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Tradición de familia

«Casa Negrín» es uno de los comercios más tradicionales de la ciudad, un centro de distribución de alimentos que ya va por la tercera generación familiar y mantiene el vínculo con los clientes como su tesoro más preciado.

Suena el teléfono y el dato no pasa desapercibido. «Mantienen una línea fija, eso hoy es una rareza», se escucha el comentario. No hay conmutador, ni opciones, ni voces grabadas con tonos monocordes. El contacto es directo. «Cuando arrancó la empresa el número de teléfono era el 9, después se empezaron a agregar todos los que van adelante, así que imagínense si ha pasado el tiempo», cuenta Víctor. En la era de la velocidad ultra acelerada, allí está la línea telefónica número 9 de Santa Rosa.

«No sabés lo que gritaban mis viejos para hacer los pedidos, primero hablar con la operadora y después con Buenos Aires, era tremendo lograr esas comunicaciones. Fue el 9, el número 9 de los teléfonos de Santa Rosa y después se agregó el 0, luego el 5 y así hasta todos los números que tenemos hoy (422509)», completa Susana en uno de los tantos recuerdos que atraviesan a esa esquina tan tradicional de la ciudad, que saca pecho ante el paso del tiempo y se mantiene como un centro de referencia en la distribución de alimentos.

«Casa Negrín» es uno de esos lugares donde el trabajo incansablemente emprendedor de un fundador supo establecerse, crecer y ramificarse. Y hoy, la tercera generación representada en los Sesma, sigue adelante con el centro mayorista de fiambres, lácteos, enlatados, dulces, aderezos, especias y otros envasados.

«Nuestro abuelo, Enrique Negrín, vino de Italia y en el barco trabajaba de panadero porque no tenía un mango. Él fundó este negocio, empezó con un almacén chiquito y luego pasó a ser mayorista. Negrín tenía dos hijas y una de ellas es Laura, nuestra mamá, que cuando se fue a trabajar de maestra conoció a Alfredo Sesma. Ellos se fueron un tiempito a vivir a Bahía Blanca y cuando volvieron mi abuelo lo sumó a mi papá como socio. Cuando el abuelo falleció quedó ‘Casa Negrín, de Alfredo Sesma», relata Víctor Sesma (56) quien junto a sus hermanas María Mercedes (59) y Susana (63) conforman hoy la sociedad anónima que mantiene en pie la pyme familiar.

«En realidad éramos los cuatro hermanos los que nos hicimos cargo. Javier, que era contador y profesor de la Universidad, era quien llevaba adelante el área financiera, pero falleció a los 56 años. Papá murió hace cuatro años pero siguió hasta el último día, no hacía otra cosa que trabajar», destaca Susana mientras va y viene para consultar datos o desempolvar fotos de los inicios y le pregunta a Laura, su mamá, que a sus 84 años se mantiene tan vital que le ordena al fotógrafo que espere a que se cambie y se acomode el peinado de la mañana para posar ante la cámara.

Vínculo

«Casa Negrín» abastece a negocios, despensas, locales gastronómicos. El negocio fue mutando junto al crecimiento de la ciudad. Hoy la mayoría de los clientes son restaurantes, bares, cervecerías, rotiserías, hoteles. Llegan los pedidos y luego el reparto. Pero la atención siempre se distingue.

«Mi papá se quedaba los sábados hasta tarde mirando boxeo o fútbol por televisión. Y hay muchas anécdotas: una vez se quedó dormido sobre la mesa y a las 2.30 de la madrugada tocaron el timbre: eran de una confitería que se había quedado sin un producto y él se los entregó. Eso pasa y es algo que no cambió, en el rubro gastronómico no te pueden faltar las cosas y nosotros los atendemos. A lo largo del tiempo hubo muchos empleados con los que se generó un gran vínculo. Los hermanos Iparraguirre por ejemplo, uno entró a los 14 años y después pasaron todos los hermanos. Florencio Sasía, que estuvo 35 años, una excelente persona y empleado. Nos decía: ‘Ojalá muramos un sábado o domingo así el lunes ya se puede abrir el local'», se sorprende Víctor al recordar a quienes pasaron por ese local de Lisandro de la Torre y Rivadavia.

«En mi trabajo como docente estuve en la Escuela 6, en la 74, en dos escuelas de Toay, en Uriburu, 20 años en la 1 y ahí me jubilé en la Dirección», y Susana señala el edificio de enfrente, uno de los establecimientos educativos más tradicionales de la ciudad. Es que el mundo es un pañuelo, dice la frase hecha. «Cada uno tuvo o tiene su profesión y su trabajo, Víctor es ingeniero agrónomo, Javier era contador, pero siempre estuvimos vinculados al negocio familiar, por eso hoy nos ocupamos día a día y tenemos dos empleados porque este es un rubro que nunca descansa. Siempre hay demanda por más que en situaciones como las actuales, con todo el tema de la pandemia, obviamente haya caído el consumo», analizó Susana.

Cuenta

Si «Casa Negrín» tuvo la línea telefónica número 9, hay otros datos que suman a esa identidad bien local que supo edificar a lo largo de tantas décadas. «Siempre trabajamos con el Banco Pampa, tenemos la cuenta número 132, desde hace 61 años que somos clientes, es decir de cuando se fundó el Banco. Siempre hemos tenido créditos y líneas de apoyo. Por supuesto que a lo largo de tanto tiempo y en este país hemos pasado crisis de todo tipo, pero esto es nuestra vida. Mi mamá nació en la vida comercial y mi papá, que era español, nunca se nacionalizó, bien porfiado el vasco (se ríen Víctor y Susana).

Tenemos una tía de 104 años que vive en Bilbao, pero él hizo sus raíces acá y siempre tuvo participación social muy activa. En el club Estudiantes, en cooperadoras. Antes de venir a Santa Rosa vivió en Abramo, donde tuvo un almacén de ramos generales. Desde el primer día que bajó del barco se dedicó a trabajar».

Si bien es un negocio mayorista, hay gente que llega desde los campos y hace la compra para todo el mes. Algunos productos se pueden comprar, pero no tienen la venta minorista de, por ejemplo, fiambre en fetas. «No tenemos cortadora de fiambre, siempre la idea fue manejarnos como mayoristas», resalta Víctor antes de revisar en el WhatsApp una lista con pedidos. Es que el avance llega y nadie queda afuera, pero en «Casa Negrín» aún suena el teléfono fijo con el 9 y cinco números adelante. La tradición no se rompe.