Jorge, ante la pelea más linda de su vida

Mario Vega – La semana próxima recibirá su diploma por concluir 6° grado. Un día se dijo que dejaría de mirar las fotos de los diarios, y aprendería a leer y escribir. Un esfuerzo que, que duda cabe, valió la pena.
“Una noche me pelee con tres tipos, estábamos todos borrachos… y en esa pelea recibí una puñalada en el abdomen. Estuve en terapia, 15 días entre la vida y la muerte… me salvé y dije no tomo más”. Lo dice descarnadamente, sin sutilezas, con una claridad que no le dio la universidad -a la que nunca llegará-, pero que sí le otorgó esa escuela que es la calle cuando se trata de resistir, de ser fuerte, de estar atento a todo para poder sobrevivir.
En todos los pueblos o ciudades -le hemos repetido hasta el cansancio- existe gente que por alguna razón destaca en el paisaje, o muestra facetas que tal vez merecen ser reconocidas. Pueden ser simples y anónimas personas o ilustres personalidades… pero todos tienen, en algún momento, rasgos o acciones a veces pequeñas que -sin ser trascendentales para el resto de la sociedad- merecen al menos una mínima mirada.

Una enorme pobreza.
Muchos no saben la profundidad de la marca que puede dejar en una persona venir desde la pobreza más profunda, haber vivido en un universo donde abundan las privaciones, las penurias… un contexto donde la inopia es la constante, porque en una casilla de madera se comparte el hacinamiento con el frío intolerable de los inviernos más crudos, pero también el calor insufrible del sol pegando duro en el verano.
Jorge Alberto Estella (55), nativo de Santa Rosa, le conoció la cara a la estrechez. Bien de cerca. La frecuentó y supo de carencias, de vicisitudes, de transitar caminos escabrosos que, incluso, y hasta en un episodio lo llevaron al límite de escaparle a la muerte. Pero hoy su vida dio una vuelta de campana y la realidad lo encuentra en un momento de plenitud, de felicidad, que disfruta sin ambages.
Es que Jorge anduvo por senderos equivocados, en el que se mezclaron oscuramente la bebida, la miseria y la violencia… un combo demasiado duro cuando uno es un chico, o poco más que un chico…
Fue un pibe producto de la pobreza, integrante de una familia muy numerosa. Hijo de José Roberto y de Josefa Villalba, Jorge tenía 13 cuando murió su padre. “Hoy somos cinco hermanos vivos: yo y cuatro mujeres, Delia Susana, Alicia Mabel, Nilda Iris y Rosa Elena. José Roberto, igual que papá, se llamaba mi hermano fallecido”, cuenta hoy.

Familia numerosa.
Y sigue: “Hace 30 años estoy casado con Judith, con la que tenemos tres hijos: Lesllie, Jorge Nicolás que boxea y Josefina Milagro. Y tengo cinco hijos de mi primer matrimonio: Carolina De los Angeles, Matías Alberto, Paola Yanina, María y Romina Vanesa. Ah! Y poné que tengo veinte nietos. Cuando nos juntamos en un asado en casa somos una banda de 40 ó 50 personas”, sonríe.
El próximo 13 de diciembre este hombre habrá conseguido un logro personal que para él es muy importante… que quizás podría aparecer intrascendente para el común de la gente -porque al fin y al cabo leer y escribir se supone que todo el mundo sabe-, pero no es su caso, como no será el de otros como él… “Voy a la Escuela 27 porque estoy aprendiendo a leer y escribir, y ese día termino sexto grado”, dice sin pudor alguno, pero también sin considerar que está haciendo algo extraordinario. Aunque conociéndolo se puede decir que sí.
Porque es una circunstancia -no menor- que supo disimular… no todos sabíamos que alguna vez, chiquito, había dejado la escuela y no sabía leer y escribir… y que lo poco que pudo aprender, por la falta de práctica lo fue perdiendo. ¿Así que cuando salías en un diario (siendo boxeador) no sabías lo que decía?, le comento. “No, me tenía que conformar con verme en la foto”, responde con picardía.
Y si bien no se tratará del cinturón de campeón, con que alguna vez soñó, es concretar un objetivo que se trazó de grande, cuando otros ni siquiera se atreverían a intentarlo…

