Inicio La Arena del Campo Dos jubilados tienen la huerta más grande de una localidad

Dos jubilados tienen la huerta más grande de una localidad

Margarita y Ricardo encarnan los cultores de una huerta que, aseguran, los hace vivir. Son jubilados que no sabían que hacer con su tiempo. Contaron una bella historia de vida donde la familia y el trabajo son los mayores atributos.
Ricardo Paghouapé*
Margarita Cartes y Ricardo Aranguez hace 48 años que están casados, tienen siete hijos, la jubilación los hizo sentir vacíos porque son gente de trabajo, y montaron en base a mucho esfuerzo la mejor huerta de Miguel Riglos. «Hace casi cinco años que me jubilé, y un día me dije: no puedo estar sin hacer nada, y se me ocurrió lo de la quinta. Con mi mujer al lado, con mucho esfuerzo lo logramos. En lo económico no significa mucho, pero el trabajo nos hace vivir», contó Ricardo a LA ARENA.
La nota surgió del comentario de un vecino de los Aranguez al jefe de Redacción, quienes compartieron una impagable porción de frutillas con crema a postrimerías de un asado en aquella localidad. «Hay una familia de gente mayor que tiene la mejor huerta de Riglos. Tiene un frutillar espectacular», le contó.
Y ayer (por el miércoles) llamamos, teníamos dos celulares, discamos a uno y nos atendió Ricardo. «Hola, no sé quien habla, pero Margarita está trabajando en la quinta, por eso atendí yo, éste es su número», nos dijo.
Cuando le dijimos quienes éramos se sorprendió. Y ahí se inició una extensa, interesante y maravillosa charla en la que abordamos temas como sus experiencias de vida, la familia, el trabajo y las vicisitudes que los llevaron a emigrar desde un rinconcito de Río Negro a Miguel Riglos. «Nacimos allá, pero ahora somos bien pampeanos», afirmó.
Ricardo (72) y Margarita (62) son oriundos de Peñas Blancas, un pequeño poblado situado a la vera del río Colorado a unos 35 kilómetros al oeste de Colonia Catriel. Es una comunidad agrícola ganadera de un centenar de personas. Allí nacieron, se criaron y formaron una familia.
«En mis años mozos fui petrolero, trabajé 11 años en Pérez Companc. Un día de 1983 fue a visitarnos un familiar y me dijo: allá en La Pampa necesitan tractoristas para arar y sembrar. Y ahí se me metió el bichito y con Margarita y mis cinco primeros chicos allá fuimos», relató.
«Fue difícil hermano, familia numerosa, dejar la querencia con todo lo que implica, fue algo sufrido pero al final salió bien. Vine a trabajar al campo de la familia Sáenz, a unos 35 kilómetros al oeste de Riglos, y al año siguiente los patrones me consiguieron una casita en el pueblo. Hasta el día de hoy vivimos ahí, donde nacieron las últimas dos nenas», agregó.

Dos palomas tortolitas.
Ricardo se siente orgulloso de su familia y por ende de el mismo. «Con Margarita hace 48 años que estamos casados, siempre juntos, pegados como dos palomas tortolitas. Y los chicos me salieron derechos, todos son mayores y tienen sus profesiones y trabajos dignos», se ufana.
Nos contó que su descendencia son cuatro mujeres y tres varones. «De las chicas hay tres docentes, una da clases en Doblas, otra es profesora de artes visuales, y la menor se recibió de maestra el año pasado y hizo varias suplencias. La cuarta se recibió de masoterapeuta. De los chicos uno es comisario de policía en Santa Rosa, otro es camionero en Casa Alarcia de Macachín y el tercero es maquinista de la municipalidad de Riglos. Todos son trabajadores», dice pleno de satisfacción, claro, ellos son la obra maestra de ambos.

Cultivar la vida.
La amena conversación, a la que faltó hacerla en forma personal y con unos buenos mates, nos llevó al momento en que surgió la idea de desarrollar su huerta. «Es que con mi esposa lo llevamos en la sangre, mi padre y su padre eran productores hortícolas en Peñas Blancas, así que de chicos mamamos ésa actividad. Y en nuestra casa siempre hemos tenido nuestra quintita para consumo propio. Teníamos nuestra experiencia en el tema», señaló.
«Pero lo de la huerta grande nació un día después de que me jubilé. Me decía ¿qué hago ahora?, no me imaginaba sentado si siempre he trabajado. Y no me vas a creer, fue un día a las 4 de la mañana en que estaba desvelado, y se me puso en la cabeza que había visto abandonadas las instalaciones que tenía la municipalidad en el acceso para hacer quinta. Y ahí me dije, mañana me levanto y voy a pedirlas. Cuando fui enseguida me autorizaron a usarlas, y así empezó esto», historió Ricardo.
«Fuimos con Margarita y nos encontramos que las dos naves que tenemos ahora estaban abandonadas desde hacía dos años. Estaban llenas de gramón. Tuvimos que ‘laburar a lo loco’, en un momento me dije: ¡para que te metiste en esto Ricardo! (se rió) Pero agachamos la cabeza y meta pala las acomodamos», dijo.

La huerta.
El petrolero, tractorista, y ahora hortelano, nos habló de la gesta de sus cultivos. «Empezamos a plantar de a poco. Zapallitos, lechuga, cebolla de verdeo, algo tranquilo mientras íbamos adecuando el lugar. Me acuerdo que un día nos visitó el intendente Federico Ortiz y nos alentó: sigan así que está muy lindo», agregó.
«Tuvimos que ir preparando todo. Por ejemplo usamos abonos naturales como son la bosta de caballo y vaca, también de gallina. Y armamos el sistema de riego usando un pozo que hizo la municipalidad y que no sirve para agua potable pero que para la quinta es espectacular. Pusimos mangueras por goteo y también hacemos riego aéreo. La cobertura es de ‘nailon’ y ahora las están por cambiar porque el sol las quema», explicó.
«De a poco fuimos incorporando cultivos como de tomates, perejil, zanahoria, papa, batata, acelga, cebolla, rúcula, pimiento, entre otras especies. Hemos llegado a cosechar zanahorias de 1,2 kilogramos y batatas de 3 kilos, estamos muy entusiasmados», comentó.
¿Y que de las frutillas, el hilo del que tiramos para poner en superficie ésta nota? «Hace dos años empezamos con diez plantitas y vimos que se daba muy bien, así que ahora tenemos un frutillar importante. ¡Tienen que venir a verlo!», nos invitó.

Espíritu y alma.
El rionegrino pampeano terminó dándonos una lección de filosofía. Dejó claro que su huerta tiene un valor que supera lo económico. «Algunos pesos hacemos, a nosotros los que nos compran son generalmente la gente que pasa para el campo. Pero la verdad es que a Margarita y a mí esto nos alimenta el espíritu y nuestras almas. Siempre hemos trabajado, todo nos costó mucho esfuerzo. Yo he pasado algunas dificultades físicas, tengo prótesis en las dos rodillas y ahora ando al pelo, así que estoy feliz de poder moverme y hacer lo que me gusta. ¿Qué mejor que envejecer trabajando la tierra?», concluyó Ricardo, el hortelano.

*Redacción LA ARENA