar una sorpresa’. Y no le avisé nada que venía. Pero resulta que justo ella decidió lo mismo y fue para allá».

Mientras Jorge se bajaba en la Terminal de Santa Rosa, Laura y su familia lo hacían en Retiro. «Encima cuando llegué perdí la billetera, me pasó de todo. Ese mismo sábado me tomé un colectivo ‘lechero’, 12 horas tardé en llegar, entraba a todos los pueblos. Pero nos vimos aunque sea un rato», se ríe Jorge al recordar esa anécdota que vale la pena para sumar a la gran historia.

Jorge Pistará tiene 48 años y es oriundo de Hurlingham, bien en el oeste del llamado conurbano bonaerense. Cuando Laura se mudó a Santa Rosa el amor pudo más y él la siguió. Hoy tienen cuatro hijos, una fábrica y heladería artesanal y toda una historia de trabajo, esfuerzo y «pampeanidad» compartida.

«Cuando trabajaba en el banco tenía un buen sueldo pero no me alcanzaba, así que los fines de semana trabajaba en la heladería de un amigo y me hacía unos mangos extras. Desde los 16 empecé a tener contacto con el helado. Cuando ese banco Patricios se fundió, yo agarré un retiro voluntario y me vine a Santa Rosa. Cuando llegué fue Roberto Torres, en ‘Roberts’, el que me abrió la puerta así que entré a la parte de fabricación y atención al público. Yo ya tenía experiencia», relata Jorge sobre el año ’98, cuando se instaló definitivamente en la ciudad.

Cuando Jorge se acomodó a su nueva vida, estableció contactos y con un socio pudo abrir su local propio, en la calle 9 de Julio, pero el emprendimiento no funcionó. «Estábamos al lado del kiosco ‘Yuyo’ y no había caso, era después de la plaza y la gente no iba, eso siempre fue muy marcado en la gente de Santa Rosa. Además justo Cecchetto había abierto un local muy vistoso y no pudimos competir».

Volver a empezar

Pistará volvió a ‘Roberts’, además hizo todo tipo de trabajos y siempre la peleó. Y cuando pudo tener máquinas propias abrió la venta al público en su casa del barrio Santa María de La Pampa. «Yo tenía claro que eso no podía extenderse porque la gente no salía a pasear y llevaba a los nenes a tomar un helado a un garage, así que al tiempo con un socio pudimos abrir una heladería en avenida Luro y O’Higgins, en 2015. Cuando no dio para más y no funcionó, cerramos y yo volví a manejar un taxi».

Jorge tiene muy claro su origen. «Tanto mi familia como la de Laura somos familias bien laburantes, siempre fue así. Yo vengo de muy abajo, en mi casa no había sillones ni cortinas ni ningún sobrante de nada. Eso sí, como buen italiano mi viejo se encargaba de que se comiera bien, así que eso nunca faltó».

La pareja le transmite ese espíritu a Agustín (24), Rodrigo (22), Lucía (16) y Julieta (14), siempre dispuestos a dar una mano en la heladería que desde 2016 funciona en la esquina de Hilario Lagos y Moreno, en el macrocentro santarroseño.

«Con Laura tenemos una forma de pensar que no es de ponerlos a laburar a nuestros hijos, pero sí les enseñamos que hay que empezar de abajo, que nadie te regala nada. Que hay que poner el pecho y si hay que venir y ayudar para pasar un trapo de piso, despachar, lavar un vidrio, venimos. Este es un negocio que te demanda mucho, así que entre todos le metemos para adelante. Agustín está estudiando en Córdoba pero por la pandemia está acá así que colabora en todo».

En expansión

La «Piú» abrió sus puertas el 21 de septiembre de 2016, y en estos casi cuatro años creció y se consolidó como una alternativa excelente a la hora de tomar un helado artesanal. La combinación de calidad, innovación y buen precio la ubican entre lo más recomendable a la hora de hacerle un mimo al paladar. Y por eso se ganó su lugar.

«La verdad que nos ha ido bien, he aprendido a hacer un helado que le gusta al cliente. Quien viene acá, viene porque le gusta tomar helado. Y tenemos un dulce de leche que es excelente, el chocolate está hecho con chocolate belga de primera calidad, al granizado le damos un tratamiento que lleva más tiempo y más plata, pero es único. Tenemos un gusto, Panacota, que tiene mucho éxito. Acá la consigna es no resignar nunca la calidad de la materia prima, y a eso agregarle nuestro sello, que es de la Piú».

En pleno invierno y con una pandemia mundial afectando todo, el panorama de la heladería podría adivinarse complicado, pero Jorge ofrece una postal diferente y alentadora.

«Al principio pensamos que la pandemia nos iba a complicar más, pero la gente se volcó rápido al pedido de delivery (Celular 2954 507239). Hoy la gente toma helado todo el año, por supuesto que el fuerte es el verano, pero al estar encerrada bastante tiempo en la casa, se permite darse más gustos».

La «Piú» ya puso en marcha su plan de expansión: sus sabores estarán en una tienda de golosinas en la avenida San Martín («ya adquirimos un freezer así que hay que plotearlo y después definir bien el packaging para los productos») y el paso siguiente es la posibilidad de abrir un segundo local, pero en Toay.

«Cuando abrimos quedamos con una mano adelante y otra atrás, pero pudimos levantar todo lo que pedimos de préstamo y nos acomodamos. Sabemos muy bien que no se puede aflojar y acá estamos», dice Jorge, en pleno proceso de una historia que seguramente tendrá mucho más para contar.