El hombre del Salitral.
Se lo ve sereno, radiante, quizás porque puede diferenciar aquella niñez de necesidades, cuando con su familia vivían “en el Salitral, hoy el parque recreativo”, y esta actualidad que lo encuentra con una linda casa, con mucho trabajo, con un vehículo que muchos quisieran tener -(Toyota Hilux, “es del banco”, señala risueño), y con una familia grande donde las cosas funcionan razonablemente bien.
“Muchos no saben lo que era el salitral…”, comenta. Y es verdad, quien salga a caminar o a disfrutar por el Parque Recreativo Don Tomás y no tenga algunos años, no sabrá que fue una laguna reseca, absolutamente blanca, una olla salobra en la que el sol refractaba rayos de todos los colores… y que en los alrededores de ese salitral se esparcían casetas y algunos ranchos que eran la imagen viva de la indigencia.
Y ahora que lo pienso. Conozco gente que vivía allí, y que el paso del tiempo diseminó en otros puntos de la ciudad, y hay que decir que muchas de esas familias lograron sobreponerse a la adversidad que significa ser pobres. Porque en general se trataba de gente de trabajo, que con esfuerzo, a veces contando con algunos planes de viviendas, y en ese sentido recuerdo las “casitas baratas” -así le decían entonces- que se levantaron en inmediaciones del Club Argentino, muy cerquita de donde viví cuando chico. Allí fueron muchas familias del Salitral.

El hacinamiento, el alcoholismo.
“En el Salitral vivíamos nosotros, hasta que mi abuelo se apiadó de la familia y nos llevó a vivir en una casilla de madera en la cancha Centenario (el estadio Municipal), donde estuvimos algunos años. “¿Si éramos pobres? De pobres para abajo… te aseguro que ahí no había más lugar para la pobreza, porque fuimos un montón viviendo amontonados”, se retrotrae.
Jorge fue a la Escuela 38, “pero sólo un tiempito… vendía diarios, entraba leña, y hacía lo que viniera. Pero a los 13 falleció mi viejo y ahí entré en el descontrol, entraba y salía de mi casa a cualquier hora, empecé a andar en los boliches, en la calle y en los bailes… Y a los 14 empecé a tomar: me transformé en alcohólico”.
Beber en demasía lo descontrolaba, se ponía violento “y me peleaba todos los días. No había día que no me agarrara con alguien… Un día vino ‘Perecito’ (Esteban Pérez, histórico empleado municipal de la época de don Feliz Molteni), y me dijo si quería participar en un campeonato amateur que se hacía en la Laguna. En realidad me llevó Lucio Rodríguez, que trabajaba con él, y ahí empecé…”.

La bebida y una puñalada.
Igual no tomó enseguida la disciplina del boxeo, porque siguió andando en la calle. “Todo el día, no paraba….. en las noches iba al quincho que estaba frente a la Terminal, donde tocaban Foreto Chavez, Pampa 4, Los Caldenes… de viernes a domingo, y me chupaba todo: una noche se armó una pelea, una más, y me enfrenté con tres tipos… uno tenía un cuchillo y me dio en el abdomen… casi me muero, estuve 15 días en terapia y me salvé. Ese día dije, no tomo más. Nunca más. Y cumplí”.
Le cuento a Jorge que alguna vez se comentó que andaba metido con la droga, pero lo niega tajante. “Todos pensamos mal, siempre, y como yo tomaba por ahí algunos pensó que me drogaba también, pero no. Pero conozco todo tipo de gente y algunos que se drogaban… pero nunca se me dio por eso”, asegura.

La salvadora llegó de Chile.
De jovencito estuvo en pareja y tuvo sus tres primeros hijos. Pero un día llegó Judith a pasear desde Chile, y para Jorge debe haber sido como aferrarse a un madero en el mar, en medio de un naufragio. “Ella es profesora de Ciencias Políticas; pero también mi hija Lesllie… porque si no estudié siempre jodí para que los chicos sí lo hicieran”, señala. “Por eso Nicolás terminó el secundario el año pasado, y le puse una despensita; Carolina esudió para asistente social; Romina en el Polivalente; y Paola completó el secundario”, dice no sin cierto orgullo.
–¿Y cómo es que se te dio por terminar la primaria? ¿Cómo era eso de no saber leer y escribir?, le pregunto-
-“Sabés qué… a pesar de todo uno (lo dice por él mismo) siempre buscó para arriba, aunque es verdad que una persona que no sabe leer es como alguien que no ve. Pero andar en la calle, saber escuchar, te da cierta capacidad; y por eso ando en política, soy dirigente barrial, soy peronista a morir, no hace falta aclararlo… y si bien no saber leer es una desventaja supe disimularlo. La calle también te enseña”, resume.

