Inicio Emprendedores Una familia con iniciativa

Una familia con iniciativa

El Hotel San Martín de Santa Rosa cumple 95 años de vida, es el más antiguo de la provincia y sigue en pie gracias a un empuje familiar que se extiende en distintos nombres y generaciones.

Las distintas edades, apellidos y personalidades se juntan y se entremezclan. Posan frente a esa esquina tan histórica como significativa y sonríen una vez más para que la imagen quede inmortalizada. Ahí se resumen casi 100 años de vida de un lugar que resiste el paso del tiempo, que resiste a todo. Y es un emblema de una ciudad que modificó por completo su fisonomía, su estilo y su ritmo de vida. Pero el San Martín siempre está.

«Yo nací y me crié en el hotel junto con mi hermana María. Mi papá, Rufino González, vino en 1922 desde España. En ese momento o iban al Ejército para sumarse a la Legión Extranjera o se venían para acá a ‘hacerse la América’, como se decía. Y él vino con 19 años y lo ayudó un familiar, Higinio González, que fue el creador original del hotel. Mi papá entró como mozo», comienza a desgranar Carlos, que a sus 79 años luce tan sonriente, locuaz y memorioso que da gusto escuchar cada detalle de una historia que se nutre de nombres, esfuerzo y trabajo.

Carlos González charla junto a su hermana María (75) y a Hugo Amsé (79), el otro apellido que se sumó a la dinastía hotelera y que hoy está a cargo del residencial más antiguo de la provincia. Una continuidad que ya va por la tercera generación y que sabe «surfear» cada crisis, cada moda, cada cambio, cada golpe. Un emprendimiento bien de familia que supo modernizarse y dejar en el pasado ese inicio cuando eran habitaciones compartidas, sin baño privado y con un restaurante comedor que siempre estaba lleno. «Lo que hoy sería un hostel, nada más que en esa época ni se conocía esa palabra», aporta Santiago Amsé que, junto a sus hermanas Analía y María de los Angeles, están a cargo del edificio de la esquina de Alsina y Pellegrini, bien enfrente a la estación de trenes.

«Mi papá deja de ser mozo y alquila un hotel en Anguil junto a Eugenio Domínguez. Pero al tiempo Higinio González por un tema de salud no quiere seguir a cargo y ahí, en el año ’40, le alquila el Hotel San Martín a mi padre-que luego se casa con Margarita Domínguez- entonces ya se hace propietario. En su origen eran cuatro habitaciones y luego se amplió a 11. Venía gente del campo o de los pueblos, se trabajaba muy bien porque estaba frente a la estación y tanto el restaurante como el hospedaje tenían mucha ocupación. Venían a almorzar y a cenar los empleados del Molino Werner, del Correo, de la estación de trenes, del Banco Nación. En ese momento estaban el hotel París, el Pampa y el Comercio. Y dos pensiones, Lamadrid y La Minuta. La gente venía con el sulky y se le daba la ración al caballo», recuerda con precisión González.

Estratégico.
La «Pensión y Hospedaje San Martín», según su nombre original, fue fundado el 8 de abril de 1926 y su nombre no es en homenaje al gran Libertador de América sino al lugar de origen de Higinio, San Martín de Trevejo, en la provincia de Cáceres de la Región de Extremadura, España, justo en el límite con Portugal.

Higinio González había llegado al país en 1912 y conoció a Raimunda Racines que trabajaba como empleada doméstica en la casa de la familia Torroba. En el año ’20 se casaron y comenzaron a trabajar en la primera empresa propia, una fonda en la calle Avellaneda y Alsina. Seis años después abrieron el hotel.

«Yo trabajaba en el Banco Nación y la verdad que el hotel andaba muy bien así que me vine. Con el tiempo tomamos las riendas gracias a la generosidad de los González -apunta Hugo Amsé-. Lo modernizamos, siempre con el consentimiento de mi suegro, y de 11 piezas llegamos a las 40 habitaciones. Hoy son mis hijos los que siguen al frente y prácticamente acá nos hemos criado todos, es una satisfacción poder abrir las puertas cada día», continúa Hugo que está casado con María y es la otra pata de un hotel que es mucho más que eso, es una referencia en los libros que cuentan el trayecto de vida que construyó la capital pampeana.

«Cuando el San Martín abrió, la estación de trenes era un punto estratégico, el centro neurálgico de la ciudad, porque además había dos líneas de colectivos que confluían ahí, una que iba para General Acha y otra para Catriló. En ese tiempo no existían ni el turismo ni las vacaciones como ahora, no había asfalto y la gente andaba a caballo, o en mateo», detalla González que cuando terminó el secundario se fue a estudiar Abogacía a Buenos Aires pero con la condición de que en dos fechas claves del año, no podía faltar.

«Mi papá me hacía venir sí o sí para cuando el Ejército incorporaba soldados y para la exposición Agrícola Ganadera que era como de una semana y se generaba un movimiento impresionante. En la época de la cosecha también se trabajaba muchísimo, y recuerdo los veranos cuando no había heladera y llevábamos las cosas a enfriar a La Usina de la Cooperativa».

Pandemia.
Santa Rosa creció, cambió. Su ubicación geográfica le da ventajas y el turismo de paso es una buena fuente de visitantes. Y el San Martín siempre está listo para ofrecer su mejor servicio. Pero claro, el 2020 marcó un punto de quiebre planetario que hoy se sigue reescribiendo día a día y hora tras hora en un marco de barbijos, vacunas, restricciones y, sobre todo, incertidumbre acerca del futuro inmediato.

«Nunca vivimos algo como lo de la pandemia del Covid, ni las guerras mundiales ni las crisis económicas. Tener tantos meses cerrado fue algo que nunca nos había pasado, y eso nos afectó mucho el ánimo», lamenta Santiago sobre los efectos de un estado de situación sanitaria que escapa a cualquier previsión.

Más allá de la rabiosa actualidad, los recuerdos, las fotos en sepia y las anécdotas se amontonan y surgen espontáneas. Lito Vitale cuando recién empezaba y llegó con sus padres. La poeta Olga Orozco, el bailarín Julio Boca y hasta un ignoto Carlos Alvarez («después nos dimos cuenta que era el ‘Chacho'») pasaron por las habitaciones del San Martín.

«En el inicio no había sereno, así que mi papá le daba un reloj al pasajero que se tenía que despertar más temprano y ese se comprometía a despertar a otro y así se hacía la cadena. Al comedor venía mucha gente y los ravioles eran muy famosos. La gente de la empresa que construyó el hotel Calfucurá se hospedó acá», rememora González y vuelve a preguntar: «¿Esto te sirve para la nota?». Claro que sirve, porque no es nostalgia ni melancolía, es historia. La historia de un hotel que lo vio todo en la ciudad, que lo sigue viendo y que lucha para seguir como lo que es, un testigo de lujo de la realidad.