Enriqueta blanc cumplió 104 años y lo festejo con tortas y guitarreada

Las puertas del Hogar Hilos de Plata están abiertas de par en par y desde la avenida Circunvalación puede escucharse un sapukay bien alto justo cuando termina un rasguido doble: Enriqueta Blanc cumple 104 años y lo festeja rodeada de sus sobrinos y compañeros de asilo con una guitarreada. La mujer (camiseta blanca debajo de una blusa de seda marrón, zapatos bajos de abuela y lentes de aumento) muerde un sándwich con firmeza y prueba un trago de agua saborizada. Después dice: “Está muy rica el agua esta”.
Enriqueta nació en 1912, el mismo año en que los argentinos comenzaron a votar bajo la Ley Sáenz Peña. Su madre dio a luz por primera vez en un campo del Bajo de Las Palomas, al oeste de Winifreda, después vendrían otros siete hijos que fallecieron antes que la hermana mayor. Un día, cuando muchacha, Enriqueta se fue a Buenos Aires para trabajar como cocinera en casas familias de buen pasar. A fines de los setenta, cuando estaba por jubilarse, se hartó de la ciudad y dijo ‘quiero volver a La Pampa’. Los sobrinos recuerdan las torta de mil hojas que la mujer solía hacer para sus cumpleaños y su constante hiperactividad.
“Hasta no hace tanto tiempo iba a casa y me decía ‘¿en qué puedo ayudarte?’. Es una mujer muy vital”, dijo una de las sobrinas.

Secreto.
Una vez en Santa Rosa, Enriqueta hizo tremendo esfuerzo para levantarse una casita frente al Polideportivo Butaló. No tuvo hijos, dice que nunca tuvo un pretendiente (lo dice entre risas), y revela que la clave para vivir cien años o más está en comer cosas simples, mucha fruta y verdura y no fumar. Pero además de una dieta liviana y privarse del tabaco, aporta un dato llamativo sobre su longevidad: “Yo vivo muchos años porque en 1956 subí al volcán Copahue y me bañé desnuda en un cráter de agua termal. Llegamos hasta arriba en unos caballos chilenos. Nos sacamos la ropa porque sino podíamos quemarnos. De un lado los hombres y del otro las mujeres”.
Graciela, la dueña de Hilos de Plata, cuidadora de otros 13 ancianos que comparten el hogar, tiene otra teoría más simple sobre la larga vida de Enriqueta: “Ella no renegó nunca, no se casó, no tuvo hijos ¿por qué pensás que está así?”.

Festejo.
Desde que la mujer pasó los cien años, los parientes van a visitarla y festejan obligadamente cada aniversario de su natalicio. Cuando cumplió un siglo de vida, sentada en la cabecera de la mesa, la mujer alzó la voz y dijo: “Bueno, vamos a divertirnos bastante porque no sé cuántos años más vamos a festejar”. Eso fue hace cuatro años. Ayer, media docena de sobrinos fueron a visitarla al hogar con alfajorcitos de maicena, tortas decoradas con grageas y velas con números de tres cifras. Antes de cantar el feliz cumpleaños uno de los sobrinos dio en el blanco con una comparación graciosa: “Ella es como el Magiclick, dura 104 años, o quizás más”, dijo haciendo referencia a la publicidad del encendedor a chispa más popular de la Argentina.
Son pocas las cosas que hace Enriqueta en el hogar en donde está alojada desde hace tres años: duerme mucho, camina por el lugar con su andador, y cada tanto se queja del dolor de huesos. Hace poco más de un año se cayó y se quebró la cadera. No mira televisión porque no oye muy bien.
-¿Está contenta con este festejo?
-Sí, pero ya no me aguanto estar sentada. Me duele la columna. Y eso que tomé un calmante.
-¿Le queda algo por hacer?
-Siempre sueño con una casita linda. Pero es un sueño nomás.

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