“Yo lo decidí”.
Jorge es el habitual machista -lo admite-, y por eso le resulta difícil reconocer algunas cosas, y sin negar la influencia de Judith (que supongo debe haber incidido, quizás diplomáticamente), sostiene que fue su propia idea “aprender a leer y escribir. Ahora, la semana que viene termino, pero voy a volver a hacer sexto grado porque quiero aprender bien… no, el secundario ya no, pero quiero leer de corrido, y para eso me hice el mejor regalo: me compré el Martín Fierro”, agrega entusiasmado.
No tiene pudores en hablar, de lo bueno y de lo que no es tan bueno… “Yo tenía una despensa en Villa Parque, donde tengo mi casa hoy, y me fundí. Después de eso fui a ver a un amigo, Jorge Lezcano (ahora diputado) y me consiguió un Plan Trabajar: pagaban 200 pesos, aguantamos, estuve en UPCN mucho tiempo, hasta que entramos a planta permanente”, relata.

Un amor que lleva 30 años.
Después habla de Judith. “Conocí a esta hermosa persona un 21 de septiembre y hace 30 años que estamos juntos. Ella vino de Chile, se enamoró -se ufana- y se quedó… le debo la vida… trabajo de portero en la Escuela 25, pero además hago otras cosas, voy a pintar, podo, hago changas, le meto muchas horas, y también los sábados. Hoy no necesito pedir subsidios, ni molestar a los amigos”, resume.
Se relaja y conversa animadamente. “Mis hijos están bien, son buena gente y estoy en contacto siempre con ellos. Cuando hago un asado, un cordero o lo que sea, somos 40 y pico largo… Nos juntamos una vez por mes, y ahora antes de las fiestas vamos a cenar y después cada uno hará lo que tenga que hacer, porque ellos tienen compromisos, con sus familias políticas, sus amigos…”, admite.

Los amigos de la política.
Sigue incursionando en política. “Hace unos 20 años empecé con Manolo (Baladrón), después con (Rubén Hugo) Marín que es mi ídolo, pero trabajé para todos, para (Carlos) Verna, para ‘Ningo’ Jorge… porque creo en eso de que el gana conduce y el que pierde se encolumna… ah!, también tengo mucha amistad con Carozo (refiere al vicegobernador Mariano Fernández). A Santa Rosa la veo mal, con todo este problema de las cloacas, las calles rotas… y con la provincia hay que tener cuidado, porque no es fácil quebrarla, pero no está bien”, analiza.
Enseguida hace una mención del presidente Mauricio Macri: “Está claro, es un tipo que labura para los que tienen mucho”.
No es ejemplo de nada, y no quiere serlo. Sólo se reconoce como un luchador, que abajo del ring se las vio feas pero que, aún reconociendo lo difícil que puede ser, supo salir de un pantano donde las posibilidades suelen ser mínimas… o no presentarse nunca. “Todavía me cuesta, y tengo que reafirmarme en la lectura, pero seguro que sí”, dice en el final cuando le expreso que ahora podrá leer esta nota… y antes sólo podía mirar las fotos.

Del boxeador de ayer al entrenador.
Hoy Jorge Estella se dedica a enseñar boxeo en la Unidad Básica del “Pepe” Rodríguez, en zona norte. Antes fue boxeador y protagonizó 27 peleas, en lugares como Fortín Roca (hoy sólo Fortín), Atlético Santa Rosa, y localidades del interior.
Épocas en que el pugilismo provincial brillaba alto, con boxeadores como “Golepa” Cabral, su hermano “Brujo”, Miguel Campanino, Walter Gómez. “Yo era de la camada de Hugo Marinangelis, ‘El turquito’ Musa, Bazán, ‘Tachuela’ Gadea… y no sólo hacíamos guantes entre nosotros, sino también con los monstruos… Era un plantel bárbaro, que dirigían Chito Teves y Vicente Espinosa”, rememora.
Pero era también los tiempos en que Jorge “tomaba mucho. Cuando tenía una pelea dejaba dos o tres días antes, y después volvía. ¿Si no se daban cuenta los entrenadores? Lo que pasa es que a entrenar siempre iba bien, pero a veces cuando tenía que hacer una pelea claro que no estaba en las mejores condiciones. Di mucha ventaja…”, señala.
Había empezado a entrenar con “Perecito” y después pasó a órdenes de Teves y Espinosa. “Pero quiero reconocer que Esteban (Perecito) siempre me ayudó muchísimo…”, agradece.
Uno de sus grandes recuerdos está relacionado con “La semana nacional del boxeo”, que se hizo durante algunos años en La Pampa, y ahí le tocó combatir por un título pampeano que ganó.
“Hoy tengo unos 12 chicos en el gimnasio… pero en general no tienen mucho compromiso, y van y no van… Entreno a mi hijo Nicolás, que ahora el 12 va a pelear a Bolívar. Tiene condiciones, pero para mi demasiado face book”, cuestiona. Otros tiempos, así son las cosas.