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Pasión de costureras

Una historia sobre tres mujeres que heredarςon el amor por la costura y terminaron generando un exitoso emprendimiento familiar: el taller de confecciones «La Nona».

Todo empezó con Ilda Ferrari (75), la abuela: «mi mamá también cosía. A mí me gustaba observarla y ayudaba en lo que podía. Vivíamos en el campo, ella arreglaba ropa y hacía prendas con lo que había, incluso transformando trapos viejos». Con el tiempo se mudaron a Toay, donde Ilda terminó la escuela. «Pero cuando me casé fuimos a vivir al campo, donde me dediqué a atender hijos (tuvo cinco) y a coser. Mi suegra me había entregado una máquina a pedal y todo lo que hacía era para mi familia».

Pero hace 50 años «las cosas no eran como ahora. Veníamos al pueblo cada 15 días a buscar lo que necesitábamos». Ilda aprovechaba para aprovisionarse de hilos, botones, algunas telas, y todas sus costuras tenían destino familiar. «Más que nada hacía arreglos, aunque empecé a modernizarme comprando revistas de modas que traían moldería. Cada vez me gustaba más, pero nunca hice cursos porque para eso había que estar en el pueblo».

«Tenía la máquina, que resultaba un mueble grande, en mi habitación y nunca abandoné la costura. Todavía sigo cosiendo todos los días, es algo que me apasiona», reitera la Nona. La vida en el campo «era dura», pero allí crió y enseñó «a trabajar» a sus cinco hijos: durante muchos años «confeccionaba ropa para ellos», hasta que «aparecieron los nietos y pasaron a ser la prioridad».

Legado.
Su hija mayor, Ilda (54) está casada con el ex futbolista Omar «Pipío» Guzmán y se dedica a cortar en el taller que instaló Vanessa (37), primera hija y nieta. A partir de este nacimiento «cada vez que venía al pueblo, la abuela traía alguna prenda» para los nietos. Cuando su esposo se jubiló, hace 16 años, Ilda dejó finalmente el campo y se instaló en Santa Rosa. «Pero siempre seguí cosiendo. Desde hace 14 años trabajo para una señora y coso todos los días. Ahora estamos haciendo guardapolvos para niños de jardín», explicó.
La historia se repitió con Vanessa, quien desde pequeña pasaba temporadas «en el campo, aprendiendo con la abuela». Comenta su madre que siendo adolescente ya intervenía «los pantalones para ir al boliche» y la abuela recuerda que «a veces agarraba la máquina y se venía hasta casa para que le explicara algo».

Vanessa tiene tres hijos, Romanela (5), Lorenzo (2) y Carmela (7 meses). Si bien las tareas domésticas demandan mucho tiempo y esfuerzo «necesitaba hacer algo más. Mi esposo (Walter Lang) trabaja de 8 a 17 horas y me estimuló para que instalara el taller: su ayuda y apoyo fueron fundamentales para encarar el emprendimiento».

Taller en crecimiento.
Hace poco más dos años instaló el taller en un local de su casa, en la esquina de Anza y José Ingenieros, donde cuenta con cuatro máquinas y la colaboración de madre, abuela y dos tías: «Pamela, que cose a la par mía, y Claudia, que hace los tejidos». Empezaron «con algunos arreglos pero terminamos haciendo de todo» y ahora se está «perfeccionando en moldería con Viviana Arrieta». Su mayor virtud, dice, es animarse a encarar cualquier desafío, sin titubear. «No decimos que no a nada. Ante cada trabajo que me proponen, respondo que sí». Así, de los arreglos, cierres y botones pasaron a confeccionar «pantalones, remeras, blusas, sacos, tapados y algunos vestidos. Lo que nos piden, lo hacemos», dice.

El año que pasó además de la pandemia enfrentó su tercer embarazo («y el último») pero el taller siguió creciendo. «Al principio, con la Fase 1 se paró todo. Como tenía bastante fiselina comencé a coser barbijos para familiares y conocidos. Regalé 10, 20, 30, 50, hasta que me llamaron de una farmacia para encargar 700. Convoqué a mamá y la abuela y los hicimos a todos».

Poco después comenzó «el furor de los almohadones y las fundas de sillones. Trabajamos un montón. También empezamos a producir burletes para Ferretería González y cada vez más clientes nos fueron conociendo». Cuando le proponen un pedido novedoso «diseñamos el trabajo en conjunto con el cliente o clienta, para que sepa cómo quedará». Dice que ponen «especial atención a los detalles. Y todos vuelven para pedir más prendas, debe ser porque quedan satisfechos».

Aunque muchos llegan atraídos por fotos en las redes, especialmente «desde que la pandemia obligó a comercializar casi todo por vía virtual», la mejor publicidad «sigue siendo el comentario de boca en boca». Vanessa explica que también hacen trabajos «para otros emprendedores dedicados a almohadones, pañuelos, sábanas, ropa de caza» y eso provoca «algún plazo de espera para algunos pedidos. Aunque hace un tiempo llegó una chica que cumplía años y necesitaba pollera y top en pocos días. Y lo hicimos, porque era urgente» celebra.

Sueños de futuro.
«Nunca pensé que llegaríamos hasta aquí. Algunos días resultan terribles, con tres hijos, la casa y el taller. Pero mi compañero (Walter) ayuda muchísimo, y por eso pudimos hacerlo». Con tanto trabajo, todavía no ha tenido tiempo para «proyectar bien la empresa. Mi sueño es dedicarme a confeccionar ropa para bebés y abrir un local comercial: por eso queremos avanzar con los almohadones, para invertir el año que viene en eso».

Todas las prendas terminadas se suben a las redes y los clientes pueden consultar y hacer pedidos por correo electrónico (romanela248@gmail.com) o por WhatsApp (2954-531269). Un día normal en el taller comienza las 8 y termina a las 17. «Cuando se van, mamá y la abuela se llevan parte del trabajo para terminarlo» en sus hogares. «Nos gusta muchísimo coser y vivimos de esto. Ahora estamos ahorrando para comprar una máquina industrial» que permitiría ampliar la producción, comentan.

Y así, aquella abuela que residía en el campo y trabajaba todo el día acabó por impulsar un creciente emprendimiento familiar del que tres generaciones de mujeres viven «haciendo lo que más nos gusta» y proyectando el mejor futuro posible.