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Una vida de tapicera

Noemí Cuevas lleva 65 años haciendo arreglos de todo tipo de muebles a clientes de la ciudad, la provincia y otros puntos del país. Una tapicería que es símbolo del trabajo incansable de una mujer que cada día elige sonreír en ese que es su lugar en el mundo.

Cuenta alguna anécdota y se ríe. Recuerda algún trabajo específico y sonríe. Noemí está sentada en el mismo lugar que ocupa desde hace tanto tiempo y que es su hábitat natural, detrás de la máquina de coser. «Siempre digo que cuando me llegue el momento del adiós definitivo más vale que me agarre con una tijera en la mano», dice y se ríe una vez más de su ocurrencia. Porque es ahí donde ella quiere estar, casi burlándose de calendarios, fechas y años que llegan y pasan.

Noemí Cuevas tiene 85 años y desde hace 65 lleva adelante un oficio que se mantiene inalterable. Por «Tapicería Cuevas» han pasado toneladas de muebles, de todo tipo, tamaño y calidad. Y siempre fueron las mismas manos las que aceptaron el desafío y los dejaron como nuevos. O incluso mejor de lo que era el original.

«Hay trabajos que cuando los traen no sabés ni por dónde empezar, que son muy complicados, pero son los que a mí más me gustan: cuánto más complicado, mejor. Muchas veces vienen y me dicen ‘mmm, no sé si lo podrá hacer’. Es como que con ese comentario me tocan el orgullo y ahí arranco con más ganas», describe a pura sencillez.

Criada en el campo, Noemí se trasladó a la ciudad cuando tenía 12 años. Primero en la Escuela 180 y después en la Escuela 4 fueron los lugares donde completó la primaria. A los 20 ya tomó el primer contacto con las telas y tijeras y durante cinco años trabajó como empleada en una tapicería. Hasta que llegó el momento de seguir sola. De emprender.

«En un punto me di cuenta de que yo hacía todo el trabajo, así que decidí independizarme y en un principio estaba en un local de la calle Sarmiento 244. Después de un tiempo ya me vine para acá. Y acá estoy», cuenta Noemí en su negocio de la calle Garibaldi 15, ahí donde la gente pasa y la saluda desde la puerta. Y ahí donde ella dibuja su mejor sonrisa mientras elige un hilo, desarma una silla o corta una goma espuma para algún sillón desvencijado que se resiste a terminar con su vida útil.

«Mi vida es la gente, yo necesito esto», asegura para dejar en claro que levantarse cada día para ir a trabajar es un placer y no un castigo. «Esto de la pandemia me hizo muy mal, lo sufrí mucho y el cuerpo pasó factura. En marzo, abril, cuando hubo que cerrar; la pasé muy mal. Yo quiero esto, el contacto con la gente, con los clientes. No puedo estar encerrada, la casa es para lo esencial, nada más, a mí déjenme acá», advierte muy seria, antes de reírse una vez más.

La fórmula.
Noemí revela que recibe muebles de distintos puntos de la provincia, de Córdoba, de localidades bonaerenses y de Capital Federal. Recuerda también que la familia Werner, por ejemplo, cuando dejó el histórico Molino para trasladarse al sur, le siguió mandando los trabajos de reparación y refacción.

«Me mandaban las cosas con los camiones que iban para las salinas, y a la vuelta se los llevaban. Y así un montón de gente que durante tantos años sigue siendo cliente. Recuerdo que cuando venía el tren carguero me mandaban los muebles en el tren, desde Buenos Aires. Además yo antes también hacía trabajos tapiceros en los autos: me tiraba debajo de los asientos para sacarlos, desarmaba los techos y también les trabajaba el interior. Traían los Falcon todos llenos de barro… Era un trabajo de locos. A veces me preguntó cómo es que hacía para poder concretar todo eso», describe la madre de Jorge (46), siempre presente para dar una mano, cebar un mate, charlar un rato o compartir con Mora, la nieta que a Noemí, por supuesto; siempre le saca (más) sonrisas.

«Este es un oficio que no ha cambiado mucho, por supuesto que las herramientas se modernizaron. Antes era un taladro a mano y hoy es eléctrico, los materiales también se modificaron y algunas cosas se simplificaron, pero mi fórmula es nunca mentirle al cliente. Es ver cómo puedo hacer el trabajo y explicárselo. Muchos me preguntan cómo trabajo tan bien porque después no pueden desarmarlo. Me da gracia pero es como un halago que una recibe».

Incansable.
Desde hace 20 años Noemí delega parte de su tarea diaria en Vicente, que en un taller contiguo cumple con parte de lo que llega a la tapicería. «Es espectacular, como persona y como empleado, y trabaja bárbaro, no me canso de reconocerlo», resalta.

Pero más allá de Vicente y de Jorge (durante varios años tuvo su propio negocio tapicero en el salón pegado al de su madre), Noemí siempre trabajó sola. Su compañero de vida, Omar «Clavito» Rodríguez, falleció muy joven y ella siempre siguió adelante con su tapicería.

«Clavito tenía 49 años en ese momento, y mi preocupación era tener el sustento para Jorge y para mí. Más allá de eso siempre pensé en que quería llegar a esta edad con la tranquilidad de al menos no tener sobresaltos, de estar cómoda. Y eso lo pude hacer. Por supuesto que la salud siempre me acompañó, es un privilegio que siempre agradezco. He venido a trabajar hasta con la herida abierta después de alguna operación», cuenta con esa risa contagiosa que es parte inseparable de su identidad.

Noemí detalla distintos trabajos y lugares. Señala que ya hizo «como tres veces» todos los juegos de sillas y sillones de la casa de la gobernación que pertenece al Estado pampeano. Destaca que por la calle Garibaldi pasan distintas generaciones de familias. Y afirma que nunca dudó cuando alguien le sugirió archivar la máquina de coser y dedicarse al descanso.

«Nunca pensé en dejar esto. Por supuesto que he pasado por distintas etapas y a veces una se plantea diferentes cosas, pero dejar nunca fue una opción valedera. Hace un tiempo el dueño de un comercio de esta zona dijo: ‘Noemí, te alquilo toda la esquina, ni me digas cuánto es, vamos directo a la inmobiliaria y ahí firmamos lo que te parezca’. Pero yo no quise, a esta altura un peso más o un peso menos no me hace la diferencia. Mi vida es esto, estar en la tapicería y tener la relación con la gente. Si me falta la gente me vuelvo loca», dice una vez más, como si hiciera falta ratificar que para ella, su vida es la vida de tapicera. Es la vida de Noemí, la que siempre está y la que siempre sonríe.